martes, 6 de diciembre de 2016

Las bullas diamantíferas

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La bulla de las guacamayas quedó desplazada en la selva guayanesa por los mineros cuya algarada de febril pedrería disparaba hacia  las copas espantando la placentera sonoridad de los pájaros azules y  rojos.
Otra bulla quedó bullendo en la selva maltratada por la ambición dorada.  Donde había bulla había minero, donde había minero había diamante y más bulla había a medida que ésta iba como río crecido arrasando todo cuanto surgía a su paso, desde un bejuco hasta un árbol gigante y así la bulla se iba extendiendo por la selva emulando horriblemente el crocitar de las aves y el bufidos de animales.
Eran hombre rudos, muy rudos y tantos como mujeres, muchos hombres y mujeres  con la piel  solana, que iban encandilados, encorvados bajo el peso del guayare, atropellando la oscura humedad de la jungla, con los ojos ansiosos por una sed que parecía no apagarse nunca.  Iban a lo que después se hizo bomba, bulla, bullicio, algarabía interminable que nadie sabía donde comenzaba y dónde terminaba. Sólo se sabía que lo que a su paso por aquel lugar y por aquel otro y más allá del río y la quebrada, era bosque, maraña o selva intrincada, pasaba a ser tierra arrasada, acribillada y deshecha, fuerza muscular hundida como barrena en la entraña del aluvión y la greda buscando alrededor de las cribas yuxtapuestas la diminuta y centellante luz de una kimberlita apagada por los siglos.
Ya a esta altura, nadie habla de bullas ni de bombas.  Estas quedaron apagadas en la memoria de los años sesenta y setenta cuando el libre aprovechamiento usando sólo palín y suruca, quedó desplazado por las grandes concesiones.  Ahora la bulla tiene otra tonalidad, más desgarradora, por supuesto, la de la máquina industrial, gracias a los decretos y resoluciones ministeriales que reservan para el Estado la exploración y explotación en el territorio nacional, del diamante, entre otros minerales,
Cualquiera diría que ahora las minas de oro y diamante se estabilizaron.  Que llegaron a donde tenían que llegar y que las bullas y las consabidas bombas son manifestaciones tumultuarias de otros tiempos, pero, al fin y al cabo, muy domésticas, cotidianas y hasta divertidas, sobre todo aquellos nombres tan pintorescos como El Resbalón del Diablo,  Los Pelos del Caracol, Los Colmillos de la Cuaima,  Los bigotes del Gobernador.

Más divertido todavía eran los mensajes que trasmitían a través de la radio:  “Corina Santaliz participa a Saturnino Morillo, en la Cuaima,  que se acuerde que tiene nueve hijos y uno que vine son diez.. y que ellos lo quieren vivo no muerto”.  “Desde los colmillos de la Cuaima, Margarita le participa a Francisco Javier, que llegó bien con los triponcitos que no se olvide que son sus hijos y le mande plata pronto.  Cuídate mucho del Tatúo que después viene la gozadera”.  “Desde Río Claro, Zoraida Misael, le participa a Cachapo, que quién le dijo que sin real se viajaba, que ella no tiene perro sino un hijo” “Desde el Candado, Gregorio Lara le participa a Almosena Rodríguez, en Cabruta, que pronto le giro para que se mude.  A mi suegra que se aliste porque vamos a tomar muchas frías y sancocho de coporo”.  “Desde el Candado, a Luisa Ñeque le urge saber si es cierto que su cuñado Pelo de Cochina lo malogró un barranco.  Al amigo Gato Galia y Alí que me esperen pronto y alisten la tripa cañera”  “Vicente Soto le agradece a Jesús Solano no deje venir a Blasito porque ya ha comenzado la recluta”.  “Desde Paúl, José Pomonti, participa a sus familiares que la mina está madura.  A mi tío que si va a venir que se bañe primero.  Pero eso sí con cariaquito morado a ver si se le quita la pava de la temporada pasada. Saludos”. 

domingo, 4 de diciembre de 2016

Judas Amarillo de color azul


En abril de 1868, Domingo de Resurrección, los bolivarenses de la capital estuvieron al borde de una guerra civil doméstica, provocada por un Judas de la Sociedad Liberal, agrupación política cuya divisa era el color amarillo.
         El Judas lo confeccionaron de manera tal que ridiculizara a la tendencia política  del llamado partido revolucionario de los azules que nacionalmente lideraba el General  José Tadeo Monagas y, localmente, Agustín Contasti, quien tenía como trinchera de combate la columna periodística “Guayana Impasible”.
         Juan Bautista Dalla Costa Soublette, era el Presidente del Estado Soberano de Guayana y, atendiendo a los azules en aras de la tranquilidad pública, solicitó a la Sociedad Liberal desistiera de su empeño en quemar un Judas que agraviaba a sus adversarios puesto que portaba una bandera azul y la leyenda “Guayana Impasible”.
         El Judas con sarcástico letrero y divisa azul parecía mirar impertérrito los barcos surtos y anclados en el puerto.  Colgado desde su sitio estratégico de la calle Orinoco, sólo se aguardaba la hora del Ángelus para abrir el testamento y prenderle fuego a la pirotecnia que lo sumiría, suerte de simbólica inquisición, en la hoguera de su propio formato.
         El Sol aún no terminaba de ocultarse para darle pábulo a la fiesta y el Orinoco parecía un esqueleto de piedra y arena bajo la vecindad del invierno.  Ambiente final de Semana Santa: los judas colgando a la espera del fuego y la inquietud pueblerina asomándose por calles, ventanales, celosías y azoteas.
         La Sociedad Liberal se negó rotundamente a bajar a Judas de su pedestal patibulario y Dalla Costa, indignado,  exclamó pues “Este Judas no se quemará”, reacción en la que se apoyaron los azules para desmontar la caricaturesca figura y lanzarla al Orinoco.  Más vale que no!  Se prendió Ilion y aqueos y troyanos desenfundaron sus armas y la residencia de Dalla Costa tuvo que ser protegida espontáneamente por 400 hombres armados, pues hubo el temor de un golpe de estado toda vez que el líder de la Sociedad Liberal era el General Simón Briceño, Comandante de Armas de la Provincia de Guayana.
         La rápida intervención conciliadora del Obispo de la Diócesis de Guayana, Monseñor José Manuel Arroyo y Niño y otros notables como José Alcalá y José Tomás Machado, impidieron que la situación se complicara en un incontrolable enfrentamiento de armas.
         Mas, esta paz no durará mucho, pues en la provincia solía reflejarse la lucha por el Poder central y ese mismo año de 1868, cuando José Tadeo Monagas llegó al Poder, puso en duda la neutralidad del gobierno de Angostura y mandó a tomar la plaza a sangre y fuego provocando la caída  de Juan Bautista Dalla Costa Soublette, quien permaneció en el extranjero por varios años.
         Cuando Guzmán Blanco llegó al Poder tras la Revolución de Abril, lo designó Ministro Plenipotenciario de Venezuela en los Estados Unidos de Norteamérica.  Cumplida su misión, retornó al suelo natal y se apartó de todo suceso político.  Se le ofrecieron varios cargos, incluso el de la candidatura presidencial, y prefirió en absoluto la vida privada, una vida digna de su avanzada edad.  Murió el 10 de febrero de 1894, a la edad de 71 años.

         Favorecido por la riqueza y habiendo ejercido los cargos políticos más prominentes, murió no obstante en la más noble y decorosa pobreza.  “Conservador en principios, sus prácticas administrativas, sin embargo, estuvieron siempre marcadas con el sello del liberalismo puro y si como mandatario cometió errores, esos errores fueron hijos de aquellas situaciones de fuego que, casi deshecha tempestad, inmensa, fulminaba rayos en todo el ámbito del país; pero, ¿quién que haya gobernado a los hombres no los ha cometido? Se preguntó el día de su muerte el escritor Carlos Machado.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Bolívar entre las balas y el vals

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Como cualquier ser humano común y corriente, pero con espíritu jovial, a Bolívar le gustaba el baile aunque con el tiempo, a medida que iba saliendo de la guerra, pero agravándose los problemas políticos y de salud, esa afición fue decayendo.
         Su baile preferido era el valse y danzaba horas seguidas cuando encontraba buena pareja.  Llegó a decir Bolívar a su edecán Perú de Lacroix que el baile lo inspiraba, y excitaba su imaginación de manera tal que muchas veces, estando en campaña, alternaba el baile con la tarea de escribir y despachar órdenes cuando por la noche había fiesta en alguna ciudad, pueblo o villa del lugar donde acampaba su ejército.
         “Hay hombres – decía – que necesitan estar solos y bien retirados de todo ruido para poder pensar y meditar; yo en cambio, reflexiono y medito en medio de la sociedad, de los placeres, del ruido y de las balas”.
         Y así como le aficionaba el baile, también le gustaba el vino y elogiaba sus virtudes.  “Es una de las producciones de la naturaleza más útiles para el hombre; tomado con moderación fortifica el estómago y todo el organismo.  Es un néctar sabroso y su más preciosa virtud es la de alegrar al hombre, aliviar sus pesares y aumentar su valor.”
         Anecdóticamente comentó en cierta ocasión cómo una simple botella de Vino Madera le hizo cambiar de decisión y ganar una batalla que parecía imposible.
El vino madera es un vino generoso originario de la isla portuguesa del mismo nombre. Tiene un rico bouquet, sabor muy agradable y un bello color ámbar oscuro. Modernamente se bebe como aperitivo o vino de postre, pero en tiempos de la colonia era por lo leído un licor muy buscado y era el que sin duda prefería el Libertador.  Uno de los tantos legionarios ingleses llegado a la Angostura del Orinoco dice en sus memorias hablando de la ciudad lo siguiente:   “Bordeando la calle mayor había algunas casas de piedra, unas tiendas y una taberna con billar y mesas de juego, donde la cerveza oscura tenía fama de excelente, pero donde el melindroso Hisppiley encontró el Vino Madera.  En el extremo oeste de la ciudad estaban las casas de los pobres (Perro Seco), hechas casi todas de bahareque”.

         Empero si bien el vino agradaba al Libertador, trataba de evitarlo debido a que lo excitaba en extremo.  Exaltaba de tal forma su temperamento que lo hacía según el caso escenificar comportamientos fuera de todo orden y protocolo como el que tuvo al final de un banquete ofrecido en Angostura a Juan Bautista Irving, comisionado especial del Gobierno de los Estados Unidos.  En sus Leyendas Históricas, Arístides Rojas cuenta que Bolívar, al llegar el momento de los postres, se subió a la mesa y pisando de un extremo a otro cuanta losa y cristalería había en ella, prorrumpió enardecido al calor de la conversación:  “Así, así  iré yo del Atlántico al Pacífico y desde Panamá a Cabo de Hornos, hasta acabar con el último español.”  Esto, al parecer, se hizo una constante pues en el Alto Perú en 1924 – escribe el general Francisco Burdett O’Conor-, Bolívar dio un banquete a los jefes oficiales con ocasión de la reunión de las unidades del Ejército Libertador y al contestar un brindis suyo, exclamó alzando la copa “Este es un brindis” Luego saltó sobre la mesa, vació la copa y la estrelló contra la pared de la sala.  En Arequipa en 1825 en un banquete que ofreció el general argentino Rudesido Alvarado, hizo algo parecido.  Las explosiones temperamentales casi desbordando las copas por lograr la libertad de América.  De todas maneras, Bolívar era indudablemente un genio y a decir de Séneca “no ha habido hombre genio extraordinario sin mezcla de locura” 

domingo, 27 de noviembre de 2016

Los elefantes blancos de Angostura


El Gobierno Regional, cuando hablo de Gobierno Regional puede ser el de ayer o el de hoy aunque los titulares sean diferentes, pero con la obligación moral y legal de continuar la obra comenzada por el otro aunque sea redimensionada o modificada.  Lo importante, en todo caso,  es que los dineros del pueblo o del Estado no se  malgasten, no se despilfarren, no caigan en saco roto, sino que sean administrados con severidad, esmerada pulcritud, sin derroche vanidoso y, en consecuencia, no se pierdan.
Pues bien, hago este prefacio para afirmar que el Gobierno Regional ha fracasado en su política de continuidad administrativa. Creemos que las obras comenzadas por el Estado en cualquier gobierno, así sean en proyectos, porque los proyectos cuestan, no deben desecharse de ninguna manera, deben ejecutarse porque sería fatal que quedasen como elefantes blancos, vale decir, obras en las que se invirtieron millones sin que lleguen a prestar ningún servicio o cuyo mantenimiento cuesta más que su utilidad.
La lista es larga.  Es larga la lista de proyectos de obras de utilidad social que nunca se ejecutaron, de obras  públicas quedadas inconclusas durante su ejecución o las que ejecutadas prestaron servicio por un tiempo y luego quedaron abandonadas  por el motivo que sea.
         Ha debido continuar y terminarse, por ejemplo, el Centro de las Artes cuyas columnas quedaron sembradas en los predios del Jardín Botánico desde el período gubernamental de Alberto Palazzi.  Ha debido continuar y terminarse, la sede de la Prefectura, cuyas bases espigadas quedaron abandonadas en la calle el Progreso desde la administración de Andrés Velásquez.  Ha debido continuar y terminarse el Teatro proyectado originalmente por el equipo multidisciplinario de la Oficina Técnica y no ser sustituido arbitrariamente por el proyecto faraónico del arquitecto Oscar Tenreiro, redimensionado después por su alto costo y por la forma como afecta la edificación del siglo  diecinueve del ingeniero e inventor Alberto Lutowski frente a la Plaza Miranda.  Ha debido continuar y terminarse la otra Sala de Teatro iniciada por el Gobierno de Jorge Carvajal sobre las viejas estructuras del Cine Río.  Ha debido mantenerse y prestar un servicio más activo al deporte el complejo deportivo de La Paragua construido por el Gobierno de Luis Herrera.  Han debido seguir adelante los trabajos iniciados por el gobernador Domingo Álvarez Rodríguez para convertir Los Farallones en Parque fáunico.  Han debido proseguir los trabajos de rescate de El Zanjón, como uno de los parques laberínticos y singulares de Ciudad Bolívar, iniciados por el Instituto de Cooperación Iberoamericana y que dicho sea de paso, dejó de inyectar dinero a muchos proyectos  por la forma como se ha querido seguir interviniendo e Casco Histórico con fines más crematísticos que culturales.  Han debido ejecutarse los proyectos restantes del conjunto elaborado en 1986 por la Oficina Técnica del Centro Histórico, entre ellos, la eliminación del llamado Boulevard Bolívar, estrambótico adefesio, para retornarlo a su estado primigenio de calle tradicional; el lineamiento de las edificaciones del Casco Histórico, el rescate de las galerías del Paseo Orinoco, la ejecución del plan de viviendas para reubicar a los habitantes de Mango Asao a objeto de que el Jardín Botánico pueda desarrollarse en su zona natural, la reubicación del Archivo Histórico de Guayana en su sede legítima la Casa Wantzelius, restaurada desde hace años para destinar el sótano de la Casa del Congreso de Angostura a fines más cónsonos con la realidad histórica del inmueble, la restauración de la Casa Agsto Méndez para una biblioteca de Autores Guayaneses, la restauración de la Casa Otero para una Escuela de Arte,  la terminación de la extensión de la Escuela de Música, proyecto de Fruto Vivas.

En fin, existen tantos gigantes proboscidios en la capital angostureña que terminará llamándose la  “Ciudad de los elefantes blancos” .

jueves, 24 de noviembre de 2016

La Casa Agosto Méndez


La casa que el pueblo de la capital bolivarense donó al médico José Manuel Agosto Méndez, autor del Himno del Estado Bolívar, ha sido ofendida por los escombros que el contratista para la remodelación de un inmueble del Consejo Legislativo Regional, arrojó sobre ella.
         Por supuesto, la Casa Agosto Méndez que es patrimonio cultural de los bolivarenses y también histórica por hallarse dentro del corazón del Casco Histórico que es Monumento Público Nacional, no estaba en las mejores condiciones, pero es evidente que los escombros la degradaron, la devaluaron en forma tal que será costosa recuperarla por la Asociación de Escritores, su actual propietaria.
         Dos cartas han sido enviadas al CLEB, una en agosto y esta que sigue el 30 de octubre, que hasta la fecha no han tenido respuestas.
Ciudadanos Presidenta Mirian Reyes y demás diputados del Consejo Legislativo del Estado Bolívar:  A nombre de la Asociación de Escritores de Venezuela, Seccional Bolívar, me dirijo a usted para plantearle lo relacionado con la Casa Agosto Méndez contigua del inmueble esquina, entre las calles Constitución y Concordia, adquirida por el Consejo Legislativo Regional para extensión de sus oficinas.
         Esta Casa Agosto Méndez, patrimonio cultural de la ciudad, fue comprada en febrero de 2002 a los herederos universales de Juan A. Montes Ávila  para su sede permanente y establecer en ella una biblioteca de autores guayaneses.  Pero había que restaurarla de acuerdo con un proyecto levantado por la Oficina Técnica del Casco Histórico cuando ésta estaba bajo la titularidad de la arquitecta Mildred Egui Boccardo.
         Para los trabajos de refacción y restauración se comprometió ante el doctor Camilo Pefetti, entonces secretario de finanzas de la AEV, el ex alcalde Lenin Figueroa, dado que el doctor Agosto Méndez había sido Presidente Municipal durante 25 años pero el doctor Figueroa finalizó su mandato sin cumplir la promesa.
         Sabedor el diputado Alfredo Arcila de esta situación se comprometió llevar el asunto a conocimiento del CLEB, para lo cual le entregamos el proyecto, pero en esos días lo nombraron Vicepresidente de la CVG y no ha sido posible seguir en comunicación con ustedes hasta ahora que volvemos acudir ante el CLEB, del cual los intelectuales bolivarenses aguardan una respuesta favorable, fundamentalmente porque esa casa se adquirió para Agosto Méndez por iniciativa del Poder Legislativo que inició una colecta pública en 1943, pues el médico y poeta, autor del Himno del Estado Bolívar, había sido diputado y varias veces Presidente de ese Poder y no tenía casa propia no obstante haber sido un servidor público durante toda su vida profesional.
         Efectivamente, el doctor José Manuel Agosto Méndez, quién nació  el 9 de julio de 1872 y falleció el 8 de febrero de 1944, tiene el mérito además de haber estudiado y graduado médico en el Colegio Federal de Guayana del que también fue docente  de varias asignaturas y fundador de la revista Horizonte, órgano mensual del Centro Científico y Literario de Ciudad Bolívar que circuló desde 1998 hasta 1914 y la Gaceta Médica desde 1914 hasta 1944.  Escribió 17 libros y fue uno de los propulsores de los Juego Florales del antiguo Teatro Bolívar donde hoy se alza el Palacio Legislativo.
         Lo que aspira la colectividad bolivarense, especialmente médicos e intelectuales guayaneses, es que el CLEB termine lo que comenzó, vale decir, reconstruya y restaure la casa Agosto Méndez aprovechando los trabajos del inmueble contiguo que sirvió durante mucho tiempo de Archivo General del Estado y cuyos escombros fueron arrojados por el contratista dentro del histórico inmueble causando doble daño del que antes tenía.     



martes, 22 de noviembre de 2016

Se fue Rogelio Pérez Cabrera


Primero se fue Luzitone (luz y tono).  Se fue con el siglo.  Ahora, apenas anteayer, a nueve años del nuevo milenio, se fue su siempre y único regente Rogelio Pérez Cabrera.  Se ha ido  tras sesenta años de duro batallar desde que Ciudad Bolívar sólo conocía el blanco y negro de la fotografía contaminada con sales y sulfitos, alumbres y bromuros.
         “¿Qué podemos hacer?  ¡Es la ley de la vida!” dice su hijo el periodista y fotógrafo Nelson Pérez que lo acompañó siempre con fidelidad filial, insuperable hoy en día en la sociedad industrial.
         Rogelio Pérez Cabrera tuvo el mérito de introducir la fotografía de color en la ciudad y hasta el 10 de diciembre fue el único sobreviviente de los fotógrafos bolivarenses que debutaron en la primera mitad del siglo veinte con estudios propios y en los cuales comenzaron a alimentarse los periódicos locales y nacionales.
         Podríamos decir, que Rogelio, a la edad de quince años heredó los rudimentos de la fotografía de su hermano Máximo, como él, nacido en Tumeremo.  Su primer estudio “Foto Fénix” estaba ubicado en el sector 30 Llaves hoy calle Venezuela.  Posteriormente  se corrió unas casas más al occidente del diario El Luchador y allí se quedó con el nombre de Luzitone., estudio que trascendió a partir de la Primera Feria de Ciudad Bolívar inaugurada el 30 de mayo de 1946 por Rómulo Betancourt, presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno dentro del marco del primer centenario del cambio de nombre de Angostura por el de Ciudad Bolívar.
         Trascendió porque fue el principal proveedor de fotografías sobre el gran evento citadino que atrajo gente de todas partes. La edición de la revista Elite dedicada a Ciudad Bolívar fue ilustrada con fotografías salida de ese estudio de los Hermanos Máximo y Rogelio Pérez.
         Desde entonces y hasta que Américo Bisi, Pedro Perman y Nino Marchesse se convierte en los pioneros del reporterismo gráfico de Ciudad Bolívar, el paño de lágrimas de los periodistas locales y corresponsales fue  Foto Estudio Lizitone, muy particularmente la persona de Rogelio Pérez Cabrera,  pues su hermano Máximo, a partir de 1950, fue dejando progresivamente el oficio para dedicarse en El Palmar primero y en Tumeremo después, a la actividad  agrícola y ganadera.  La última gráfica que Rogelio tomó para la prensa, a instancia de los periodistas Pedro Lira y Joaquín Laorraca, correspondió al homenaje  del premio de periodismo a Juan Eduardo Enet, batallador durante más de seis décadas en el diario El Luchador.
         Las primeras fotografías de color fueron tomadas, reveladas y copiadas en Ciudad Bolívar por Rogelio Pérez  y reproducidas en una secuencia plegable  de dieciocho postales por la empresa norteamericana “Color Picture Publication” a finales de los años cincuenta.
         “Recuerdos de Ciudad Bolívar” como se denominó esta postal múltiple, abarca vistas a todo color  de monumentos históricos y otros valores paisajísticos y urbanos  de la ciudad capital, con una reseña introducida por el bachiller Ernesto Sifontes, cronista y observador hidrográfico del Orinoco.

         Hasta entonces, las fotografías de color eran las blanco y negro retocadas y coloreadas a mano y las auténticas exigían un complicado trabajo de separación de negativos del mismo motivo tomados a través de filtros de colores.  De manera que para logra una copia en color, había que utilizar una cámara costosa y usar películas en placas, porque las flexibles se estiraban ligeramente durante el revelado.  Como la realización de una sola copia exigía varios días de trabajo, no era frecuente hacer fotografías de color, sino cuando se trataba de publicidad o estampas relacionadas con la moda.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Topiro, Javia y Pijiguao

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Alejandro de Humboldt cuando exploró el Alto Orinoco, acompañado de Amadeo Bonpland en su extraordinaria como inigualable aventura científica, le llamó la atención una fruta que consumían los indígenas y la cual identificaban como Topiro. 
         Esa fruta de consumo humano, prácticamente desdeñada, que no ha podido trascender ni replantado el árbol  en otros predios de la civilización actual, ha sido objeto de estudio por Luisa Torres de Martí, profesora de la Escuela de Biología de la Universidad Central de Venezuela, adscrita al Departamento de Genética,  y según ella, la fruta del Topiro tiene propiedades alimenticias que por su alto valor puede ser una fuente de ingresos si se la cultiva con fines de explotación.
         El Topiro, del mismo tamaño de la mandarina, es muy jugoso y de un sabor ácido que no por tal deja de ser grato al paladar.  La planta no llega a una altura superior de los dos metros y su fruto es de gran valor nutritivo debido al poder vitamínico contenido en su jugo.  Por otra parte, la planta tiene notable resistencia a las enfermedades del trópico y  en ese sentido se parece mucho al Merey.  Humboldt observó que los indígenas maquiritare y waica la ingieren como parte de su dieta diaria.
En el Jardín Botánico de la Universidad Central ya se han hecho experimentos mutagénicos a fin de establecer las bases para la explotación en gran escala, con lo cual se incluiría un estimable renglón a la fruticultura criolla. Sin embargo, en el Jardín Botánico del Orinoco no ha sido cultivada esta planta descrita por Humboldt.  No creo sea por la falta de recursos para las expediciones de investigación que esta obligada a hacer en el interior de Guayana. 
Al doctor Paúl Von Büren,  cuando era Presiente de la Fundación, le pregunté y me dijo no conocer la planta, pero sabía de su existencia en el Alto Orinoco y en el Amazonas y por la literatura que acopia la describe semejante a  otra conocida como Lulú o Cocona. 
Se ha observado  que es muy ramificada y que carece de espinas, no se conocen cultivos urbanos, es ácida, de propiedad astringente, no contiene azúcares y suele ser consumida en el Alto Orinoco en estado natural, es decir, cruda, y también en refrescos, jaleas y mermeladas.
Entre otros frutos que consumen los naturales del Alto Orinoco está asimismo la juvia, cuya cosecha celebran con danzas.  La juvia es uno de los árboles más notables de la selva.  Comúnmente se conoce como castaña, maduran a últimos de mayo y son del tamaño de una cabeza de niño.  El sabor es muy agradable, de abundante aceite y tan solicitada por los indígenas, mucho más que los pijiguaos difícil de trepar por su gran sumatoria de espinas.
El Pijiguao es una planta que mide hasta más de 25 metros de alto, apreciada y cuidada por los aborígenes porque les da unos frutos deliciosos que ellos cosechan anualmente sin tener que cortar la mata. Se preguntarán ustedes, cómo hacen para obtener los frutos si todo el tronco está lleno de espinas? Ellos se las arreglan inteligentemente. Han inventado un andamiaje de lianas y por ellas trepan con agilidad felina sin que los alcancen las púas. Los indios son conservacionistas por naturaleza. Se diferencian bastante de aquellos aventureros que, para lograr el Bafatá, el caucho o el Pendare, muchas veces tumbaban el árbol por la comodidad de practicarle sin mucho riesgo las incisiones en el suelo.  Así de esa forma ignorante como depredadora fueron acabando con las plantas mientras los científicos exploradores llevaban las semillas a otras tierras, tan buena como las de Guayana para ser cultivada a gran escala.