domingo, 25 de septiembre de 2016

Nombres Curiosos y Apodos

 
El Capitán Campari

Hay nombres que son de espanto y brinco y, sabe Dios, cómo se siente o lo vive la persona que lo calza de por vida.  Bien cierto es que donde quiera que se presente llamará  curiosamente la atención o, cuando menos, suscitará una mal disimulada sonrisa, tal como me sucedió cuando en estos días me presentaron una señora llamada Clara y cuando le pregunté de cuál familia me dijo que de la Familia Luna y ¿es casada? Sí, con el señor Espejo.  Entonces usted se llama Clara Luna de Espejo.  Así es.  Y ¿no le parece curioso?  Claro, por supuesto.  Demasiado curioso.  Usted, definitivamente, es una Luna clara como luna llena que suele mirarse en el espejo del Orinoco.  Pero, por favor, no vaya a pasarle como a Narciso que se enamoró de su propia imagen reflejada en una fuente.
         La curiosidad me pica tanto que tuve que sentirme muy a gusto con las Guías Telefónicas que me facilitaron al encontrar y bucear perlas doradas como éstas para verificar que como aquél existen muchos otros casos:  Pilar de Mármol Duro, Fruto Verde del Campo, Cándido Palomo de Nido, Isabel Segunda Reina, Segundo Cabo de Aragón, Perfecto Ladrón de Iglesias, Milagros Pinto de Santos, Canuto Redondo de Huesos, Sandalia de Fraile, Justo Calzado de Tacón, Josefa Parada de Cabeza, Tomé Jerez Aguado, Prudencia Sopena de Cárcel y Dolores Fuertes de Barriga.
         Y así como existen nombres tan bien asociados a frases sustantivas, a la postre, gratos o ingratos, conocemos de apodos  más simpáticos todavía  que anotamos en nuestra reciente visita a Margarita y la Isla de Coche.
         En la isla de San Pedro de Coche cada habitante tiene su apodo.  Es raro quien no lo tenga.  A los cochenses les resulta más familiar y cómodo identificar a sus semejantes con un nombre distinto al pronunciado por el sacerdote a la hora del bautizo.  El candidato, sea del propio lugar o forastero, es observado detenidamente por el vulgo y de acuerdo a su propio nombre, origen, procedencia, oficio o defecto se procede a endilgarle el mote que lo marca para toda la vida.  Sin duda una costumbre pintoresca de la sociología de esta islita que aún ignora a ciencia cierta por que la llaman “Coche”.
         De acuerdo al nombre puede apodarse  “Beca” si se llama Isabel, “Juana Maquera” si viene del Maco, “La Juañanga” si es desgalichada por defecto y “Funeraria” si su oficio es el de vender urnas como el caso de un tal “Chucho Funeraria”.  Aquí el sobrenombre tiene cognomento pues son varias las personas que llevan el nombre de “Jesús”  aceptado como “Chucho” por lo que se reforzó la alteración vocálica de su nombre con la denominación de su oficio a fin de que no se confundiese, por ejemplo, con “Chucho Liboria” (Jesús, el hijo de Eliboria Velásquez), o con “Chucho Cazón, el hijo de “Felipe Cazón” que recibía tal cognomento porque solo pescaba este tipo de selacio voraz que en Venezuela le hace competencia al bacalao que importamos de Terranova y así como “Chucho Funeraria”  y otros hubo en Coche un Alcalde llamado, Evencio Blanco, a quien muy pocos querían identificar sino con el nombre de “Troya” porque cuando él visitó la isla por primera vez fue para introducir esta marca de un producto alimenticio.
         Ciudad Bolívar como cualquier otro pueblo oriental no escapa de este fenómeno social de los apodos o sobrenombres.  En el pasado era popular el apodo de Pata d` Palo, Doble Feo (Héctor Roldán), Cachimbo (Ramón Guillén), Tarzán Peludo (José Pacífico), Mojón de Tigre (Sebastián Torres)  Wito (Tomás Antonio Guerrero) La Bejuca (Mercedes Somoza), Cinco pa´las seis (Nelson Miranda),  Pela cambur (José Cecilio Betancourt) Casita (Antonio López Escalona), Buche Pato (Arturo Francis), Brinquito (Eduardo Santana) Curro Puya (Rafael Durán Rondón)"El Zorro" (Ramón Aray, "El Negro Mauri" (Diógenes Troncone)  Capitán Campari  (Amllcar Fajardo). 


jueves, 22 de septiembre de 2016

Por la señal de la Cruz


No necesariamente uno tenía que persignarse cuando entraba al Instituto de Artes Visuales Armando Reverón de la calle Igualdad de Ciudad Bolívar, de todas maneras, cuando el visitante penetraba su interior y comenzaba a percibir los signos y mensajes de sus muros, le provocaba santiguarse porque el ambiente era el de iglesia improvisada en una casa antigua de piedra y barro.
         No es que el ambiente fuese constantemente así, sino que intencionalmente había sido dispuesto de esa manera porque se trataba de un homenaje a quien había sido distinguido con el segundo premio “Francisco de Lerma y Villegas”, en el Primer Salón de Arte Religioso, Museo Sacro de Caracas.  Me refiero a Jesús Alexis Bello, a quien conocimos inicialmente como profesor de biología de la UDO y de un tiempo para acá, como pintor y fundador de ese instituto que funcionaba en un inmueble del centro histórico cedido en calidad de comodato y sostenido por la propia comunidad de artistas profesionales y noveles de la escuela.
         La obra premiada  no estaba en la exposición homenaje, lamentablemente, sólo fue posible apreciarla en la portada del catálogo.  Se trataba de una propuesta pictórico – escultórica, identificada “La puerta del redil” y descrita en la nota de presentación como creación de contenido y raíces arcaico – simbólicas, con portal en forma de T o Cruz de San Antonio, que engloba el sentido del tiempo y de Cristo, dejando la lectura de las partes o de su totalidad a la libertad interpretativa.
         Como parte de la exposición - homenaje, fue inaugurada la Sala de Arte “José Martínez Barrios”, pero no había una sola obra de Martínez, en cambio la sala estaba colmada de recreaciones siderales, motivos místicos, hojas secas esparcidas en un rectángulo y los velones que nunca pudieron despejar la eterna penumbra que cobijó la existencia del artista entonces recientemente desaparecido.
          Jesús Alexis Bello, un romántico de las artes visuales, lanzó por la borda sus años de estudios en el Pedagógico y de experiencia en las aulas de a UDO para ingresar en el Instituto de Arte Federico Brandt de Caracas, donde gastó sus economías para satisfacer una sed casi insaciable de conocimientos en todo cuanto tiene que ver con las artes visuales.
         Pero su estilo estaba desde mucho antes y en cierto modo marcado por un estilo, tal vez kandiskiano, vinculado al comienzo con el lirismo musical de su tía Amalita Bello y los ritos que su bisabuelo el alarife Antonio Valera Villalobos practicaba con cirios y candelabros en los altares de la francmasonería.
         Por allí nos imaginamos que andaba o anda el arte de Jesús Alexis si queremos ver por el cerrojo de la caverna del inconsciente donde suelen ocultarse las impresiones de la edad  kindergarteana que tarde o temprano y de alguna manera salen a flote.  El las ha sublimado en un arte sagrado muy expresionista y los resultados están a la vista, ya con varios premios en distintas colectivas y una buena señal que se puede escribir con la T de San Antonio.

         En la fotografía ilustrativa vemos a Jesús Alexis en un performance ritual muy en sintonía con el ambiente que esa noche experimentamos en la antigua calle La Paciencia que en tiempos de la Colonia así se llamaba la actual Calle Igualdad, aunque usted no lo crea. Los parroquianos lo quisieron de esa manera invocando a Job porque hubo que tener mucha paciencia para verla concluida.  Una vez concluida le cambiaron el nombre por el de Calle Fajardo, prócer de la independencia, fallecido de fiebre amarilla en Angostura en 1819.  Finalmente los corsos influenciaron al Gobierno para que la bautizaran con una de las tres palabras (Igualdad, Fraternidad y Libertad) del lema de la Revolución Francesa que por nada sacrificó a sus hijos no en la Cruz sino en la Guillotina.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Aquel tiempo de la Rokola

Ramón Córdova Ascanio, en su antigua Galería Bicentenaria, y so pretexto de una vaca muerta para los artistas del boulevard, realizó una tertulia sobre la Rockola, ese artefacto que ya pertenece al siglo pasado y que, por supuesto, resulta anticuado en comparación con los aparatos de la moderna cibernética.
         Ese artefacto parecido a un robot, pero que no es más que el bendito fonógrafo de Edison llevado a una dimensión descomunal para hacerlo automáticamente operable, de largo tablero numerando los discos de moda, como fueron los de Julio Jaramillo, Leo Marín, Lucho Gatica, Toña la Negra, Pedro Vargas y hasta del mismísimo Luis Sarmiento, nacido y crecido en estos patios del merey y la coroba y quien tuvo el privilegio de bautizar su primer disco, un 45, en el Trocadero de Edelmiro Lizardi, donde parecía imperecedero el sonido de la rockola.
         Allí en ese Trocadero  que antes estuvo por las inmediaciones de la Bomba Taguapire y que después se reubicó por cuestión de moralidad pública en los alrededores de La Campiña, zona rural donde Alberto Minet fomentó una granja que terminó bajo las aguas desbordadas del río San Rafael, tan tímido en tiempo de sequía como revoltoso  durante la estación de lluvia.
         Bueno, decía, que en ese Trocadero del que se saben y cuentan infinitas historias como la del pintor José Martínez Barrios que tomaba champaña en la zapatilla azul de una Cándida Erendira.  En ese Trocadero había una rockola con las más variadas canciones de amor y despecho que tragaba más monedas que una moderna máquina de juego.  Al fin, la rockola también es como una máquina lúdica donde bajo la compulsión etílica y  a la luz de una letra o melodía se pone a prueba como en un juego, la sensibilidad para vencer o terminar en el foso de un amor incomprendido.
         Edelmiro administraba y soñaba con la rockola porque también en medio de aquel lupanar él era una abeja con su corazón herido y un buen día, desengañado,  cerró el Trocadero y se metió  a rockolero.  Se fue a comerciar con las rockolas.  Las hacía reparar con el técnico James Hernández, luego las alquilaba, vendía, y hasta suscribió un contrato de distribución con la Wurlitzer a pesar de Pedro Montes que también era del ramo y tenía su establecimiento frente al Café España.  El comercio de las rockolas era bueno y los aparatos sonaban no sólo  en El Vesubio, el Tibiritabara,  la Estrella Roja, el Caballo Negro, La Cibele,  Le Tucan, La Glaciere, la Luzetti y el Club Buena Vista La piscina, sino en un bar tan marginal como el Boby Capó del Barrio Negro Primero, donde los despechados solían llorar los desaires intempestivos de sus amadas, escuchando la voz de Lope Balaguer cantando que falta tu me haces, que falta tan inmensa, o aquella que dice yo quiero que tu vuelvas no pongo condición o el amor es uno, uno y nada más, lo demás humo, humo que se va.
         El periodista Enrique Aristeguieta prefería una rockola del barrio Las Moreas que no aceptaba sino monedas de plata, claro, él no las tenía pero sí la señora dueña del negocio que las  facilitaba con ese propósito a cambio de esas otras que ruedaban por allí muy devaluadas.  Allí quise una vez llevar a Eliécer Calzadilla, amante de las rockolas además de excelente conversador, pero no pasamos del Tropical Room del barrio La Sabanita hasta que llegó la Guardia Nacional y bajó toda la botillería porque, cosa rara en un lugar tan grato, carecía de licencia. 
         Lo cierto es que Ramón Córdova, quien más de una vez mató su despecho por Granada  al pie de una rockola, frecuentemente en la del Yorako de Cardozo Nilo y Carlito Arteaga, quiso antes de mudarse para la calle La Pica homenajear a la Rokola, para lo cual pidió prestada una de los años 50 al profesor de Juan Camacho. Así muchos circunstantes pudieron enternecerse  con  “Yo se que es en vano, querer en la vida, amor es mentira, traición es dolor, por eso yo digo, con honda amargura, más nunca en la vida, yo vuelvo a querer”.




domingo, 18 de septiembre de 2016

Los originales del Mensaje

Resultado de imagen para Imagen de Pedro Grases
El  historiador  Pedro  Grases (en la foto)  hizo  posible  que  el  Señor  Philip  J.  Hamilton    Grierson,  tataranieto  en  cuarta  generación  del  coronel  James  Hamilton,  donara  a  Venezuela  el  manuscrito  original  del  Discurso  de  Angostura,  pronunciado  por  Simón  Bolívar,  el  15  de  febrero  de  1819   ante  el  Congreso  de  la  República   reunido  en  la  capital  orínoquense.
         Los  descendientes  del  coronel  que  tan  decididamente  cooperó  en  la  lucha  por  nuestra  independencia,  hicieron  posible  el  largo  viaje  de  Londres  hasta  Ciudad  Bolívar  y  aquí,  en  la  antigua  Casa  San  Isidro,  en  ceremonia  muy  especial,  los  recibió  el  presidente  Carlos  Andrés  Pérez .  La  joya  histórica  fue  obsequiada  el  12  de  diciembre  de  1975  y  los  guayaneses  rebosaron  de  contento  y  agradecimiento  porque  la  augusta  Casa  del  Congreso  de   Angostura  que  había  sido  restaurada  bajo  el  mandato  del  gobernador  Domingo  Álvarez  Rodríguez,  tendría  su  complemento  más  apreciado  y  podría  exhibirlo  en  un  cofre-fuerte  tal  como  el  Acta  de  la  Independencia  en  el  Salón  Elíptico  del  Capitolio.
         Pero  no  ocurrió  así.  El  mandatario  nacional  desconfió  del  sistema  de  seguridad  local  y  dijo  mejor  estaría  bajo  su  custodia  ese  manuscrito, que  según  nos  informó  en  cierta  ocasión  el  escritor  Manuel  Alfredo  Rodríguez,  el  Presidente  mostraba  con  orgullo  a  todo  personaje  importante  que  recibía  en  Miraflores.
         Cuando  se  preparaban  los  actos  del  bicentenario  del  natalicio  del  Padre  de  la  Patria,  se  planteó  a  la  Junta  organizadora  la  posibilidad  de  gestionar,  como  en  efecto   se  hizo,  la  creación  de  una  unidad  de  la  Guardia  del  Libertador  en  la  Casa  del  Congreso  de  Angostura,  no  sólo  pensando  en  la  prestancia  y  suntuosidad  de  las  efemérides,  sino  en  el  posible  retorno  del  preciado  documento  a  la  ciudad  orinoquense,  pues  demás  está  decir  que  ningún  lugar  es  tan  natural  y  apropiado  para  su  permanencia  y  exhibición  que  la  histórica  casa  donde  fue  prohijado.
         La  ocasión  del  aniversario de la presentación del Mensaje al Congreso Constituyente de Angostura por el Libertad bien, siempre es propicia para renovar  por  parte  de  las  autoridades  o  líderes  de  la  ciudad,  una  reiterada  gestión  en  tal  sentido  para  ver  si  de  una  vez  nos  libramos  del  mote  de  indiferentes  que  suelen  endilgarse  a  los   citadinos  ante  la  desaparición  de  sus  reliquias.  Porque  de  verdad  que  hemos  perdido  unas  cuantas porque cada gobernante o funcionario del poder central o militar se siente con derecho a llevarse una para su casa o su pueblo natal.
         Así se llevaron el fusil de la Batalla Vargas donado a Ciudad Bolívar   en julio de 1972 para ser exhibida en la Casa de San Isidro, por el Cónsul colombiano Omar Nieto Camargo.  Fue fabricado en Francia en 1812  y utilizado por Bolívar en esa batalla.
         Se llevaron para la Iglesia Sana Ana del Táchira las antiguas Arañas de cristal de la Catedral,  se llevaron para la Base de Palo Negro la estatua de Miranda, se llevaron para Maracay los catalejos de Piar, se llevaron de la Biblioteca del estado busto de Gallegos, se llevaron del Instituto de Comercio el busto de Dalla Costa, se llevaron todas las piezas del Museo Talavera, se llevaron de la Cárcel Vieja el Museo Etnográfico y el Territorio Flotante, se llevaron para los Estados Unidos los fósiles del Gliptodonte hallado en los barrancos mineros del Guaniamo, se llevaron de la Casa del Correo del Orinoco pinturas de artistas del Círculo de Bellas Artes de Caracas de hace cien años y cerámicas precolombinas. 

Pedro Grases, a quien los bolivarenses deben los originales del Mensaje al Congreso de Angostura nació en España en 1909 y murió en Caracas 2004: Humanista, intelectual, investigador cuya labor en pro de la educación secundaria y universitaria ha sido ampliamente reconocida en Venezuela y el exterior.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Periodista Pedro Manuel Vásquez


Ningún periodista fue tan maltratado y torturado durante la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez que el margariteño Pedro Manuel Vásquez (extremo izquierdo de la foto y al extremo derecho Eleazar Díaz Rangel).  Perseguido, preso, torturado, sometido a trabajos forzados en el campo de concentración de Guasina y Sacupana y finalmente hasta lograr la libertad sometido en la Cárcel de Vista Hermosa de Ciudad Bolívar.  Este establecimiento penal que se pretendía convertir en modelo para todas las cárceles nuevas que se construyeran en el país, fue infortunadamente iniciada con más de 200 presos políticos que como en la antigua Siberia comunista, pagaban el delito de aspirar vivir bajo un sistema de gobierno democrático, descontaminado de todo autoritarismo.
         En el libro del periodista y profesor de literatura José Vicente Abreu “Se llamaba SN” el periodista Pedro Manuel Vásquez aparece con el nombre de batalla clandestina “Manuel Salazar” y su madre Micaela, fue la única de todas las madres que pudo llegar e instalarse en la isla Sacupana del Orinoco para velar día y noche por el destino ingrato y dramático de su hijo.
         Abreu dice en su libro: “Micaela Vásquez nació en San Juan del Estado Nueva Esparta, el 5 de julio de 1900.  Valiente mujer venezolana, madre del secuestrado político Pedro Manuel Vásquez, se lanzó a recorrer el Delta del Orinoco hasta dar con Guasina tras los pasos de su hijo.  Se refugió en Sacupana y permaneció al lado de los presos hasta el cierre del campo de concentración.  Allí se convirtió en el centro de enlace entre los presos y la calle.  Todos veían en ella la imagen de la propia madre”.
         Pedro Manuel Vásquez fue atrapado por la Seguridad Nacional luego de participar en la fracasada huelga petrolera del cincuenta en Maracaibo.  La persecución fue despiadada. Lo torturaron y fracturaron un brazo. Estuvo seis meses presos en Maracaibo.  La mujer lo abandonó yéndose para El Tigre con sus dos hijos. Lo trasladan a Caracas después, salen en libertad.  Se va a El Tigre en busca de sus hijos.  En El Tigre lo detienen y secuestran.  Al cabo de un mes le dan la libertad y regresa a Caracas.  Se incorpora al movimiento clandestino contra el régimen y lo apresan enconchado en el taller de un Zapatero de Catia.
         Internado en la Cárcel de Pro-patria es candidato seguro como otros tantos, 136 en total, para completar el tercer lote de presos políticos, en su mayoría adecos y comunistas, que debe embarcar en el puerto de La Guaira con destino al infierno selvático de  Guasina.  Aquí a esta isla en la desembocadura del Orinoco llegan los presos políticos del régimen,  hacinados a bordo del vapor “Guayana”.  Entre monte, culebra y mosquitos puyones, los presos son sometidos a trabajo forzado bajo la vigilancia permanente y severa de peinillas y ametralladoras de miembros de la Guardia Nacional y la Seguridad Nacional.
         Las inundaciones de agosto del 52 obliga al Gobierno reubicar a  los presos en el Caserío de Sacupana y desde ella a raíz de las elecciones de noviembre y la presión constante de la comisión de Derechos de la Organización de Estado Americano son trasladados a la Cárcel Modelo de Vista Hermosa, donde sólo salen en libertad los que firman cauciones que los inhabilita políticamente.  Dos días después de la Revolución cívico-militar del 23 de Enero del 58 salen en libertad los últimos presos, entre ellos, Pedro Manuel Vásquez, quien llegará a ser miembro de la Directiva Nacionales la Asociación Venezolana de Periodistas que entonces presidía Eleazar Díaz Rangel y luchador incansable por la Colegiación.
         Como tal concurrió en la VI Convención Nacional de Periodistas celebrada en Ciudad Bolívar en julio de 1968, sesquicentenario del Correo del Orinoco, que me tocó presidir por voluntad de 251 delegados. 
.


                  

jueves, 15 de septiembre de 2016

La Miss Bolívar del 45


María de Jesús Silva Inserri, poeta y escritora venezolana nacida en Upata, fue la Miss Bolívar 1945, pero no pudo concurrir al Miss Venezuela.  Quien si pudo y con mucha fortuna fue su hermana Sofía en 1952 dándole orgullo a su tierra al erigirse en la primera guyanesa que ascendía al trono de la mujer más bella de Venezuela.

         A María de Jesús la conocimos en una de sus visitas a Ciudad Bolívar, donde estudió y fue secretaria de la Alcaldía como entonces se llamaba la Prefectura.  Desde allí realizó una campaña notablemente efectiva a favor de la creación oficial del Cuerpo de Bomberos.
          Cuando la conocimos, llevaba setenta y tantos años a cuesta, pero sin perder la elegancia y el glamour que le valió en su juventud ser candidata por Bolívar a Miss Venezuela cuando, por supuesto,  no era Osmel Sousa el que elegía a través de un jurado, sino el pueblo con votos que costaban medio real.  El concurso se suspendió por el golpe cívico-miliar  del 18 de octubre del 45 que derrocó al Presidente Isaías Medina Angarita.
         María de Jesús vino como todos los años a reencontrarse con el Río Padre y a saludar como se estila cuando florece un año, a familiares y amistades.  La escritora alojada en la casa de Ligia Trota aprovecho la ocasión para participar en una tertulia sobre su obra  (Versos al viento, Narciso  y otros relatos,  Poemas, Homenaje y 350 Reflexiones) un miércoles a las siete de la noche en la Casa de la Poesía.
         El sábado, con vianda de morocoto salpreso, charlamos con la escritora,  quien formaba parte del Consejo de Redacción de la Revista de la Fundación Editorial Chacao, y nos enteramos de muchas cosas buenas, malas y curiosas como la visita en 1931 de Rómulo Gallegos a Ciudad Bolívar e interior de Guayana tratando de familiarizarse con el ambiente de su novela Canaima.  En esa ocasión, el ganadero Rafael Lezama, le obsequió un baile en su honor en Tumeremo, donde el novelista disfrutó bailando fox trot con María Isabel Inserri y otras muchachas de provinciana belleza.
         En los años cincuenta, ya haciendo vida en Caracas, María de Jesús le tocó bailar paso doble en dos ocasiones con el General Marcos Pérez Jiménez y confiesa que al dictador las manos le temblaban.  Pérez Jiménez después, impresionado por la belleza de la muchacha, le mandó a ofrecer de todo para que fuese su novia.  El mensajero personal del Gordito de Michelena era El Platinado y la joven toda ofendida lo mandó a resguardarse en las faldas de su progenitora.  La represalia vino en seguida, a su hermana Elvira la metieron presa y a su padre que había sido Juez le quietaron la pensión.  María de Jesús tuvo que irse para Nueva York.
         El fox trot era el baile de moda de los bolivarenses por los años treinta a pesar de que este baile binario anglosajón que significa paso de zorro, comenzó a popularizarse en 1913.  El charlestón, baile americano,  es posterior, se puso de moda en 1926 y reapareció en los años setenta.
         Vale  decir  que a finales de los años 40, cuando era la Secretaria del Alcalde de Heres, Francisco Quintero Dugarte,  realizó una campaña ardorosa a favor de la la creación del Cuerpo de Bomberos de Ciudad Bolívar y una colecta pública de 8 mil dólares hizo posible la adquisición del carro bomba traído de Estados Unidos. Fundó posteriormente el Consulado de Venezuela en México y allá contrajo matrimonio con Carlos Alberto Feeldach Alarcón, profesor de idiomas de la Universidad Autónoma de ese país.
A raíz de su visita a Ciudad Bolívar, María de Jesús Silva Inserri inició con el columnista una buena amistad y nunca ha dejado de llamar por teléfono para enviarme libros, entre ellos, “Historias del 28” de Manuel Acosta Silva y “Descripción Geográfica de la Guayana”, escrito por el ingeniero de la Marina S. Bellín con prólogo de Caupolican Ovalles.



martes, 13 de septiembre de 2016

Alejandro Vargas y el Maremare


“El Maremare es nuestro”, solía decir y cantar el extinto bardo citadino Alejandro Vargas, pero también esta danza indígena que con ciertas variaciones ha pasado a ser parte del folclore general venezolano, lo reclaman con partida de originalidad Cumaná, Anzoátegui y Monagas. 
En el Diccionario Folklórico Ilustrado del amigo Juan José Ramírez, el Maremare es definirlo como “baile típico de raigambre nacional” sitúa su origen “entre los indígenas de Anzoátegui y Monagas”.
         Según Alejandro Vargas, Maremare fue un cacique de Panapana, ranchería indígena situada a una hora de Ciudad Bolívar en la costa del Orinoco.  Su esposa se llamaba Mariquita y para proyectarla en el tiempo y la memoria con este nombre fue bautizado su salto de agua del río San Rafael a donde hasta mediados del siglo veinte iba a recrearse los habitantes de la ciudad.
         El fundo que comprendía la cascada pertenecía al hacendado Pinelli,  a tres cuarto de hora a caballo y hora y media a pie de la ciudad y allí pasaron varios días haciendo estudios sobre la flora los exploradores del Orinoco Jean Chaffajon y Augusto Marisot (1886-1887).
Mariquita al parecer era la esposa legítima del cacique Maremare, pero su gran compañera lo fue siempre la India Rosa, quien vivía en Cachipo, ubicado en la boca de un cañón del cerro Palmarito. Esta compañera de Maremare era una indígena  iluminada que se ocupaba de curar a las tribus del lugar.
         La India Rosa tenía su altar en un cerro de Cachipo llamado Guaimire.  La historia que nos solía contar Alejandro Vargas se remonta más allá de la guerra de la Independencia. Según él, del otro lado del Orinoco, pasada Isla grande, existe el pueblo de Panapana, fundado por Maremare, donde murió él y su esposa Mariquita, como también Juana Casto Tempo, Victoria Tabore, el indio Abeduco, el indio Morichal y otros indígenas que seguían y obedecían al cacique. 
         Cuando una vez le preguntamos al negro Alejandro Vargas ¿cómo era eso si tenemos entendido que Panapana queda en Anzoátegui? Alegaba que las tribus del Orinoco siempre han estado ligadas a  Guayana y que por lo tanto el canto nos pertenece, pues de todos modos esa parte formaba la antigua Nueva Andalucía (Cumaná) y después la provincia  de Guayana.
Lo cierto es que el baile y canto del Maremare difícilmente faltaba en los Carnavales, pues cuando no lo presentaba Alejandro Vargas, lo montaba por las calles de la ciudad Juan Parra, quien con motivo del bicentenario de Ciudad Bolívar lo llevó a Caracas, San Félix y Upata, por iniciativa de la maestra Diomedes Túnez, que al igual que los profesores Luis Figueroa y Ramón Silva han estado familiarizados con los valores artísticos tradicionales de la región. 
         Vale decir que los cumaneses también alegan que el Maremare les pertenece y ponen como testimonio esta estrofa del canto tradicional: Maremare se murió /en el camino de Angostura/ yo no lo vi morir/ pero si vi su sepultura / Maremare se murió/ camino de Cumaná / Yo no lo vi morir, pero vi la zamurá”.
          Como vemos, también en el verso palpita el nombre de Angostura.  La explicación entonces estaría en que todo el oriente y sur conformaban una unidad geopolítica, tanto así que durante la colonia la Nueva Andalucía  llegó a extenderse hasta Guayana y el Departamento Orinoco posteriormente en tiempos de la República llegó abarcar a Guayana, Anzoátegui, Apure y Barinas.  De suerte que este baile del Maremare pertenece al acervo cultural de todo el Oriente y sur así como las comparsas del Valentón y la Garza Paleta en Ciudad Bolívar y del Carite de Rafael González en la Isla de San Pedro de Coche,  en Margarita.