miércoles, 18 de enero de 2017

Operación Gran Sabana


El 3 de abril de 1968, invitado por el General de Brigada Manuel Morales Vásquez  (en la foto), comandante de la V División de Infantería de Selva, me hallaba a 1.500 me­tros de altura sobre el nivel del mar, sobre una roca granítica llamada ''La Escalera", rodea­do de una selva espesa e in­trincada predominada por ár­boles hasta con más de cua­renta metros de altura.  Era de tar­de y el Sol asomaba por el oes­te una luz tímida que delineaba en toda su imponencia la Sie­rra de Lema.  Muy próximo a nosotros, en un área como de ochocientos metros cuadrados lindando con profundos preci­picios se levantaba un campa­mento de zinc habitado por soldados con la piel tos­tada y uniformes colorea­dos de barro.
Tractores, traíllas, Patrol, ca­miones y otros vehículos e im­plementos se hallaban activos en el lugar, moviendo la tie­rra arcillosa y las rocas graníticas despedazadas por la explosión de la dinamita.  Aparentemente no había plagas y un silen­cio extendido minutos después parecía anunciar la extenuación del soldado que había trabajado desde el amane­cer. Unos cien soldados del Batallón Juan Manuel Cajigal, que des­de 1963 se esforzaban por enlazar a Venezuela con  Brasil.
El Servicio de Ingeniería del Ejército había denominado esta empresa como "Operación Gran Sabana", porque de eso se trataba, operar conquistando  las inconmensurables tierras selvá­ticas del sur de Guayana que así se denominan (Gran Sabana) y que lin­dan con las fronteras del Bra­sil y la antigua Guayana inglesa.
El habitante o visitante sólo podía penetrar hasta algunos puntos de la Guayana por vía aérea o a pie utilizando peligrosas trochas y cursos de agua muchas veces interrumpidos por intensas cataratas.
El Capitán del Ejército, Luis Alfonso Godoy, director de los tra­bajos, estimaba que para junio de ese mismo año se podría ir en ve­hículo por esta ruta hasta San­ta Elena de Uairén, es decir, hasta la frontera con el Brasil.
La obra se venía ejecutando en dos frentes de trabajo: el de La Escalera, o sea el as­censo a la Gran Sabana a través de una longitud de 60 kilómetros y el de Santa Elena hacia el cerro El Venamo en una extensión de 150 kilómetros.  Ambos frentes bajo la dirección del Teniente coronel  Ramón Antonio Graterol, trabajando muchas veces bajo condiciones ambientales difíciles pues de 360 días que tiene el año sólo 80 suelen ser de Sol debido a una pluviosidad tan elevada como la del Kilimanjaro.
Los soldados, por ello, trabajando hasta 22 hora diarias y aprovechando a veces los claros inmensos de la Lu­na que se proyectan sobre la selva para hacer rodar sus pe­sadas maquinarias.
Un soldado recibía apenas una paga diaria de dos bolívares con cincuenta céntimos. Eran cien soldados que trabajaban en la obra, una obra extremada­mente difícil, pero de una im­portancia económica, política y socialmente extraordinaria. Era una manera muy útil del sol­dado prestar su servicio mili­tar obligatorio, construyendo no la guerra sino una obra mag­nifica y perdurable.
La carretera El Dorado a Santa Elena de Uairén fue sueño de todos los tiem­pos, tanto como el Puente so­bre el Orinoco que había sido logrado el año anterior. Este sueño co­menzó a cristalizar en 1953 cuando el ingeniero Luis En­trena por resolución del Go­bierno proyectó e inició la ca­rretera, dejándola inconclusa a la altura del kilómetro 88, don­de se alzó un caserío de agricultores y lugar donde también se hizo célebre Abilio, un bru­jo que curaba a sus enfermos con raíces y ungüentos vege­tales.




lunes, 16 de enero de 2017

El Intérprete de Mussolini vino a parar en Ciudad Bolívar

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"Soy un hombre que padece las miserias del exilio, pero he de volver a Italia cuando algún industrial fascista se decida a ayudarme, mientras tanto vivo de las baratijas, duermo en la pocilga de un taller y doy cuen­ta de mis penas a Dios en el san­tuario de la Catedral". Así se ex­presó ante mí un hombre de baja estatura, de piel fina, blanco y semi-calvo que ner­viosamente se desplazaba por las afueras de la Catedral ofrecien­do estampas del santoral y otras curiosas baratijas que atraen a la gente ingenua. Unos ojos ver­des destacan sobre las mejillas sonrosadas y el rostro redondo. Tal es Angelo Bruni Olivini, un italiano de 55 años de edad que domina cinco idiomas, que fue, según me dijo, intérprete del dic­tador Benito Mussolini, pero que era en 1967 un exiliado.
Circunstancialmente conocí a este hombre. Me lo pre­sentó mi compadre Genaro Gianoccoro, italiano que lo cono­cía desde cuando ambos milita­ban juntos en el partido de las camisas negras. Bruni resultaba ser un hombre que escribía poesía e hilvanaba bien su pensamiento en un castellano para él todavía di­ficultoso.
Días después me lo volví a encontrar y me habló de su vida y de la negativa colabo­ración de sus paisanos para lo­grar un estado de vida acorde con su profesión de maestro de idiomas. Hablaba francés, alemán, inglés, árabe y el castellano. Entonces llevaba 15 años en Venezuela y apenas dos meses en Ciudad Bolívar.
         En el curso de la conversación se lamentaba de los errores de Mussolini como el de llevar a Italia a la guerra, contrariando el senti­miento general del pueblo.  Para él fueron factores determinantes de esa decisión, su afinidad de pensamiento con Hitler y la ex­periencia decepcionante que tu­vo Italia de Francia y de Ingla­terra en la Primera Guerra Mun­dial.
Ese personaje sir­vió de intérprete al Duce en al­gunas ocasiones durante los dos últimos años que precedieron a su muerte.  Se hallaba en Milán, en el Palacio del Carde­nal Ildefonso Schuster, cuando conversó con Mussolini y el Mariscal Graciani para ofrecerse como intermediario entre los aliados y el gobierno italiano:  Los aliados habían ya inva­dido las llanuras del Po y el Ma­riscal Graciani, previendo lo peor, se quedó en el Palacio, sal­vando así la vida, mientras que Mussolini por desoír las insinua­ciones del Cardenal resultó víc­tima de fanáticos fascistas que lo engañaron haciéndole ver que en las montañas de Valtellina había fuerzas suficientes para insistir en la lucha.
Benito Mussolini seria preso más tarde al tratar de huir por Suiza en un convoy alemán. Señala al Comandante Bill y al Coronel Valerio —nom­bres de guerra— como los ejecu­tores del dictador italiano. Valerio era en ese año se­nador en Italia y Bill se halla en la Argentina.
Recuerda que junto con Mus­solini fue ejecutada también Cla­ratta Petacci.  Los cadáveres de ambos trasladados a Milán y colgados por los pies en la Plaza Loreto.
La tumba de Mussolini, sin nombre, fecha ni cruz, fue vio­lada por fanáticos que burlaron la vigilancia de los guardias y luego de sacar el cadáver del Duce, lo escondieron durante años en un Convento de Milán, hasta cuando su hija, Condesa Ciano, hablando con el Papa Pío XII consiguió trasladar los restos al Cementerio de Predappio, lugar donde nació.
El desolado intérprete de Benito Mussolini, vivía miserablemente en Ciudad Bolívar, pero esperanzado de volver a la Pe­nínsula para  afiliarse al Movimien­to Social Italiano que represen­ta las ideas mussolinianas, pero será "¡Sabe Dios cuándo!" tal vez —nos dijo-como náufrago afin­cado a una esperanza— “cuando algún industrial fascista se de­cida a ayudarme, mientras tanto vivo de las figuritas del santoral.


domingo, 15 de enero de 2017

El Padre Diego

El Misionero capuchino Diego de Valdearena, mejor conocido en Guayana como “El Padre Diego” ha sido calificado como uno de los sacerdotes más bonachones y pintorescos.  Realmente irradiaba simpatía y conversaba amablemente con la gente que solía abordarlo, especialmente con los periodistas, tanto en Santa Elena de Uairén, donde residía y oficiaba como en Ciudad Bolívar a donde se dirigía frecuentemente en diligencia de compras y de paso hacer contacto con sus superiores y fundamentalmente con el Ejecutivo Regional, responsable de que todo marchara bien en el distrito fronterizo.
         Raro el bolivarense que no conociera o supiera del Padre Diego.  Vivió muy cerca de nosotros durante cuarenta años, pero al igual que Monseñor Zabaleta no quiso morir aquí.  Se fue a lanzar su último aliento de vida en Madrid donde falleció el 13 de mayo de 1995.  Ha podido muy bien pedir que sus restos fuesen inhumados en la Iglesia Catedral de San Elena que es obra suya.  Una iglesia de estilo gótico levantada piedra sobre piedra por los miembros de la Parroquia del Vicariato y de la comunidad Pemón.
         Santa Elena de Uairén que es el pueblo fronterizo más importante del Estado Bolívar, debe mucho al Padre Diego, tanto en lo espiritual como en lo educacional, artesanal y en el fomento de la ganadería.  La fundación de Santa Elena, a la orilla del río Uairén, la inició el explorador Lucas Fernández Peña el 16 de septiembre de 1923 y la completaron los misioneros en 1931.  En este punto finaliza la Carretera de la Gran Sabana desde El Dorado luego de un trayecto de 317 kilómetros.  Es el más importante de los cinco centros misioneros que regentan los padres capuchinos y en ella reside el Vicario Apostólico de las Misiones del Caroní. Desde este punto fronterizo se puede continuar hasta Boa Vista pasando inmediatamente por Pacaraima, ciudad construida por los brasileros tratando de equilibrar la colonización iniciada por Venezuela.
         El Padre Diego se radicó en Santa Elena en 1945 y logró fundar un hato con 1.500 reses que produce carne para consumo de la población y trabajo para los indios de la etnia Pemón, estableció una escuela para niñas y luchó para que la carretera hasta Santa Elena fuera una realidad, en el entendido de que ella favorecería el desarrollo urbano de Santa Elena y abarataría el costo de la vida.
         En julio de 1967 cuando visitamos ese lugar que funcionaba como un municipio foráneo bajo la jurisdicción de Guasipati, cabecera del distrito Roscio, el costo de la vida en Sana Elena e Icabarú era más alto que en cualquier otra parte de Venezuela, pero ya la carretera estaba siendo ejecutada por el Batallón de ingenieros Juan Manuel Cajigal, aunque trabada por el tremedal llamado “El Paso del Danto”.
         El alimento menos costoso entonces,  tal vez por lo abundante, eran los cítricos y la Guayaba.  El agua era de apariencia purísima y de sabor agradable, descendiendo desde los altos de las rocas y recogida por un acueducto que la lleva hasta los hogares.

         En nuestra gira de escasas horas, invitado por el gobernador Pedro Battistini Castro, observamos que la tierra es ácida como en el resto de Guayana, pero que con buena dosis de calcio y fósforo se pondría en condiciones de producir toda clase de frutos.  Por eso el Padre Diego Valdearena nos insinuaba en esa oportunidad la necesidad de que los abonos de la Petroquímica fueran extendidos por la mano oficial hacia allá para producir lo que hasta entonces costaba traer de otras regiones del país, incluso del Brasil.

sábado, 14 de enero de 2017

HEDDY SEVILLA

 Ayer falleció en su residencia de esta ciudad, Heddy Sevilla, quien en vida alternó con inquietud, perseverancia y sabiduría, el derecho con la literatura, la música, la poesía, las artes plásticas y la docencia universitaria,
Ausente de la memoria durante los últimos años de su vida septuagenaria. Se habÍá despedido con una exposición retrospectiva en el Museo Histórico cuando lo dirigía su fundador del doctor Oswlado De Sola, de quien era amigo,
Se trataba de una treintena de obras tridimensionales y bidimensionales de diferentes formatos, dentro de la línea constructivista particularizada con la abstracción geométrica y el cinetismo.
Anteriormente había expuesto  en la Sala de Arte de SIDOR utilizando el hierro y el aluminio como elementos de expresión y me tocó  hacerle la presentación en el catálogo correspondiente.  Entonces me referí al antuerpiense Michel Seuphor, pintor y crítico de arte, casi a la altura del nonagenariato, quien en medio de una lucidez artística impresionante, había  dicho en uno de sus ensayos que no debe establecerse separación absoluta entre pin­tor y escultor puesto que si bien la escultura es incolora, no por ello deja de ser sensible. De allí que Heddy Sevilla, mujer del agua y del llano, haya podido trascender con fluidez de la pintura a la escultura, de la figura a las formas, aunque dentro de parámetros sorprendentes toda vez que ella era paisajista, nutriente, en pasado prolongado, de aquella corriente iniciada en el Círculo de las Bellas Artes y súbitamente, acaso por su cercanía diaria y constante con el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, se encontró un día en que era construc­tivista, pero aprehendida dentro de los límites de la cañuela hasta que, al fin, como disidente en proceso, llegó a la dimensión real, vale decir, al arte tridi­mensional, a la escultura, siempre obsesionada por la línea rígida, individual­mente vertical o vertical-horizontal; por ese contorno básico que es el cuadra­do, dentro de un complejo de formas geométricas simples suscitando conjun­ción de fuerzas y dinamismo virtual en el campo espacio-materia.
Sus esculturas metálicas, generalmente de hierro hueco o aluminio, ensambla­das con la técnica de la soldadura autógena y que la artista concebía  desde su ruptura con lo bidimensional hacía cinco años, comporta e incluye lo que  exhibía en  la Galería de Arte de SIDOR, un mismo estilo ubicable dentro de la abstracción geométrica, aún más monumental de ella: "Proyección Volumétri­ca", en obra limpia y erigida por Venalum en el Polideportivo Unare II. Esta exposición individual de Heddy Sevilla era la décimo segunda. Había partici­pado además en diez y seis colectivas y su trabajo ascendente y de acentuada proyección, testimonia su permanencia de manera afirmativa en el contradic­torio mundo de la plástica.
Heddy Sevilla ejerció la abogacía luego de egresada de la Universidad Santa María en 1975.  Se definía como Artista Plástico Constructivista y en vida desempeñó un Juzgado de Municipio, Fiscal del Ministerio Público (jubilada) docente de educación superior, profesora de legislación empresarial, responsable del Centro de Arte “Alejandro Oteo de Extención cultural de la UNEG, , Profesora de Deontología Jurídica en la UGMA, Fue Coordinadora de Pasantía en la UGMA, Profesora de: Derecho Romano, Lógica Jurídica y Teoría General del Proceso (Docente UGMA desde hace 5 años), Especialista en Docente de la Educación Superior, Cursante de Maestría en Docencia en Educación Superior en la USM, Obra escrita publicada: En Derecho Penal - (1 obra) Teoría General del Proceso, (3 estudios sobre jurisdicción y proceso) Familia y Menores (2 Tomos),En Literatura: narrativas (2 Novelas, 3 Cuentos y 2 Fábulas) En Imprenta: 2 obras: Una jurídica de texto, y una sobre Educación Superior para post-grado






viernes, 13 de enero de 2017

Mapire en víspera de San Pedro

Frente al cerro Tucucimba, en la orilla norte del río Orinoco, sobre el borde de Anzoátegui, vive un pueblo silencioso y humilde que trabaja la pesca, que cultiva le tierra y se asoma a los pozos petroleros. Tal es Mapire, cuyo nombre proba­blemente lo deba al hecho geo­gráfico de estar situado en uno de los bolsos pronunciados del Orinoco.
Mapire, junto con Soledad, forma los dos puertos fluviales principales de Anzoátegui. Es uno de los municipios de ese estado con una altu­ra de 50 metros sobre el nivel del mar, un montículo donde la temperatura en tiempo de estío irrita la piel y donde en tiempo de invierno la precipita­ción pluvial registra un promedio de 1.300 mm.
En los años sesenta, específicamente en junio de 1967, líderes de ese pueblo se trasladaron a ciudad Bolívar para trascender a través de los corresponsales de prensa, pues entonces la comunicación a través del Orinoco era más fluida y directa con Ciudad Bolívar que con la capital del Estado Anzoátegui, al cual pertenece.
Era la víspera de su patrono San Pedro Apóstol y querían los habitantes aprovechar las festividades para un reencuentro del pueblo con todos los mapireños diseminados por el resto de Venezuela.
En Mapire para entonces no había mucha gente, apenas unas 1.500 almas (hoy tiene diez mil) que le daban vida y calor al lugar gracias a los grandes aluviones que el Orinoco va dejando en sus periódicos des­censos y que favorecen la producción de algodón y cultivo rudimen­tario del frijol, la patilla, la ca­raota y la yuca. Era el algodón el principal producto agrícola de este pueblo.  La gana­dería era ínfima como su población. De las cuatrocientas mil cabezas de ganado que tenía todo Anzoátegui, Mapire contribuía con una cuota de 5.000 vacunos.
Mapire conservaba su condición de capital del Municipio Monagas a pesar de los reclamos de San Diego de Cabrutica, cu­yos habitantes alegaban ser  mayoría y económicamente más importantes. El Municipio San Diego de Cabrutica tenía más de 5 mil habitantes y una población ganadera de 33 mil cabezas.
Mapire, como todos los pueblos, ha buscado en el almanaque un día para hacerse sentir, tal es el 29 de junio, día consagrado por el santoral a San Pedro Apóstol. Ese día fue de jolgorio y vino el Obispo de Barcelona y otras autoridades superiores. Vinieron muchos de sus hijos, los mapireños que un día cualquiera abandonaron el terruño y se fueron por diversos caminos en busca de nuevos rumbos. El 29 también fue día del reencuentro. La mayor caravana partió desde Caracas.
El Presidente del Comité de Fiesta de este pueblito del Orinoco era  Luis Vicente Pinto y lo formaban además Humberto Campos, Ramón Silva, Domingo Zacarías, Eduardo Velasco López, Alfonso Pumar. Omar Núñez y Gladys Pumar.
Realmente este es un pueblo humilde, pero de una gran fuerza espiritual que se traduce en ar­bitrar fórmulas para el bienes­tar común. Para ello contaban con sus guías el Párroco de la Iglesia, el Médico, el Prefecto y el Presidente Municipal, ade­más de los maestros. La comunidad entonces estaba empeñada en una Escuela de Comercio, una Escuela Granja y una Biblioteca. La iniciativa era del Pa­dre Carlos Vallejos, un español de Zaragoza, que tenía adelantado bastante este proyecto.
De la salud y otros servicios del pueblo cuidaban el doctor Pas­tor Martín Pérez, exilado cubano desde hacía seis años y las tres mujeres más viejas, del lu­gar: Alba Castillo, enfermera; Magdalena Guzmán Rivas, Jefe de Correos y Helena Pumar, costurera del pueblo.


martes, 10 de enero de 2017

Nacimiento de Barrio A-juro

Barrio Ajuro se formó en tierras municipales arrendadas al empresario Julio César Paván en 1959 cuando fueron invadidas.  Invadidas de la noche a la mañana por gentes humildes apoyadas en algunos partidos políticos que se dispu­taban su cuantía electoral. Pa­ván supo salir a tiempo de ellas a pesar de la invasión, colocán­dolas al MOP casi al precio de un bolívar el metro cuadrado; pero el MOP que las adquirió con el fin de construir la sede del Núcleo Bolívar de la Universidad de Oriente, no ejerció un control riguroso y permanente para evitar la inva­sión progresiva y el ensalza­miento de bienhechurías cuyo valor entonces se estimaba en mis de cinco millones de bolíva­res.
   Los habitantes de lo que desde un comienzo se. ha venido lla­mando Barrio Ajuro, pero que actualmente no es tal barrio, sino toda una urbanización con casas sólidas y bien construi­das el 26 de junio de 1967 manifestaron públicamente su preocupación por la realización de un censo, evaluaciones de sus casas y la expresa prohibición de mejoras y extensión de servicios públicos en razón de que toda las casas del sector serían demolidas a fin de dar cabida a proyecta­das edificaciones de la Universi­dad de Oriente, la que venía funcionando en improvisa­das instalaciones donadas por instituciones privadas.
Estas tierras, absorbidas por el crecimiento urbano de la ciudad,  no presentan el aspecto de ba­rrio, pero sigue llamándose "Barrio Ajuro". Se dice que no tiene aspecto de barrio porque no existen ranchos o viviendas pobres, aunque por fal­ta de planificación urbana ini­cial sus calles internas no son simétricas y en 1967 aguas invernales provenientes del Sur que es la parte alta más inmediata causaban problemas. La situación fue so­lucionada con una inversión por parte del Estado para la cons­trucción de un canal recolector de las aguas. Esta inversión fue del orden de los 300 mil bolíva­res.
La construcción de este im­portante canal fortaleció la vo­luntad de los pobladores para acabar de enraizarse en el lugar y lograr a través del coqueteo político otras mejoras públicas y reivindicaciones. En los años setenta su lucha tenaz no había podido lograr el servicio de agua directo a las casas. El lí­quido lo adquirían de camiones cisternas que vendían a bolívar el tambor o de las escasas pilas cercanas instaladas por' el Con­cejo. A pocos metros del Barrio están la Escuela de Medicina, el Hospital Universitario, Hospital del Tórax y el Psiquiá­trico y por el lado sur la carre­tera central que comunica con el interior.

Cuadro de texto: .111W":." Los moradores de Barrio Aju­ro ante la amenaza de un posible desaojo, resignaron un Comité de Defensa, que que­dó integrado por Mario Rivera, Presidente; José Hernán­dez, Cruz Franco, Teodoro López, José López y Luis Vegas. Este Comité juró luchar por la estabilidad y permanencia del Barrio sin que esta determina­ción fuese en contra de la Universidad de Oriente, que al final cedió al igual que el Gobierno y hoy barrio Ajuro es todo un sector urbanizado insertado en la Parroquia Catedral. (En la foto primero habitante de Barrio A-Juro)

lunes, 9 de enero de 2017

Nacimiento del Barrio La Mariquita


El barrio ”La Mariquita” que ya dejó de ser barrio para transformarse en un conglomerado urbano con todos los servicios,  nació en mayo de 1967 al calor de 80 familias invasoras que vivían arrimadas y carecían de techo propio.
Esas familias venían de ser desalojadas  de un terreno proyectado para la Urbanización Andrés Eloy Blanco, en la avenida de su nombre.
         Ante la medida de desalojo, los invasores alegaron que estaban construyendo ranchos en la zona por insinuación de Monseñor Crisanto Mata Cova, quien hacía poco se había posesionado del arzobispado.  Monseñor tratando de amparar a los invasores, viajó a Caracas a entrevistarse con el Presidente de la República para tratar el caso, mientras tanto un grueso pelotón de policías, atendiendo instrucciones del Presidente edilicio, procedió a tumbar los ranchos dejando a sus propietarios y corotos debajo de los árboles.
         Estas ochenta familias, amparadas por el prelado, se reubicaron en la zona de La Mariquitaque Monseñor Mata Cova bautizó con el nombre de barrio “Virgen del Valle”, lo que llevó al concejal Antonio José Grimaldi a señalar al Arzobispo como el “primer invasor de tierras de la ciudad capital”.
         La Mariquita era uno de los lugares bucólicos de recreación más pintorescos de la ciudad, dominado por una cascada ideal para los bañistas (en la foto) y donde un corso de apellido Pinelli, emparentado con la familia Liccioni tuvo una cría de animales.  Estaba realmente en pleno bosque, a tres cuartos de horas a caballo y a una hora y media a pie desde la ciudad cuando todavía no había llegado el automóvil.
         Cuando los franceses Jean Chanfanjon y Augusto Marisot estuvieron en Ciudad Bolívar en 1886-87 realizando exploraciones botánicas, pasaron varios días inolvidables en La Mariquita según recogen en sus memorias.  Aquí batieron “pájaros de todos los colores y de todos los tamaños para colecciones, desde un pájaro azul cabeza negra y blanca del tamaño de una gallina de Guinea, hasta colibríes, los más microscópicos pájaros moscas”.
         En el paraje de La Mariquita, en lo alto de una vega, se alimentaron con tórtolas, periquitos, perdices y pequeños hortelanos.  El sudor abundante del verano de abril lo aplacaban con el fruto del manzano de caoba de propiedades astringentes y por la tarde siguiendo un tanto el rito europeo de te y galletitas, tomaban guarapo acompañado de casabe junto con dos peones que le sirvieron de grata compañía.
         En 1920, los llamados garajes de la ciudad alquilaban automóviles para ir de paseo a La Mariquita y el servicio se hizo tan frecuente que la Municipalidad estableció una tarifa de dos bolívares por un paseo en vehículo hasta aquellos bosques que hoy en día perdieron su acogedora sombra  por fuerza de la tala que fue cediendo espacio a los sin techos.
         Empezó con ochenta familias que ya el 16 de mayo de 1967 según reportaje  del diario El Nacional, había aumentado a 300 familias sobre las que todavía pesaba la amenaza de desalojo por orden de la Municipalidad.  El rotativo caraqueño que entonces circulaba profusamente en Ciudad Bolívar donde tenía una Corresponsalía, titulaba así: “La Mariquita, barrio atormentado por la miseria y amenazado de desalojo.  300 familias de Ciudad Bolívar que viven en la miseria más espantosa se quejan de que son maltratados por la Policía y cuadrillas de obreros municipales”.
         Las tierras invadidas bajo la tutela del Arzobispo Crisanto Mata Cova por numerosos damnificados que allí se asentaron forman hoy parte del desarrollo urbano de la ciudad dentro de los límites de la Parroquia Vista Hermosa.