jueves, 8 de diciembre de 2016

La Escuela de Juan Mil


El músico y compositor Fitzí Miranda narra en su libro “Miscelánea” una anécdota de la Escuela de Juan Mil que es muestra tragicómica del sistema de enseñanza que regía en Guayana desde tiempo muy atrás hasta los años cuarenta aproximadamente.
Juan Mil tenía su escuela en la calle Dalla Costa 14 del casco urbano de Ciudad Bolívar y de allí, al parecer, salían los niños derechitos, gracias a la forma como el maestro aplicaba su pedagogía, general en todos los planteles públicos y privados, pero que allí, era realmente más severa y opuesta a todo arte y ciencia modernos de la enseñanza.
“Te voy a poner en la Escuela de Juan Mil” era la peor admonición contra un muchacho  díscolo, pues la especie que entonces se corría era que Juan Mil, durante los dos primeros días de ingresado, se portaba amable y generoso con el matriculado, pero al tercero, a la hora de salida y sin mediar falta alguna, cogía al alumno, lo colocaba boca abajo sobre el escritorio y le propinaba veinte latigazo, al cabo de los cuales, el niño todo lloroso se quejaba  “¿pero maestro que he hecho yo?”.  Y sonriendo Juan Mil respondía  “Si esto es sin hacer nada, imagínate cuando me hagas algo?
El castigo humillante, el uso de la palmeta, el culto a la memoria como facultad superior de la inteligencia, eran los principales componentes de la pedagogía del pasado, no sólo en Guayana, sino en Venezuela toda y el resto del mundo, desde los tiempos medievales posiblemente.
En Europa, por ejemplo, los únicos que no recibían castigo eran los hijos de las familias nobles porque sus faltas las pagaban otros inferiores a ellos desde el punto de vista de la sangre.  Algo parecido a “las paga peos” de las señoras encopetadas de Ciudad Bolívar y de otras ciudades importantes de Venezuela, sobremanera las  caraqueñas de alto linaje que iban a misa o  cualquier otra reunión acompañada de una negrita y cuando soltaban la ventosidad le daban un coscorrón  a la niña.
En las cortes alemanas fueron famosos  “los niños de azote”.  Eran niños de familias nobles, compañeros de juego de los jóvenes príncipes, y cuando estos últimos se portaban mal “los niños de azote” recibían el castigo correspondiente.
Enrique IV, quien restauró la autoridad real en Francia, dio instrucciones especiales al tutor de su hijo para que le aplicara una buena azotaina cuando el niño se portara mal.  En una carta fechada el 14 de noviembre de 1607 escribe lo siguiente:  “Deseo y ordeno que el Delfín sea castigado siempre que se muestre obstinado o culpable de inconducta; por experiencia personal sé que nada aprovecha tanto a un niño como una buena paliza” , práctica esta que hasta muy avanzado el siglo veinte sentimos en carne propia.
Los jalones de oreja, el coscorrón, la palmeta sobre las manos abiertas, las hincadas sobre piedritas o granos de maíz o de rodillas con los brazos estirados y sendas piedras en las manos, eran castigos pautados en las escuelas primarias cuando el alumno cometía alguna travesura o no se aprendía la lección porque según el principio pedagógico de esos tiempos “la letra con sangre entra”.  En algunos casos parecía así, pero en la mayoría provocaba la deserción o la rebeldía.
Pero, bueno, eran costumbres, reglas que no se quedaban en la mera escuela sino que iban más allá en el convencimiento de que enderezaban el comportamiento de las personas en una sociedad y cuya violación tenía como consecuencia una gran desaprobación o un castigo. La violación de las costumbres conllevaba la imposición de sanciones, tales como el aislamiento o el castigo físico. A finales del siglo XX, y especialmente, en sociedades como la nuestra, las costumbres tradicionales han pasado a ocupar un lugar menos destacado al adquirir las libertades personales una mayor relevancia.

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