viernes, 30 de diciembre de 2016

La Ronda de los Niños

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Podríamos decir que diciembre más que un anciano de luengas barbas tiene parecido, figurado claro está, con los niños.  Los niños constituyen el eje y centro de ese tiempo en que la Tierra termina su ciclo en torno al Sol.  El niño alegre, amoroso y saltarín tan bien reflejado en la tradicional Ronda  que desde la Colonia hasta mediados del siglo veinte se jugaba en Ciudad Bolívar, especialmente en las escuelas.
En el jardín o patio de la escuela los niños hacían un cerco con sus manos entrelazadas para que cautivo quedase aunque fuese durante el tiempo de recreo, el resto de Dios que es la alegría.  Porque diciembre está identificado con la alegría, la interrelación fraterna y la armonía.  De allí que poetizando sobre la guerra y los Generales tiesos, Héctor Guillermo Villalobos, invita a los uniformados a detenerse en las plazas para olvidarse del enemigo cierto o imaginario y sentir fluir la alegría de los niños que en rueda bajo los árboles juegan, cantan, brincan y ríen.
         Y es que el romancero vivió esa época no hace tanto de la Angostura que se reconfortaba en ese remanso de la infancia que son, entre tantos juegos, la Ronda de los Niños: “Crece  la rueda.  Crece la música / Suben danzando las voces claras / El aire vibra rubios enjambres / El sol voltea sus campanadas”.
         Esta estrofa pudiera ser una pieza más del repertorio de las Rondas que nos trajeron de España los colonizadores y luego con el cantar y el pasar del tiempo se hizo una  tradición que lamentablemente no ha podido perdurar por la transculturación de otros valores foráneos que acaso por snobismo o consonancia con las innovaciones tecnológicas se han acomodado a la idiosincrasia de nuestras generaciones tanto de maestros como de alumnos.
Quien de los mayores no atesora en su memoria alguna remembranza de sus juegos infantiles, y haber participado en alguna ronda como “Mambrú se fue a la guerra / ¡Que dolor, que dolor, que pena! / Mambrú se fue a la guerra / no se cuando vendrá / ¿Vendrá para la Pascua? / Que dolor, que dolor, que pena / Llegará por Pero Seco / o por La Trinidad”.
“Muy buenos días, su señoría / Mantantiru –Liru-la / ¿Qué quiere, su señoría? / Mantantirú –Liru-lá /
La Farolera tropezó / y en la calle se cayó / y al pasar por un cuartel / se enamoro de un Coronel/”.
Las rondas son cantos rítmicos que se acompañan de una danza, casi siempre formando un círculo o rueda con gran carácter ritual, que recuerdan a la época en que las comunidades se reunían para hacer invocaciones a la naturaleza o alguna otra clase de ruegos.
Muy popular fue en la Ciudad Bolívar de comienzos del siglo pasado  “Cantaba la rana”, ronda original de España pero conocida en casi todos los países latinos. Y como en los casos de todas estas canciones tradicionales, varían sus versiones, según la ciudad o pueblo de adopción.
“Cucú, cucú, cantaba la rana, Cucú, cucú, debajo del agua. Pasó un marinero, Cucú, cucú, llevando romero. Cucú, cucú, pasó una criada, Cucú, cucú, llevando ensalada. Cucú, cucú, pasó un caballero, Cucú, cucú, con capa y sombrero.
Cucú, cucú, pasó una señora, Cucú, cucú, llevando unas moras.
Cucú, cucú, le pedí un poquito; Cucú, cucú, no me quiso dar.
Cucú, cucú, me puse a llorar.
Una de las versiones agrega un párrafo aquí que dice: -¿Por qué?- Porque la india Juana me ha cortao la pata. -¿Dónde está la india Juana?
-Se ha ido a traer agua. -¿Dónde está el agua? -La han tomado los bueyecitos.
-¿Dónde están los bueyecitos? -Se han ido a arar. -¿Dónde está el arado?
-Lo han picoteado las gallinas. -¿Dónde están las gallinas? -Se han ido a poner huevos.
-¿Dónde están los huevos? -Los ha comido el fraile. -¿Dónde está el fraile?
-Ha ido a decir misa. -¿Dónde está la misa? -¿Dónde está la misa?
-Se ha hecho ceniza. (En la foto escultura “La Ronda” del artista margariteño Francisco Narváez) (AF)


martes, 27 de diciembre de 2016

Lo Místico y lo Cósmico



Luis Carlos Obregón expuso “Lo Místico y los Cósmico” junto con su esposa Omaira Granado en uno de las mayas de la red de Galerías de Arte que en el ámbito nacional sostiene el Ministerio Popular de la Cultura.  Omaira expuso obras insertas en lo que ella denomina “Lo mágico y lo místico” mientras Obregón enhebra la continuidad de lo que significó el trayecto de su trabajo plástico a lo lago de treinta años.  Tres decenios que comenzaron con el Constructivismo (el expresionismo fue un tanteo previo) y se mantiene todavía, pero dentro de una técnica que no es propia del Constructivismo sino de lo que se conoce como Aerografía, con la cual crea una atmósfera cósmica a través del color y la transparencia que atraen, envuelven y sumergen al espectador en una mitología muy particular.
         Las obras tridimensionales igualmente están dentro de ese concepto que irradia volumen y movimientos virtuales imposible de contener en la retina sin la ilusión y emoción de lo inextricable.
         Es en el fondo la representación del mundo actual que el artista intenta suavizar con el color eurítmico que es la descomposición de la luz a través de su prisma arquetipal.
         Luis Carlos Obregón nacido en El Tigre se hizo angostureño desde muy temprana edad que su Madre lo trajo para que conociera el Orinoco a riesgo de que transformara la temporalidad en una permanencia que ya  por lo visto, no tiene cejo ni retorno.
         Aquí en la Ciudad Bolívar de las chalanas y los chamanes, de los mereyes  y los mangos, encontró ese mundo que lo ausentaba de su Madre por tiempos indefinidos al lado de puntuales coetáneos como Latorraca que entonces provisto de guitarra y melena disparaba líneas vectoriales y de José Rosario Pérez que al igual que Omar Granado no podía pintar sin la música clásica a todo volumen.
         Un día de aquellos, creo que de los setenta, se detuvo a su paso ante la puerta abierta de la Corresponsalía el médico  pediatra recién salido de la Sorbona, Gervasio Vera Custodio y me dijo así como extasiado “Te compro ya ese cuadro”.  Era una obra expresionista grande de Obregón que colgaba del muro central.
         Ofreció una buena suma que me hizo retroceder.  Después andaba como esos cristianos mordidos por la serpiente de la conciencia pues sabía de la estrechez económica del artista y del sacrificio que hacía para salir adelante en el Centro Gráfico del Inciba en Caracas.  Para nada valió mi fidelidad moral y ética al tratar de conservar lo que había sido un regalo, pues un día cualquiera el cuadro desapareció por obra y gracia de birlibirloque.
         Sí.  Obregón luego de haber estudiado dibujo y pintura en el taller Regional del Inciba en Ciudad Bolívar con Dámaso Ogaz, Carlos Olavarrieta y Rubén Chávez, aprovechó la primera ocasión para irse a Caracas a perfeccionar sus estudios locales en el Centro Gráfico del mismo Inciba donde realizó cursos de grabado, serigrafía y fotografía y no satisfecho se inscribió en la Cristóbal Rojas que fue escuela de Soto, Alejandro Otero y Régulo Pérez para finalmente concluir  estudiando diseño gráfico en la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela.
         Sus velas de navegante del arte las vino arriar en el puerto fluvial de Ciudad Bolívar donde se quedó para siempre poniendo a prueba su ojo de fotógrafo como reportero gráfico de El Bolivarense y Corresponsalía de El Nacional sin llegar nunca a poner de lado su oficio vocacional de artista plástico.  Esa ha sido la tragedia de los artistas: para sobrevivir, tienen muchas veces que hacer algo distinto hasta consagrarse o tirar la toalla como le ocurrió a tantos pintores de aquella generación de jóvenes que llevó  a la siguiente expresión de  Fernando Track: “Guayana es una cantera de artistas”. (AF)

domingo, 25 de diciembre de 2016

Eucario García Poeta de la Cotidianidad


Eucario falleció sorpresivamente el 12 de noviembre de 2016 cuando ascendía la escala del tiempo que no se detiene y arrastra como torbellino todo cuanto  se introduce en su ojo huracanado sin guardar el equilibrio aconsejable.
Eucario, como tantos de su estilo y estirpe, perdió el equilibrio que todos lamentamos a sabiendas de esta ley de la vida que sólo deja la estela de su paso que es en este caso la huella espumosa de la sencillez afectuosa y servicial que fue siempre la característica del hombre adaptado a una tierra ajena a su origen güireño que es puro mar contrastada con  la tierra de adopción, puro río y sol que traducido en su poemario “Ríosol” publicado en noviembre de 2005 por el Ministerio de la Cultura.
Rózame río con tu mar bravío / en esta hora que muero de calor / Rózame también con tu corriente / con tu brisa, tu luz, tu lluvia, tu ser / que carga tantas lunas… /.
Eucario García Rivas nació en el Cantón de Güiria en 1946 y allá abrevó las primeras letras  antes de abandonar su tierra para iniciarse en una fábrica de bloques de arcilla a la orilla del Orinoco que baña el litoral de San Félix de Guayana.  El barro arcilloso de los uriaparias lo devolvió para el mar y en Cumaná se perfeccionó de obrero de la construcción.  No obstante, quería ir más allá pues a los 21 años se sentía insatisfecho y Caracas fue su horizonte inmediato,  La tierra de Guaicapuro lo alfabetizó en las aulas del José Ignacio Paz Castillo.  Se realizó como Bachiller de la República alternando sus estudios con el oficio de obrero de mantenimiento metalúrgico.
Amarrado por el hábito del estudio ingresó en la Universidad Simón Rodríguez egresando de allí como Promotor en lecto­escritura, medios comunitarios y especialista en andragogía que le hizo mirar otra vez el Río, pero en su parte más angosta que es Ciudad Bolívar.  Allí se ancló hasta su muerte luego de navegar en el trabajo de educación de adultos de la Dirección de' Educación del Estado lo cual le permitió fundar en 1997 el "Movimiento Pedagógico Porche Literario Calle 13" desde donde continuó impulsando los procesos de lectura .y escritura, manteniendo desde 1998 la página cultural La Barca de Oro que se publicaba los domingos en el diario local El Progreso. Fue miembro activo del gremio de escritores, cuenta, además de “Ríosol” con numerosos trabajos inéditos algunos y otros publicados en la prensa local. (AF)



sábado, 24 de diciembre de 2016

Bolívar renuncia a los naipes


Bolívar mientras estuvo en Angostura se distraía en sus momentos de ocio con un juego de naipes que para la época se conocía con el nombre de “La Ropilla.   De este juego da cuenta en su diario de Bucaramanga su edecán Perú Delacroix, pues allá  también lo jugaba.  Era uno de los tantos juegos posibles con naipes que lo distraían mientras permaneció en aquella ciudad neogranadina en 1828. 
Ignoramos la clave del juego.  Hemos preguntado a colombianos amigos y buscado en el diccionario de la lengua y hasta en una enciclopedia antigua, pero lo único es que se trata – La ropilla – de una vestidura antigua de mangas cortas y que en Venezuela se le dice así a la toga que usan los magistrados.  Pero ha debido ser un juego parecido o una variación  del Tresillo, sólo, que en vez de tres, la ropilla se jugaba con cuatro personas y ganaba probablemente el que hacía mayor números de bazas.
         Lo cierto es que el Libertador le atrajo temporalmente este juego que luego tildaría de fastidioso, aunque al principio llegó a sostener que no era puramente de azar como el monte,  los naipes, o el Para–Pinto a los dados.  Por eso llegó a irritarse cuando perdía.  En partidas en que iba siempre de pareja con el coronel Luis Perú de Lacroix contra el general Carlos  Soublette y el comandante Herrera, se levantaba de la silla, jugaba parado y hasta botaba los naipes y el dinero al abandonar el juego cuando la fortuna no lo favorecía.
         En el Diario de Bucaramanga escrito por Perú de Lacroix se encuentra esta reflexión muy humana y del carácter temperamental de Bolívar:  “He perdido batallas, he perdido mucho dinero, me han traicionado, me han engañado abusando de mi confianza y nada de esto me ha conmovido como la pérdida de una mesa de ropilla: es cosa singular que una acción tan frívola para mí como lo es el juego, por el cual no tengo pasión ninguna, me irrite, me ponga indiscreto y en desorden cuando la suerte me es contraria ¡Qué desgraciados deben ser los que tienen el vicio o el furor del juego!”.
         En el caso de la ropilla, para Bolívar no era el de perder unas cuantas monedas lo que lo irritaba sino la flaqueza de su habilidad de ciencia en determinada partida.  Por eso se justificaba diciendo que “no es dinero lo que jugamos, sino que cada uno de nosotros  mete en el juego parte de su amor propio; cuenta con su saber, cree tener más ciencia que los demás , y, esperanzado, con todo esto, se halla penosamente dessappinté  cuando la mala suerte destruye todos sus cálculos y su saber”.
Al final Bolívar no jugará más ropilla por llegar a la conclusión de que era un juego lento y fastidioso que no excitaba ni ocupaba suficientemente la imaginación.  “Es preciso hallarse en Bucaramanga sin saber que hacer, para ocuparse de tal diversión”, llegó a exclamar para quitarse la ropilla de encima.
Y no sólo la Ropilla llegó a jugar Bolívar sino el Monte, un juego de envite y azar, en el cual la persona que talla saca de la baraja dos naipes por abajo y forma el albur, otros dos por arriba con que hace el gallo, y apuntadas a estas cartas las cantidades que se juegan, se vuelve la baraja y se va descubriendo naipe por naipe hasta que sale alguno de número igual a otro de los que están apuntados, el cual de este modo gana sobre su pareja.

Lo que si es cierto es que Bolívar no conocía el ajedrez y si oyó hablar del mismo en los círculos aristocráticos donde se jugaba, poco interés tuvo no obstante que era el juego preferido de los militares puesto que es símbolo de la guerra y su objetivo es capturar al adversario.  El ajedrez precisamente entró a Europa a través de la conquista de la península ibérica por los musulmanes. (AF)

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La sabrosura del mango


Bocholt es una ciudad alemana próxima a la frontera con Holanda, donde se habla el alemán antiguo, que viene siendo el idioma holandés actual.  Allí nació, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Wolfgang Schrorder Lennartz, un profesional de la hotelería, del turismo y del arte culinario, vinculado a nuestro continente por ese puente que significa el turismo internacional.
         Llegó a Venezuela el 8 de agosto de 1981, contratado por Evca, una empresa norteamericana de consumo, dedicada a la elaboración de comidas para comedores industriales.        Wolfgang vino formando parte de un grupo de diez técnicos de diferentes países, especializado en comidas internacionales, para poner en marcha los comedores de los campamentos de trabajo de la Gran Presa  de Guri.
         Veinte días después de haber llegado directamente de Europa a Guri, el grupo organizó y puso a funcionar los comedores.  El 28 de agosto salieron las primeras comidas para 8 mil obreros que laboraban en la construcción de la última etapa de la presa.  El contrato era por seis meses mientras se entrenaba al personal.  Pero Wolfgang, a pesar que se le agotó el tiempo del contrato, Se quedó en Guayana, con otros centenares de extranjeros que adoptaron esta tierra como segunda patria porque siempre les fue imposible resistirse a la magia del agua y de la selva.
         Pero, por qué no decir también, al encanto de la mujer venezolana?  Porque, en el caso de Wolfgang, Conchita, su esposa, excelente profesional de la medicina, fundadora de los servicios de terapia intensiva en Guri y Presidenta del Colegio de Médicos, es una caraqueña gentil que comprometió su destino con el hombre venido de mundos tan distantes.
         Cuando Wolfgang aceptó la oferta por seis meses como entrenador de cocina en Guri, quiso saber en qué parte de Venezuela quedaba ese lugar y, lógicamente, fue a nuestra embajada en Frankfort a solicitar información, pero el personal, cosa curiosa,  no supo donde ubicarlo, de todas maneras, Wolfgang Schoroder Lennartz embarcó en Viasa y en menos de dos días estaba en el pórtico de la selva guayanesa, aturdido por el espectáculo imponente de aquel hermoso río batallando contra el muro.
Antes había estado en Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia, Holanda, Singapur, Australia y Nueva Zelanda. Hasta entonces sólo le habían hablado de Guayana, no de Angostura, ciudad que sí conoció en los textos de la escuela. Desde su primera escuela sabía de esta ciudad lejana con la cual se vincularon importantes científicos alemanes como Alejandro Humboldt que escribió seis trabajos sobre Guayana; Koch Gunberg, etnólogo, explorador del Roraima; Roberto Schombert, etnólogo y explorador del Amazonas  y de la Gran Sabana y, entre otros, Ernesto Ule, quien estudió la formación vegetal de la Gran Sabana y Juan Teófilo Benjamín Siegert, inventor del famoso Amargo de Angostura.
Lo cierto es que Wolfgang se metió de lleno en Ciudad Bolívar y sentó sus pesos en la avenida Táchira con una agencia de fiestas tan productiva que el negocio le dió lo suficiente para reinvertir sus ganancias en un complejo agro industrial donde la materia principal era el mango guayanés, una fruta deliciosa a la cual nunca pudo resistirse.
Lo atrapó la sabrosura del mango, un árbol originario de Malaya, que crece silvestre en Ceilán y al pie de las montañas del Himalaya, de donde fue propagado al resto de los países tropicales incluyendo Venezuela, muy particularmente Guayana donde se cultiva  al igual que el Merey y aguarda para su industrialización a gente emprendedora como Wolfgang Schcroder.(AF)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Plazas y Parques desaparecidos



En el siglo anterior, los gobiernos de turno, ya ejecutivos o municipales, acentuaron su gestión en el urbanismo y ornato de la ciudad, pero sobremanera en los parques y plaza para el relax, la recreación y honrar la memoria de los hombres públicos de grandes ejecutorias, pero muchas de esas obras ya no existen se las tragó el abandono, la negligencia o el capricho personalista y caudillista de los gobernantes.
El 30 de mayo 1901, fue erigida en el Paseo de su nombre una estatua del General Juan Crisóstomo Falcón.  Montado por la casa de Julio Roverssi e hijos.  El busto resultó más alto que el pedestal y hubo que desmontarlo. Setenta años después le erigieron una plaza detrás del Gimnasio cubierto y allí se encuentra como blanco de los pistoleros-
La Plaza Farreras, monumento homenaje al prócer de la Independencia bolivarense de origen esclavo, Ascensión Farreras, fue decretada por el Presidente del Estado, General Francisco Linares Alcántara, el 30 de septiembre de 1908, para ser construida en un ángulo de la calle Piar con Bolívar.  Pero no pudo llevar a cabo su decreto por haberlo llamado Juan Vicente Gómez para colocarlo en el Ministerio de Relaciones Interiores.
         Tocó al sucesor,  General Arístides Tellería  terminar de ejecutar la obra de acuerdo con el plano propuesto por el ingeniero Abraham Tirado, para lo cual destinó 4.033,75 bolívares.
         Fue ejecutada con cemento romano en sus aceras,  piso de ladrillos y en el centro una fuente de agua, pero como el lugar era anegadizo hubo que rellenarlo y esplanarlo con 3 mil carros de tierra, levantada medio metro sobre el nivel de la calle.   Fue inaugurada el 5 de julio de 1911, dentro del programa conmemorativo de los cien años de la Independencia.  Pero por nada el pueblo la llamaba Plaza Farreras sino Plaza del Abanico por la forma que tenía.
         La descomunal crecida del Orinoco en agosto del 43  la afectó seriamente y desde entonces puede decirse que comenzó su desgracia, agravada cuando el Gobernador Pablo Gamboa Rivero decidió pasarle tractor para despejar el sitio y convertirlo en lo que es hoy, un estacionamiento, lavadero de automóviles y playa de buhoneros.
         Frente a la Plaza Farreras, el Presidente del Estado Marcelino Torres García dispuso la creación de un Parque en homenaje al prócer Santiago Mariño, desaparecido también.
         Otra obra de recreación pasiva que desapareció del corazón urbano de Ciudad Bolívar fue la Plaza de la Rehabilitación, construida también bajo la administración del General Marcelino Torres García, quien la decretó el 24 de junio de 1917 y la inauguró el 19 de diciembre, fecha genésica de la llamada Rehabilitación Nacional. Construida  en la zona de San Isidro, esta plaza tenía en el centro una columna de 15 metros ostentando una alegoría del caudillo Juan Vicente Gómez, diseñada por el artista de la época, Juan de Dios Valdiviano.        


         La Plaza Talavera igualmente desapareció para darle paso al Mirador Angostura. Para subsanar la falta, a Talavera  se le erigió un busto en el Paseo Orinoco y el busto de  Tomás de Heres que se hallaba en la plaza lo reubicaron, primero en la desaparecida Plaza de la Rehabilitación y finalmente en la plaza  erigida a la entrada del Fuerte Cayaurima, asiento de la V División de Infantería de Selva.  Este busto de Heres que data desde finales del siglo diecinueve está presidido de dos cañones en tierra que no sabemos a quien se le ocurrió la barbaridad de pintarlos de gris.   La Plaza de la Rehabilitación desapareció del mapa urbano bolivarense para darle paso a la Avenida Táchira.(AF)

domingo, 18 de diciembre de 2016

Manuel Manrique Siso


La muerte de Manuel Manrique Siso sorprendió a muchos bolivarenses, no obstante haber nacido en el Guárico, pero, como dice el adagio popular, no importa donde se nace sino donde se realiza y Manuel Manrique  se realizó en Ciudad Bolívar y finalmente Caracas.
En la capital del Orinoco tuvo un largo ejercicio profesional aunque con piedras en el camino pues era un profesional crítico e inconforme con numerosas situaciones derivadas de líderes del sistema,  El arribo de Hugo Chávez al Poder fue su oportunidad y la aprovecho hasta donde pudo al igual que otros, incluyendo a militantes de partidos tradicionales.
Destacado abogado, columnista, escritor y docente, fue seleccionado como candidato al Parlamento Andino por el Movimiento Quinta República, para ser electo en escala nacional, el 5 de diciembre.  Venezuela elige cinco representantes al Parlamento Andino, con sus dos suplentes cada uno.
Manuel Manrique Siso, activo militante del proceso revolucionario, junto al Almirante Gruber Odremán,  Comandante Herrera Jimenez, poeta Maña de Jesús Silva Inserry y  geógrafo, Santos Rodolfo Cortés, figuraba por su variada producción humanística, desde sus libritos de bolsillo, difundidos en la Colección "La Ley al Alcance de Todos", hasta su última producción, el estudio y análisis de la Constitución Bolivariana, con notas de todas las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia y un índice Analítico de 120 páginas, para  fácil manejo de la Carta Magna. El escritor docente, con sus libros "El Abogado en Casa", "El Correo del Orinoco", "Legislación Laboral Actualizada" , "El Trabajador y sus Derechos" y la "Problemática Jurídica del Derecho en la Revolución Bolivariana", han sido íconos de la formación ideológica de los venezolanos de fines del Siglo XX y sustentación doctrinaria de la democracia participativa, en el socialismo libertario del Siglo XXI. En los os ocho meses, que ejerció el cargo de Vice-Ministro del Trabajo, en 1999 y 2000, inició la paz laboral, se ordenó pagar, por primera vez en la historia, el pasivo laboral a todos los empelados públicos y de las universidades, se dictaron cinco cursos de Postgrado en Derecho Laboral, donde se especializaron más de mil abogados para cubrir las demandas de funcionarios administrativos y judiciales, que hoy sirven en todo el territorio nacional y se solucionaron más de tres mil expedientes, paralizados por la burocracia anterior.
En materia de justicia, era partidario del proceso único y oral.  Señalaba que la Constitución Bolivariana contempla la gratui­dad de la justicia y su eficacia y en ese sentido citaba la advertencia del maestro Hum­berto Cuenca, sobre necesidad de la inmediatez de la justicia, al estudiar ­las diferentes teorías procesales: pero después de esta diversificación la ciencia penal tiende, lenta y gradualmente, a la unificación de todos los procesos, al proceso único, hori­zontal de la ciencia procesal, pues teórica y científicamente, el proceso debe ser uno solo'.
Sabios juristas responden a los sabios juristas, especialmente revolucionarios y progresistas, colaborar con su sabiduría a la perfección del Estado de Derecho que todos anhelamos, decía. El pueblo dio el primer paso, el 25 de julio y lo ratificó el 15 de diciembre de 1999. Ahora nos corresponde a los universitarios, revertir a ese pueblo la formación cultural que nos dio al finan­ciar nuestra educación.
Lo ideal sería que existiera un solo proceso para todos los tipos de juicios y que fuera oral, para evitar las dilaciones y recursos indecorosos que han entur­biado nuestra justicia.
El juicio oral con un proceso único, sería el mejor sistema de participación directa del pueblo en la for­mación del nuevo Estado democrático y libre, con una justicia breve, eficaz, oportuna y gratuita.(AF)



jueves, 15 de diciembre de 2016

La Negra Matea


En la Casa de San Isidro  durante los meses finales de 1818, el Libertador  dictó a sus secretarios Pedro Briceño Méndez y Jacinto Martel el texto del Discurso de Angostura.  En esa ocasión cuando le tocó tocar el tema de la esclavitud, recordó a  la Negra Matea que lo cuidaba y jugaba con él durante su infancia. A la Negra Matea se le conoció con ese simple nombre, no obstante que el propio era el de Matea Bolívar.  Calzaba el mismo apellido de sus amos, según la tradición, puesto que era esclava de los Bolívar y había sido traída de los Llanos, donde nació en 1773, para servir en la casa de la plaza San Jacinto, cuando apenas contaba cuatro años de edad. 
De suerte, que la Negra Matea a la edad de diez años presenció el nacimiento, del 24 al 25 de julio de 1783, del niño que  sería bautizado con el nombre de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad.  Desde entonces fue dispuesta como su aya de infancia, bien sea, la encargada de velar y entretenerlo todo el tiempo y en todo lugar aunque muchas veces se vio en aprietos porque el niño era suficientemente díscolo como para atribularla.  En ese oficio la apoyaba y dirigía la Negra Hipólita, quien prácticamente crió al niño pues quedó huérfano de Padre a los tres años y de Madre a los nueve.
La Negra Matea falleció el 30 de marzo de 1886 y tres años antes, exactamente el 28 de octubre de 1883, fue entrevistada por primera vez por el periodista Alberto Urdaneta, del “Papel Periódico Ilustrado” de Colombia, quien viajó expresamente a Venezuela con ese fin, invitado por Gabriel Camacho, sobrino nieto del Libertador y en cuya casa vivía  Matea, entonces tenía 110 años de edad.  Aparentemente gozaba de buena salud y estaba completamente lúcida.  De ese momento, vestida de zaraza, bien limpia y aplanchada la ropa, con pañuelo atado a la cabeza, llevando en la mano un grueso bastón, data también su primer retrato, hecho a plumilla por Manuel Briceño, quien acompañaba al periodista.
.En el curso de la entrevista, la Negra Matea dijo llamarse Matea Bolívar al servicio  “de mi amo Bolívar”, nacida en el Llano, pueblo de San José y llegada a Caracas a la edad de cuatro años, “a la casa de mis amos, en la Plaza San Jacinto, donde nació mi amo Bolívar”.  Era una casa alta que prácticamente quedó en escombros durante el terremoto de 1812.  En la parte alta vivía Juan Vicente y en la baja, doña María de la Concepción Palacios y Blanco.  Bolívar nació en la alcoba de la sala y fue criado por  Hipólita mientras “yo lo alzaba y jugaba con él”.
La Negra Matea también dijo haber estado en  “la pelea de San Mateo con el niño Ricaurte.  Yo me hallaba en el Trapiche cuando los españoles bajaban el cerro, el niño Ricaurte mandó salir la gente y fue a la cocina, le pidió un tizón de candela a la niña Petrona y nos mandó salir por el solar.  Subió al Mirador donde estaba la polvorera.  Cuando corríamos para el pueblo donde estaban peleando estalló el Trapiche y a nosotros nos metieron en la Iglesia”.
La Negra Matea, quien vio nacer, crecer y siguió desde Caracas la trayectoria quijotesca de su niño, permaneció viva y lúcida durante más de una centuria y pasó a la historia porque, no obstante su color y condición de esclava, abrigó y arrulló entre sus brazos al genio mejor inspirado  de América.
Su longevidad causaba asombro; en la Caracas de su época llegó a ser una reliquia de los antiguos tiempos.
El día del traslado de los restos del Libertador al Panteón Nacional (28.10.1876) entró en el recinto del brazo del presidente de la República, general Antonio Guzmán Blanco. Sus restos reposan en la cripta de los Bolívar, en la capilla de la Santísima Trinidad, en la catedral de Caracas.(AF)

lunes, 12 de diciembre de 2016

Los fakires Urbano y Blacamán

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Los bolivarenses eran amantes de los circos que anualmente, entre diciembre y enero, llegaban en barco a montar su carpa en Ciudad Bolívar y otros pueblos del interior. Bajo inmensas lonas sobres mástiles clavados en la Plaza Centurión transcurrían cada noche las exhibiciones acrobáticas y las presentaciones de animales, trapecistas, malabaristas, prestidigitadores, equilibristas, funámbulos, payasos y fakires capaces de permanecer encerrado en urna de cristal semanas enteras sin probar bocado.
         El 27 de enero de 1942, el diario El Luchador dio cuenta de que el Circo de Blacamán (Blacamán Circo)  concluyó su temporada en la ciudad, recogió su carpa y se marchó en caravana hacia las minas de oro de El Callao.
         También informa el vespertino que el fakir  Blacamán no tuvo voluntad para resistir los encantos de una linda guayanesa de nombre Teresa Weis, quien residía en la calle Libertad, y terminó casándose con ella. Lo atribuyeron a la cabeza de la Zapoara aunque no era tiempo de su pesca y también, claro, que la guayanesa tenía lo suyo.  Distinto fue lo que le ocurrió al fakir Urbano allá en Maracaibo.  Este tenía mujer, pero se le fue con el empleado que lo asistía durante el prolongado ayuno.
Urbano era un fakir venido del Brasil que se metía durante treinta días en una urna de cristal y no probaba ni un bocado. Una guardia permanecía a su lado. Si usted iba a ver a Urbano pagaba un real, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde y en la noche a medio real la entrada.
La mujer de Urbano, con medio rostro cubierto y unos grandes ojos azules, permanecía sentada en el suelo, en un rincón, con hermoso traje hindú. Muy cerca un negro alto, muy de confianza de Urbano cuidaba de él y de ella.
Tres testigos de la Prefectura se turnaban cada cuatro horas. La misión de ellos, de acuerdo con la Inspectoría de Espectáculos, era vigilar que Urbano cumpliera la palabra de no recibir alimento alguno; sólo le daban un vaso de agua cada hora y orinaba por una goma que tenía en el pipí. El orinoducto del fakir iba a un florero chino que estaba cerca.
La mujer de Urbano se retiraba en algunas ocasiones a las tres de la madrugada y otras a las cuatro, acompañada siempre por el negro alto. Salía en silencio, como una sombra, cuando el fakir se quedaba dormido.
Una noche a eso de tres de la madrigada, ante la sorpresa de los funcionarios de la Prefectura, Urbano abrió un ojo  cuando la mujer se levantó y acompañado del Negro salía en puntillas hacia la puerta del local.  Urbano entonces interrumpió su estado de letargo, se levantó y corrió detrás de la pareja gritándoles:
¡Desgraciados! ¡P…! ¡Perro!, pero el pobre Urbano estaba tan débil que se cayó al suelo y se murió mientras el negro y la mujer, sorprendidos no le quedó más alternativa que  ganar la calle y refugiarse en un hotel cercano.
Aquiles Nazoa que mantenía  una columna periodística diaria publicó estos versos festivos muy a propósito: “Achicharrado de calor zuliano / y durante una de sus largas dietas / de las que derivó tantas pesetas / murió el famoso ayunador Urbano / Debió la muerte hallarlo muy liviano / pues dicen que al morir no hubo tretas / llevaba dos semanas muy completas / sin llevarse a la boca ni la mano / La causa, sin embargo, de su muerte / no fue la java, no: fue un golpe fuerte / que le dio la mujer con quien vivía / que en el momento menos oportuno / dejó al ayunador en pleno ayuno / y se fugó con uno que comía /.
Más tarde, la prensa publicaría que en Europa, específicamente  en Francia,  al fakir Urbano le había salido un competidor de nombre Burma que anunciaba romper los record existentes pasando sin comer entre serpientes, ochenta y cinco días. (AF)


sábado, 10 de diciembre de 2016

La Capilla del Cementerio


El Cementerio mayor de la ciudad, mejor identificado por los parroquianos como “Cementerio Centurión” por estar ubicado frente a la Plaza Manuel Centurión, tiene una Capilla donde desde finales del siglo diecinueve los sacerdotes oficiaban los ritos funerarios que ahora brillan por su ausencia, tal vez por déficit de curas o porque la delincuencia ha venido echando mano hasta de los cirios.
         Lo cierto es que esa Capilla erigida bajo el patronazgo de la Santísima Trinidad, permanece ociosa y corriendo la misma suerte de las oficinas de la Celaduría y del propio cementerio, no obstante su raigambre histórica.
         Los bolivarenses deben esa Capilla a la manda de un médico corso que tuvo una presencia notable en la capital de la provincia de Guayana y que no obstante ser extranjero, llegó a ser Gobernador en repetidas oportunidades.
Los derechos políticos de los extranjeros residentes en Venezuela son, como es natural, nacionalistamente muy limitados; sin embargo, no fue así hasta avanzado el siglo diecinueve. Los extranjeros, especialmente si eran profesionales idóneos, serviciales y humanitarios, podían ocupar elevados cargos públicos y llegar a ser hasta gobernador o representantes del pueblo ante el Congreso.  Tal fue el caso del doctor en medicina Santos Gáspari.
Santos Gáspari era nativo de la isla mediterránea de Córcega, pero estudió y se graduó de médico en la Universidad de Roma.  Llegó a Guayana cuando tenía una edad aproximada a los 40 años y al lustro de permanencia en Ciudad Bolívar ya era político, pues aparece afiliado en el partido de los liberales identificado “Los Filántropos” del cual era líder Juan Bautista Dalla Costa, padre, quien también era extranjero, del mediterráneo  puerto de  Génova.
Cinco años después representó a Guayana en el Congreso Nacional y después ejerció la Gobernación durante cuatro oportunidades.  Acumuló una cuantiosa fortuna y ya anciano  regresó a su patria.  Falleció en Bastia el 22 de febrero de 1867.
En 1869, los albaceas testamentarios del finado doctor Santos Gáspari giraron a las autoridades municipales de Ciudad Bolívar la cantidad de 2.000 francos equivalentes a 400 venezolanos, legados por el médico para una Capilla, pero en septiembre de 1870 el Concejo Municipal los dispuso para otros fines.  También legó la casa donde estuvo viviendo en Ciudad Bolívar para que fuese destinada a un Hospital.
El 9 de agosto de 1876, el Presidente del Estado, Juan Antonio Machado, creó una Junta de Fomento presidida por  Narciso Villanueva e integrada por Juan Altuna, José Navarro, Carlos Ortiz y Federico Carrasquel, para construir la Capilla del Cementerio Católico de la capital.
Por resolución especial fue designada una Comisión que se ocuparía de arbitrar los fondos necesarios para la construcción de dicha Capilla.  Integrada por J. M. Champre y Francisco Serrano y Bouchard, esta comisión recabó 1.787,69 venezolanos, insuficiente para la construcción de la obra, por lo que el Gobernador Machado, informado de la existencia de la Manda del Doctor Gáspari, hizo el reclamo a Santos Gómez, Presidente Municipal, respondiendo éste con creces a dicho reclamo, pues sumó una contribución especial de la Municipalidad, montante en 400 venezolanos que era la moneda oficial de entonces.

La actuación política y médica del doctor Santos Gáspari la recuerdan en Ciudad Bolívar una avenida que lleva su nombre, la Capilla del Cementerio y el Palacio Municipal, pues éste se levantó en la casa donada por Gáspari y en la que durante años funcionó el Hospital de Caridad que era un nosocomio exclusivo para hombres enfermos. (AF)

jueves, 8 de diciembre de 2016

La Escuela de Juan Mil



El músico y compositor Fitzí Miranda narra en su libro “Miscelánea” una anécdota de la Escuela de Juan Mil que es muestra tragicómica del sistema de enseñanza que regía en Guayana desde tiempo muy atrás hasta los años cuarenta aproximadamente.
Juan Mil tenía su escuela en la calle Dalla Costa 14 del casco urbano de Ciudad Bolívar y de allí, al parecer, salían los niños derechitos, gracias a la forma como el maestro aplicaba su pedagogía, general en todos los planteles públicos y privados, pero que allí, era realmente más severa y opuesta a todo arte y ciencia modernos de la enseñanza.
“Te voy a poner en la Escuela de Juan Mil” era la peor admonición contra un muchacho  díscolo, pues la especie que entonces se corría era que Juan Mil, durante los dos primeros días de ingresado, se portaba amable y generoso con el matriculado, pero al tercero, a la hora de salida y sin mediar falta alguna, cogía al alumno, lo colocaba boca abajo sobre el escritorio y le propinaba veinte latigazo, al cabo de los cuales, el niño todo lloroso se quejaba  “¿pero maestro que he hecho yo?”.  Y sonriendo Juan Mil respondía  “Si esto es sin hacer nada, imagínate cuando me hagas algo?
El castigo humillante, el uso de la palmeta, el culto a la memoria como facultad superior de la inteligencia, eran los principales componentes de la pedagogía del pasado, no sólo en Guayana, sino en Venezuela toda y el resto del mundo, desde los tiempos medievales posiblemente.
En Europa, por ejemplo, los únicos que no recibían castigo eran los hijos de las familias nobles porque sus faltas las pagaban otros inferiores a ellos desde el punto de vista de la sangre.  Algo parecido a “las paga peos” de las señoras encopetadas de Ciudad Bolívar y de otras ciudades importantes de Venezuela, sobremanera las  caraqueñas de alto linaje que iban a misa o  cualquier otra reunión acompañada de una negrita y cuando soltaban la ventosidad le daban un coscorrón  a la niña.
En las cortes alemanas fueron famosos  “los niños de azote”.  Eran niños de familias nobles, compañeros de juego de los jóvenes príncipes, y cuando estos últimos se portaban mal “los niños de azote” recibían el castigo correspondiente.
Enrique IV, quien restauró la autoridad real en Francia, dio instrucciones especiales al tutor de su hijo para que le aplicara una buena azotaina cuando el niño se portara mal.  En una carta fechada el 14 de noviembre de 1607 escribe lo siguiente:  “Deseo y ordeno que el Delfín sea castigado siempre que se muestre obstinado o culpable de inconducta; por experiencia personal sé que nada aprovecha tanto a un niño como una buena paliza” , práctica esta que hasta muy avanzado el siglo veinte sentimos en carne propia.
Los jalones de oreja, el coscorrón, la palmeta sobre las manos abiertas, las hincadas sobre piedritas o granos de maíz o de rodillas con los brazos estirados y sendas piedras en las manos, eran castigos pautados en las escuelas primarias cuando el alumno cometía alguna travesura o no se aprendía la lección porque según el principio pedagógico de esos tiempos “la letra con sangre entra”.  En algunos casos parecía así, pero en la mayoría provocaba la deserción o la rebeldía.
Pero, bueno, eran costumbres, reglas que no se quedaban en la mera escuela sino que iban más allá en el convencimiento de que enderezaban el comportamiento de las personas en una sociedad y cuya violación tenía como consecuencia una gran desaprobación o un castigo. La violación de las costumbres conllevaba la imposición de sanciones, tales como el aislamiento o el castigo físico. A finales del siglo XX, y especialmente, en sociedades como la nuestra, las costumbres tradicionales han pasado a ocupar un lugar menos destacado al adquirir las libertades personales una mayor relevancia. (AF)

martes, 6 de diciembre de 2016

Las bullas diamantíferas

Resultado de imagen para imagen de una bulla diamantíferaLAS BULLAS DIAMANTÍFERAS
La bulla de las guacamayas quedó desplazada en la selva guayanesa por los mineros cuya algarada de febril pedrería disparaba hacia  las copas espantando la placentera sonoridad de los pájaros azules y  rojos.
Otra bulla quedó bullendo en la selva maltratada por la ambición dorada.  Donde había bulla había minero, donde había minero había diamante y más bulla había a medida que ésta iba como río crecido arrasando todo cuanto surgía a su paso, desde un bejuco hasta un árbol gigante y así la bulla se iba extendiendo por la selva emulando horriblemente el crocitar de las aves y el bufidos de animales.
Eran hombre rudos, muy rudos y tantos como mujeres, muchos hombres y mujeres  con la piel  solana, que iban encandilados, encorvados bajo el peso del guayare, atropellando la oscura humedad de la jungla, con los ojos ansiosos por una sed que parecía no apagarse nunca.  Iban a lo que después se hizo bomba, bulla, bullicio, algarabía interminable que nadie sabía donde comenzaba y dónde terminaba. Sólo se sabía que lo que a su paso por aquel lugar y por aquel otro y más allá del río y la quebrada, era bosque, maraña o selva intrincada, pasaba a ser tierra arrasada, acribillada y deshecha, fuerza muscular hundida como barrena en la entraña del aluvión y la greda buscando alrededor de las cribas yuxtapuestas la diminuta y centellante luz de una kimberlita apagada por los siglos.
Ya a esta altura, nadie habla de bullas ni de bombas.  Estas quedaron apagadas en la memoria de los años sesenta y setenta cuando el libre aprovechamiento usando sólo palín y suruca, quedó desplazado por las grandes concesiones.  Ahora la bulla tiene otra tonalidad, más desgarradora, por supuesto, la de la máquina industrial, gracias a los decretos y resoluciones ministeriales que reservan para el Estado la exploración y explotación en el territorio nacional, del diamante, entre otros minerales,
Cualquiera diría que ahora las minas de oro y diamante se estabilizaron.  Que llegaron a donde tenían que llegar y que las bullas y las consabidas bombas son manifestaciones tumultuarias de otros tiempos, pero, al fin y al cabo, muy domésticas, cotidianas y hasta divertidas, sobre todo aquellos nombres tan pintorescos como El Resbalón del Diablo,  Los Pelos del Caracol, Los Colmillos de la Cuaima,  Los bigotes del Gobernador.

Más divertido todavía eran los mensajes que trasmitían a través de la radio:  “Corina Santaliz participa a Saturnino Morillo, en la Cuaima,  que se acuerde que tiene nueve hijos y uno que vine son diez.. y que ellos lo quieren vivo no muerto”.  “Desde los colmillos de la Cuaima, Margarita le participa a Francisco Javier, que llegó bien con los triponcitos que no se olvide que son sus hijos y le mande plata pronto.  Cuídate mucho del Tatúo que después viene la gozadera”.  “Desde Río Claro, Zoraida Misael, le participa a Cachapo, que quién le dijo que sin real se viajaba, que ella no tiene perro sino un hijo” “Desde el Candado, Gregorio Lara le participa a Almosena Rodríguez, en Cabruta, que pronto le giro para que se mude.  A mi suegra que se aliste porque vamos a tomar muchas frías y sancocho de coporo”.  “Desde el Candado, a Luisa Ñeque le urge saber si es cierto que su cuñado Pelo de Cochina lo malogró un barranco.  Al amigo Gato Galia y Alí que me esperen pronto y alisten la tripa cañera”  “Vicente Soto le agradece a Jesús Solano no deje venir a Blasito porque ya ha comenzado la recluta”.  “Desde Paúl, José Pomonti, participa a sus familiares que la mina está madura.  A mi tío que si va a venir que se bañe primero.  Pero eso sí con cariaquito morado a ver si se le quita la pava de la temporada pasada. Saludos”. (AF)

domingo, 4 de diciembre de 2016

DOMINGO DE RESURRECCIÑON Judas Amarillo de color azul


JUDAS AMARILLO DE COLOR AZUL
En 1868, Domingo de Resurrección, los bolivarenses de la capital estuvieron al borde de una guerra civil doméstica, provocada por un Judas de la Sociedad Liberal, agrupación política cuya divisa era el color amarillo.
         El Judas lo confeccionaron de manera tal que ridiculizara a la tendencia política  del llamado partido revolucionario de los azules que nacionalmente lideraba el General  José Tadeo Monagas y, localmente, Agustín Contasti, quien tenía como trinchera de combate la columna periodística “Guayana Impasible”.
         Juan Bautista Dalla Costa Soublette, era el Presidente del Estado Soberano de Guayana y, atendiendo a los azules en aras de la tranquilidad pública, solicitó a la Sociedad Liberal desistiera de su empeño en quemar un Judas que agraviaba a sus adversarios puesto que portaba una bandera azul y la leyenda “Guayana Impasible”.
         El Judas con sarcástico letrero y divisa azul parecía mirar impertérrito los barcos surtos y anclados en el puerto.  Colgado desde su sitio estratégico de la calle Orinoco, sólo se aguardaba la hora del Ángelus para abrir el testamento y prenderle fuego a la pirotecnia que lo sumiría, suerte de simbólica inquisición, en la hoguera de su propio formato.
         El Sol aún no terminaba de ocultarse para darle pábulo a la fiesta y el Orinoco parecía un esqueleto de piedra y arena bajo la vecindad del invierno.  Ambiente final de Semana Santa: los judas colgando a la espera del fuego y la inquietud pueblerina asomándose por calles, ventanales, celosías y azoteas.
         La Sociedad Liberal se negó rotundamente a bajar a Judas de su pedestal patibulario y Dalla Costa, indignado,  exclamó pues “Este Judas no se quemará”, reacción en la que se apoyaron los azules para desmontar la caricaturesca figura y lanzarla al Orinoco.  Más vale que no!  Se prendió Ilion y aqueos y troyanos desenfundaron sus armas y la residencia de Dalla Costa tuvo que ser protegida espontáneamente por 400 hombres armados, pues hubo el temor de un golpe de estado toda vez que el líder de la Sociedad Liberal era el General Simón Briceño, Comandante de Armas de la Provincia de Guayana.
         La rápida intervención conciliadora del Obispo de la Diócesis de Guayana, Monseñor José Manuel Arroyo y Niño y otros notables como José Alcalá y José Tomás Machado, impidieron que la situación se complicara en un incontrolable enfrentamiento de armas.
         Mas, esta paz no durará mucho, pues en la provincia solía reflejarse la lucha por el Poder central y ese mismo año de 1868, cuando José Tadeo Monagas llegó al Poder, puso en duda la neutralidad del gobierno de Angostura y mandó a tomar la plaza a sangre y fuego provocando la caída  de Juan Bautista Dalla Costa Soublette, quien permaneció en el extranjero por varios años.
         Cuando Guzmán Blanco llegó al Poder tras la Revolución de Abril, lo designó Ministro Plenipotenciario de Venezuela en los Estados Unidos de Norteamérica.  Cumplida su misión, retornó al suelo natal y se apartó de todo suceso político.  Se le ofrecieron varios cargos, incluso el de la candidatura presidencial, y prefirió en absoluto la vida privada, una vida digna de su avanzada edad.  Murió el 10 de febrero de 1894, a la edad de 71 años.

         Favorecido por la riqueza y habiendo ejercido los cargos políticos más prominentes, murió no obstante en la más noble y decorosa pobreza.  “Conservador en principios, sus prácticas administrativas, sin embargo, estuvieron siempre marcadas con el sello del liberalismo puro y si como mandatario cometió errores, esos errores fueron hijos de aquellas situaciones de fuego que, casi deshecha tempestad, inmensa, fulminaba rayos en todo el ámbito del país; pero, ¿quién que haya gobernado a los hombres no los ha cometido? Se preguntó el día de su muerte el escritor Carlos Machado. (AF)

viernes, 2 de diciembre de 2016

Bolívar entre las balas y el vals

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Como cualquier ser humano común y corriente, pero con espíritu jovial, a Bolívar le gustaba el baile aunque con el tiempo, a medida que iba saliendo de la guerra, pero agravándose los problemas políticos y de salud, esa afición fue decayendo.
         Su baile preferido era el valse y danzaba horas seguidas cuando encontraba buena pareja.  Llegó a decir Bolívar a su edecán Perú de Lacroix que el baile lo inspiraba, y excitaba su imaginación de manera tal que muchas veces, estando en campaña, alternaba el baile con la tarea de escribir y despachar órdenes cuando por la noche había fiesta en alguna ciudad, pueblo o villa del lugar donde acampaba su ejército.
         “Hay hombres – decía – que necesitan estar solos y bien retirados de todo ruido para poder pensar y meditar; yo en cambio, reflexiono y medito en medio de la sociedad, de los placeres, del ruido y de las balas”.
         Y así como le aficionaba el baile, también le gustaba el vino y elogiaba sus virtudes.  “Es una de las producciones de la naturaleza más útiles para el hombre; tomado con moderación fortifica el estómago y todo el organismo.  Es un néctar sabroso y su más preciosa virtud es la de alegrar al hombre, aliviar sus pesares y aumentar su valor.”
         Anecdóticamente comentó en cierta ocasión cómo una simple botella de Vino Madera le hizo cambiar de decisión y ganar una batalla que parecía imposible.
El vino madera es un vino generoso originario de la isla portuguesa del mismo nombre. Tiene un rico bouquet, sabor muy agradable y un bello color ámbar oscuro. Modernamente se bebe como aperitivo o vino de postre, pero en tiempos de la colonia era por lo leído un licor muy buscado y era el que sin duda prefería el Libertador.  Uno de los tantos legionarios ingleses llegado a la Angostura del Orinoco dice en sus memorias hablando de la ciudad lo siguiente:   “Bordeando la calle mayor había algunas casas de piedra, unas tiendas y una taberna con billar y mesas de juego, donde la cerveza oscura tenía fama de excelente, pero donde el melindroso Hisppiley encontró el Vino Madera.  En el extremo oeste de la ciudad estaban las casas de los pobres (Perro Seco), hechas casi todas de bahareque”.

         Empero si bien el vino agradaba al Libertador, trataba de evitarlo debido a que lo excitaba en extremo.  Exaltaba de tal forma su temperamento que lo hacía según el caso escenificar comportamientos fuera de todo orden y protocolo como el que tuvo al final de un banquete ofrecido en Angostura a Juan Bautista Irving, comisionado especial del Gobierno de los Estados Unidos.  En sus Leyendas Históricas, Arístides Rojas cuenta que Bolívar, al llegar el momento de los postres, se subió a la mesa y pisando de un extremo a otro cuanta losa y cristalería había en ella, prorrumpió enardecido al calor de la conversación:  “Así, así  iré yo del Atlántico al Pacífico y desde Panamá a Cabo de Hornos, hasta acabar con el último español.”  Esto, al parecer, se hizo una constante pues en el Alto Perú en 1924 – escribe el general Francisco Burdett O’Conor-, Bolívar dio un banquete a los jefes oficiales con ocasión de la reunión de las unidades del Ejército Libertador y al contestar un brindis suyo, exclamó alzando la copa “Este es un brindis” Luego saltó sobre la mesa, vació la copa y la estrelló contra la pared de la sala.  En Arequipa en 1825 en un banquete que ofreció el general argentino Rudesido Alvarado, hizo algo parecido.  Las explosiones temperamentales casi desbordando las copas por lograr la libertad de América.  De todas maneras, Bolívar era indudablemente un genio y a decir de Séneca “no ha habido hombre genio extraordinario sin mezcla de locura”  (AF)