jueves, 31 de octubre de 2013

La Isla de El Degredo

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Durante el mes de septiembre de 1976, el comerciante Remberto Hernández, comenzó a negociar la compra de la Isla  “El Degredo” en el Orinoco, frente a Ciudad Bolívar, con el definido propósito de instalar allí un Casino, siempre y cuando no hubiera oposición por parte del Gobierno.
         Remberto Hernández contaba con el apoyo de la Dirección de Turismo que entonces estaba desempeñada por Luis Vicente Guzmán, quien fue miembro de la Asociación Venezolana de Periodistas  y amigo del novelista José Berti, quien tenía sus dominios en el Hato Cachimbo del Alto Paragua.
         Es más, Remberto Hernández aspiraba complementar la instalación del Casino con un teleférico  conectado entre Ciudad Bolívar y el Hotel Castillito que hubo adquirido en la parte alta de la vecina Soledad y en cuya erección intervino como constructor el padre de la poeta Teresa Coraspe.
         Esta isla o islote orinoquense, de unos diez mil metros cuadrados, pedregosa, de abundante vegetación y de grandes playones durante el reflujo crítico del río, se quedó para siempre como “El Degredo” porque allí desde mediados del siglo dieciocho obligaban a los barcos procedentes de ciertos puertos, a cumplir “cuarentena” antes de atracar con carga y pasajeros en el puerto de la ciudad capital.
         Una Junta Sanitaria ejercía la vigilancia de los buques procedentes de algún lugar de donde se tuvieran noticias referentes a brotes de enfermedad contagiosa.  En mayo de 1902, por ejemplo, la goleta francesa “Iris” fue sometida a observación durante quince días, fondeada en El Degredo, luego que por vía telegráfica el agente consular informó de un brote de viruela y fiebre amarilla en las Antillas.
         La Isla pertenecía virtualmente al General Vicente La Rosa, combatiente de la Guerra de los Azules al lado del Gobernador Juan Bautista Dalla Costa, la Revolución de Abril que retornó a los Liberales al Poder y la Revolución Libertadora al lado de Ramón Cecilio Farrera y Nicolás Rolando.
En esa isla vivió durante casi toda lu vida su nieta Faustina La Rosa, rodeada de chivos, gallinas, patos y árboles frutales.  Faustina que disponía de una curiara, a bordo de la cual navegaba hasta el Puerto de Ciudad Bolívar a realizar sus diligencias domésticas  y a recrearse con las películas mexicanas proyectadas  en el Cine Royal de Perro Seco, tenía muy buenas relaciones con los pescadores y con los bañistas que se aventuraban a nadar hasta la isla y tradicionalmente a hacer competencias  durante el Sábado de Gloria de Semana Santa.
En 1958, Faustina cedió la isla por varios días a una empresa cinematográfica que necesitaba rodar una escena selvática con la presencia de un tigre que trajeron enjaulado y luego soltaron en el lugar con consecuencias imprevisibles, pues llego un momento en que el tigre se sintió acorralado y embistió ferozmente.  La Guardia Nacional que estaba colaborando, se vio obligada a liquidar  a la fiera de un solo disparo en la frente.
Tras la muerte de Faustina, fue ocupada por el gobierno a objeto de instalar en ella una base para la campaña del novedoso DDT contra el mosquito Darlinge trasmisor del paludismo que venía haciendo estragos en Guayana, acentuadamente en la población minera.
         Terminada la campaña contra la malaria, la isla quedó deshabitada y sólo se ve gente cuando en verano los grandes playones invitan a los que hasta allí se atreven a nado o en lancha para recrearse y dorarse a la luz  del sol.  Luís Vicente Guzmán, cuando fue Director de Turismo, la propuso al Gobernador Manuel Garrido Mendoza, para levantar un hotel de turismo, pero ni hotel ni casino ni el funicular prosperaron.



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