sábado, 30 de abril de 2016

La nariz de Francisco Antonio Zea.

Francisco Antonio Zea, no obstante su sabiduría, padeció cierto complejo por su nariz demasiado notoria, grande y aguileña sin duda.  Lo llamaban “narizón” allá en Colombia de donde era, específicamente de Medellín, así como a Bolívar allá mismo lo odiaban sus adversarios políticos con el cognomento de  “longaniza”. 
El apodo ha sido de siempre y hay de todos los tipos, desde el apodo romántico y cariñoso hasta el que ridiculiza y destaca los defectos.  Lo de Zea no era un defecto propiamente dicho.  No se puede señalar como defecto el tener una nariz como la de Cirano de Bergerac que era grande como la de Zea, pero muy natural. de ninguna manera como la de Pinocho castigado por decir tantas mentiras.
Zea era botánico y seguramente que por ese lado estaba agradecido de tener una nariz como la que lo caracterizó durante sus 52 años de vida, pues podía olfatear mejor los aromas de las flores y de las plantas, sobre todo, el de las flores que en Medellín se pierden de vista, tanto así que todos los años presentan su Feria de las Flores.
Cuánta vida se hubieran dado los caricaturistas de hoy si el Licenciado Francisco Antonio Zea, en vez de 1819, hubiera sido Presidente del Congreso ahora. Zea, nacido en Medellín en 1770, alcanzó a orillas del Orinoco las más altas posiciones. Además de diputado por Caracas al Congreso Constituyente de Angostura en 1819 y del cual fue presidente, dirigió el Correo del Orinoco. Estuvo encargado de la presidencia de la República en ausencia del Libertador. Después cumplió misiones diplomáticas y en 1822 murió a orillas de otro río  Avon, en Inglaterra, cerca de la casa donde nació William Shakespiare, el diamante de la literatura inglesa.
Francisco Antonio Zea, además de periodista y político notable de vasta cultura, ejerció la dirección del Jardín Botánico de Madrid y la cátedra de ciencias naturales que abandonó para asumir la de miembro de la Junta de Bayona y luego Presidente de Málaga hasta que resolvió en 1816 incorporarse a la lucha por la libertad de los pueblos de América.
Los bolivarenses agradecidos de la presencia y actuación de Zea en la Angostura del Orinoco, le han levantado, bustos, calles y escuelas. En el Paseo Orinoco mora desde el siglo diecinueve sobre una peana, el busto de mármol del prócer, pero si usted lo observa bien verá que es de mármol y tiene la nariz rota.  Es decir, que quien se la rompió le llamaba tanto la atención su abultada nariz que no resistió la tentación de hacerla más notoria desfigurándola. Y saben ustedes quién fue el autor?  Sorprendentemente, se la rompió cuando era un mozalbete travieso, el Gobernador del Estado, doctor Alberto Palazzi Pietrantoni (1979-82). El mismo lo recordó a propósito durante una tertulia, pero no fue capaz de reparar el daño que seguramente en su época de estudiante pasó desapercibido, por lo menos para las autoridades de entonces.  Y para las de ahora también, pues el busto modelado en mármol italiano del prócer  de la independencia venezolana-neogranadina permanece con su nariz, además de rota, algo así, diría Perfetti, como la del Chingo Granado.
Yo creo que en Francia también existe un busto de Cirano de Bergerac que como Zea tenía una nariz descomunal. Cyrano de Bergerac fue un soldado poeta, orgulloso y sentimental, pero su mayor problema era poseer una gran nariz que lo conducía hasta el ridículo.  No creo que Zea haya sido objeto de mofa por su nariz, en todo caso, su sapiencia hacía que se notara menos.  Lo ingrato es que al mármol del paseo Orinoco ningún gobernante haya podido contratar a un cirujano plástico para que le practique una rinoplastia.



miércoles, 27 de abril de 2016

Maratón de baile


Danzar, bailar, es un arte en el que están ritualmente implicados la música y el movimiento corporal de origen remotamente primitivo.   Pero alguien en los años setenta pretendió llevarlo a la categoría de deporte de resistencia.  Entonces se le llamó Maratón bailable, escenificado, no en una pista larga y corrida como la que le es propia  a los atletas de largo aliento o como la utilizadas por los aviones para despegar y aterrizar, sino una pista ovalada o cuadrada, reducida y cautiva en recinto cerrado y, por supuesto, encerada para ayudar al deslizamiento rítmico de los pies como se supone ocurre en esta estampa fotográfica de la gorda Olga Lezama con José Cecilio Betancourt, solo que ellos aquí no compiten en un maratón sino que seguramente coincidieron en una recepción bailable, acaso en la Casa del Periodista puesto que José Cecilio pertenece al gremio además, a decir de sus colegas, de ser un experto pelador de cambur y adicto lector de Condorito, mientras que Olga, diligente secretaria de la Dirección de Política al lado de su maestra Josefina Seguías, siempre destacó como gran amiga de los periodistas al igual que la hoy abogada Josefina Peña.
         Aunque con marcada diferencia de peso, separados para evitar un avasallamiento, José Cecilio que entonces se dejaba crecer las patillas, no vacilaba ni tomaba en cuenta la talla ni el volumen a la hora del ritmo.  Tampoco Olga le paraba y por ello se explica esta gráfica donde  Olga ríe  y José Cecilio toma en serio su papel tal como si estuviese trotando de verdad o compitiendo en los Juegos Nacionales de Periodistas, donde, por cierto, ha ganado buenas posiciones que bien testimonian las medallas que cuelgan de las paredes de su vivienda allá en Las Moreas, barrio donde alguna vez el Flaco Oyuela montó un Maratón Bailable de 150 horas siguiendo un tanto el patrón del Maratón bailable de 1931 ganado por René Toro.
El de Oyuela, en los años cincuenta  comenzó con 30 parejas entusiasmadas, ya al tercer día solo dos o tres batallaban contra la extenuación y el sueño y todo por un precario premio que ofrecían las casas mercantiles patrocinadoras porque el producto de la taquilla y la cerveza, iba para el bolsillo de los organizadores.
Luego, Ciudad Bolívar fue sede de otro maratón de baile que culminó en el Poliedro de Caracas con cada una de las parejas triunfadoras en las entidades federales escogidas.
         El empresario de este agotador evento en el que se participaba más por necesidad que por deporte, era Ramón López, un locutor de Yaguaraparo que claudicaba la pierna derecha cada vez que se desplazaba y utilizaba a manera de bastón un paraguas con el cual espantaba la lluvia de esos días en los que se quejaba diciendo que la empresa del Maratón  bailable le costaba 57 mil bolívares y apenas se hacían mil por día en taquilla, en el lapso de seis días que duraría el evento.
         -¡Pura pérdida!- se lamentaba desde la tribuna de los jueces, mientras los pocos marathomistas que quedaban el día 20 se dormían sobre sus pies danzando con desgano al ritmo electrónico de la salsa.
         La salvación económica de la empresa estaba en los derechos de una planta de televisión que pagaría medio millón de bolívares por el Maratón Nacional a realizarse en el Poliedro y que sería la culminación de los 18 marathones regionales que se estaban realizando.
         El hombre de Yaguaraparo, alto y robusto, de semblante humilde no dio el nombre de la planta cuando se le preguntó mientras Petra Ramona, de 24 años y seis muchachos sin protección paternal, era amonestada por estar bailando y hablando a la vez con uno de los espectadores.
         A Juana Ramona le daban ganas de tirar la toalla terciada sobre su pescuezo, pero un familiar le gritaba “no te acobardes, Juana, que llevas 118 horas y estás en la recta final. Animo. Recuerda que son cuatro mil libertadores y tus muchachos no tiene pan”.         Juana Ramona respiraba hondo cuando el silbato sonó tres veces. Los cinco finalistas abandonaron la pista y caminaron muy despacio ayudados por sus asistentes hasta las colchonetas donde esperaban la leche, el jugo y los masajes con brandy y canela del veterano boxeador Ángel Salavarría


domingo, 24 de abril de 2016

El Arrendajo de Soto


Un arrendajo de los llanos que le regalaron al pintor Jesús Soto lo lloraban en su casa por perdido, pero la alegría volvió al rostro de la familia cuando un hermano del artista, lo regresó después que había volado hasta El Callao, a más de 200 kilómetros de Ciudad Bolívar.
         En El Callao vivía y trabajaba para Minerven el técnico geólogo Alfredo Soto, hermano del pintor. El pájaro negro y amarillo como un turpial olió el rastro de su antiguo amigo y allá fue a tener para almorzar tajada, arroz, carne mechada y caraotas. El clásico pabellón que tanto le gustaba.
         Era un ave increíble, remedaba ciertas expresiones, se llevaba bien con los niños y se grinchaba de rabia cuando se le acercaba una persona que no fuese de su agrado.
         Con las mujeres generalmente resultaba amable. También con Soto, su dueño, cuando venía y se lo llevaba al pecho para acariciarlo, con todos los de la familia y especialmente con los niños Alfredo y Marisela, sobrinos del pintor, y quienes le prodigaban cuidados desde la muerte de doña Enma,  madre del pintor.
         Por cierto que cuando doña Emma murió le abrieron la jaula al arrendajo para que se fuera, pero el pájaro se quedó rondando la casa, aprendiendo de nuevo a volar por la arboleda del patio cantando como siempre al despuntar la mañana y chillando a la hora de la comida.
         Hasta que falleció la anciana lo habían mantenido enjaulado y desde entonces era libre como el viento, sólo que nada quería con los otros pájaros. Volaba de rama en rama por los árboles de las casas vecinas y luego se regresaba a la hora en que la familia Soto se sentaba a la mesa o a las seis cuando el sol comienza a ocultarse tras del Puente Angostura sobre el Orinoco.
         El 30 de enero de 1979 el arrendajo de Soto se extravió, nadie sabía el paradero de “Bandido” como lo llamaban en casa, lo lloraban por perdido hasta que el geólogo dio cuenta de él. Nadie sabe como pudo volar tantos kilómetros para llegar a la vivienda de Alfredo Soto en las minas auríferas de El Callao.
Cuando la inauguración del Museo, El tenor Alfredo Sadel estando en la casa de Doña Enma, la madre de Soto,  se enamoró del arrendajo que cantaba y vagabundeaba por toda la casa.  Le ofreció cinco mil bolívares a la doña por el arrendajo, pero imposible, “Bandido” como se llamaba el pájaro, no estaba en venta era la obra natural más preciada de Soto.
Alfredo Sadel fue gran amigo del pintor Jesús Soto y con él vino varias veces a Ciudad Bolívar.  También era amigo del cantante guayanés Frank Hernández, con quien estuvo en la ciudad poco tiempo antes de su muerte ofreciendo un concierto.
Soto lo invitó en cierta ocasión para que lo acompañara a Ciudad Bolívar y estando ambos de visita en la casa del doctor Elías Inatti, a Sadel se le presentó un percance: No podía acompañar a Soto ejecutando la guitarra en amena reunión familiar  porque sentía un oído tapado.  Inmediatamente Elías lo llevó al consultorio de su colega y otorrino Vinicio Grillet y éste los recibió con una botella de güisqui.  Sadel reaccionó, “Doctor, yo no vine a tomar güisqui sino a ver que tengo en el oído”.  “No se preocupe que lo va a necesitar” respondió Grillet y le aplicó el scopio.  Ven a ver Elías y Elías dijo que veía una nube azulada.  A lo que de seguida pensó en voz alta Sadel: “Debe ser el jabón azul con el cual me baño”.
Un personaje anónimo que conoció la historia del arrendajo, envió a Soto este poema: Cuando no aniden los arrendajos / cuando la luna no alce su vuelo / cuando los mares desaparezcan / cuando en el llano se apague el fuego/ de la conciencia de Los Centauros / cuando no luzca más mi sombrero / cuando la tierra negra no sienta el nacimiento del semillero / cuando las aguas no rieguen nada ni llueva peces sobre el estero / cuando los aires se inmovilicen en los maizales del sentimiento / cuando no huelan los mastrantales / cuando se extinga el verso llanero / cuando las notas de mi guitarra no purifiquen mi cancionero / seguramente te olvidaré  / serás la causa de mi silencio...



sábado, 23 de abril de 2016

Andrés Ernesto Bello Bilaancieri


En esta ciudad donde nació en 1938, falleció ala egag de 78 años (2016) el periodista y farmacéutico Andrés Ernesto Bello Bilancieri (en la foto dialogando con Diógenes Troncone y Américo Fernández)
Era hijo del doctor Fermín Bello Dalla Costa, casado con Carmen Luisa Bilancieri de Bello, de cuya unión nacieron. Además de Andrés Ernesto,  Carmen Alicia, Roberto y María Matilde.
Andrés Ernesto Bello Bilancieri, quien había nacido el 3 de diciembre de 1938, tuvo una vida muy activa, ya como doctor en Farmacia, heredero de la otrora popular “Farmacia Bello” propiedad de su padre, en edificio propio, entre las Calles Bolívar y Libertad, como columnas de varias publicaciones regionales y Director del diario “El Bolivarense”, Presidente de la Cámara de Comercio e Industrias del Estado Bolívar, Gerente del Banco Guayana, Gerente de la sucursal de la antigua Corporación Venezolana de Fomento.
Ingreso a la Asociación Venezolana de Periodistas, Seccional Bolívar, de la mano de Rafael Durán Rondón y Manuel Cisneros Gambús el 25 de marzo de 1965 y posteriormente al Colegio Nacional de Periodistas en 1976. Llegando a ocupar cargos directivos.
Igualmente, Bello Bilancieri incursionó en la Ganadería y fue uno de los últimos directivos de ese gremio que llegó a tener tanta resonancia en el Estado cuando era dirigido por hombres como Horacio Cabera Sifontes, Raúl Villegas, Antonio José Grimaldi, Ricardo D´ Marco.
Era amante del motociclismo y encabezó un grupo de su generación para ir por primera vez en moto hasta Boa Vista cuando el Batallón de Ingenieros Juan Manuel Cajigal construía la carretera El Dorado- Santa Elena.  Fue entonces cuando los bolivarenses conocieron por primera vez que el Brasil construía en la frontera una ciudad con el nombre de Pacaraima.´
            El colega tenía un gran sentido del humor, extrovertido hasta cierto punto, optimista y entusiasta, curioso y enérgico, de mente abierta y forma muy propia de ver la vida, aunque al final esta no le fue muy grata, pues un accidente cardiovascular lo sentó con mucha paciencia en una silla de rueda que habría deseado fuese la moto con la cual atravesó la Gran Sabana.



miércoles, 20 de abril de 2016

Boda Gay en Ciudad Bolívar


A la policía le dieron el “Pitazo”, así pudo aparecer sorpresivamente en la casa ataviada del cerro “El Zamuro” donde se efectuaría la boda de un desprejuiciado homosexual con un joven que desapareció velozmente cuando se armó la algarada.
Esto ocurrió en 1973. La boda se iba a realizar sin el visto bueno de la autoridad civil o eclesiástica, en vista de la ley respectiva, que no contempla la posibilidad del matrimonio  entre seres humano de un mismo género. Ellos o ellas, como los clubes o los gremios, tienen su filosofía y sus reglas muy propias a su condición de invertidos.
El rito del connubio, como nos fue explicado por habitantes del cerro “El Zamuro”, lo oficiaría el líder de la comunidad de homosexuales “plebeyos”. La otra comunidad se denominan de la “highlife”. Están separadas y se odian una a la otra.
La casadera se conocía con el nombre “La Nena Rubiera” quien se echó a llorar cuando vio su matrimonio frustrado. Estaba acompañada por dos “damas de Honor” de su propio sexo, que lanzaron todas las clases de insultos contra la policía. Mientras esto ocurría, los curiosos se agolparon en el sitio del show y colorearon el ambiente con sus chiflas y reacciones picantes. 
En la Madre Patria ya no existe ese impedimento pues entró n vigor una ley que considera matrimonio civil las uniones entre homosexuales. Los contrayentes del mismo sexo Emilio Menéndez y Carlos Baturín fueron los primeros que se casaron amparados por esta ley. Emilio Menéndez, español, mientras que Carlos Baturín, psiquiatra, de origen norteamericano, llevaba más de treinta años viviendo en España.   Por supuesto, el Vaticano condenó la boda.
Mientras eso ocurría en el Cerro del Zamuro de Ciudad Bolívar, en Ciudad Piar se registraba otra anécdota relacionada con una boda.  Se trataba de un obrero que trabajaba en el Cerro Bolívar que decidió divorciarse para volver a casarse y descubrió que no estaba casado ilegalmente. “Ha sido el divorcio mas rápido y barato de la historia en Guayana”,  exclamó en esa ocasión  el Prefecto al referirse a Ernesto Rafael Boada, un trabajador de Ciudad Piar que obtuvo sorpresivamente el divorcio más rápido y barato de que se tenga noticias en esta región, tan barato que apenas le costó el pago del pasaje desde Ciudad Piar hasta Ciudad Bolívar.
Boada, por incompatibilidad de caracteres, decidió separarse de Rosa Esther Arévalo tras 15 años de vida conyugal durante los cuales nacieron 7 niños. Se habrían casado el 23 de julio de 1958 ante el Sub-alcalde de Ciudad Piar.
Confiado de que el funcionario lo había hecho bien, el hombre vino aquí y solicitó audiencia al Prefecto del Distrito Heres, Iván Salustio Castro. Quería una copia certificada del acta de matrimonio que le pedía  el abogado para poder incoar la demanda de divorcio.
EL Prefecto busco, rebuscó en libros y archivos y nada encontró. Luego averiguó en la Ley de División Político Territorial y observo que Ciudad Piar fue elevada a la categoría de Municipio en enero de 1966, por lo que para 1958 no era sino un caserío con un subalcalde no facultado por la Ley para unir parejas en matrimonio.
Frente a esta sorpresiva circunstancia, el Prefecto Iván Salustio Castro llegó al convencimiento de que el subalcalde cometió un error al casar a esta pareja. El acto de entonces carecía de valides y, en consecuencia no le quedó al Prefecto más alternativa que decirle al demandante: “Usted, mi querido amigo, no esta casado, por lo que ha mi juicio, el divorcio en este caso lo determina usted y no un juez. Ha sido por equivocación el más barato y urgente de la historia. Lo lamento mucho”.



domingo, 17 de abril de 2016

El Fabuloso Relato de Juan Martínez


Juan Martínez, un nombre tan común en la nombradía castellana fue el único por excepción de la conquista hispánica que conoció a la fabulosa Manoa, capital de El Dorado.
Martínez participó en la expedición al mando del comendador Diego de Ordaz  que por primera vez exploró el Río Orinoco y por un golpe de suerte tuvo la fortuna de conocer a la fabulosa ciudad dorada de  Manoa, donde todo cuanto existía parecía haber sido tocado por la mano de Midas.
El relato salido de una confesión que a la hora de su muerte le hizo Juan Martínez al cura de su vecindad, llegó a poder del Capitán Antonio de Berrío, fundador de Ciudad Guayana, y  dicho relato fue confiscado por el caballero Sir Walter Ralight cuando hizo preso a Berrío y  le sirvió de base para incursionar en la Guayana adentro como lo hizo.
El episodio lo relata así el Padre Constantino Bayle en su libro “El Fantasma de El Dorado”, página 431: "Había sido Mar­tínez maestro de munición en la jornada de Ordaz; por un descuido suyo se quemó un día la pólvora, e irritado Ordaz le condenó a muerte, que conmutó en sentencia casi peor; le metieron en una canoa solo, y sin víveres le echaron río abajo. De no morir de hambre la suerte que le aguardaba era el topar con una de las flotillas de Caribe que solían recorrer el Orinoco a caza de hombres para surtir su despensa y abastecer sus ban­quetes. Pero lo ordenó mejor la fortuna, porque cuando ya se estaba muriendo de necesidad, cayó en manos de mercaderes guayanos o Dorados que como compasivos no sólo le dieron de comer sino que le llevaron a su pueblo que era Manoa (la capital del mismo el Dorado). De esta manera el castigo por un golpe de suerte se convirtió en su fortuna. Sin pensarlo, alcanzó a ver la tierra que todos buscaban sin poder encontrar, y a todos se les escapaba de las manos. Pero como los Dorados no querían exponer su ciudad a los viajeros, para que no supieran el camino, le vendaron los ojos y le quitaron la venda al entrar en la ciudad, para que se deslumbrase con la suntuosidad de los edificios, el lujo de los palacios y la infinita multitud de los habi­tantes; una noche y un día tardó en atravesar la pobla­ción hasta llegar al alcázar donde el príncipe le acogió amoroso y le hospedó cabe sí. Y entre fiestas, banque­tes y ociosidad verdaderamente dorada, pasó siete meses, al cabo de los cuales el emperador le otorgó benigna­mente licencia para que volviese a los suyos; pero le mandó bien rico, pues le dio varias cargas de oro. Pero a la vuelta le asaltaron los indios Orenoqueponis y a duras penas salvó la vida y unas calabazas llenas de pol­vos de oro, y con ellas pasó a la Trinidad y de aquí a la Margarita y a Santo Domingo camino de España, donde esperaba dar a conocer tan gran descubrimiento, pero aquí le alcanzó la muerte y dio a su confesor una relación de todo lo que había visto en su monumental viaje".

     



viernes, 15 de abril de 2016

Un Mesonero de lujo


Mesonero” es el vocablo común y corriente utilizado en Venezuela para distinguir el antiguo oficio de Camarero al estilo de Reinaldo Antonio Maya en la fotografía ilustrativa que por casualidad encontramos en nuestro archivo
         Esta fotografía donde aparece Maya, tan solícito y apuesto, no se la tomó él mismo, puesto que él, además de actual cultivador de sandías en las feraces tierras de San José de Bongo, es y fue reportero gráfico egresado de la escuela de Chemelo.   Seguramente la foto se la tomó un colega no  bien intencionado, pues no creo que a Maya le agrade mucho hacer este servicio por el cual se devengan variadas como algunas veces sustanciosas propinas y, aunque viéndolo bien, él se desplaza muy jovial y orondo con sus copas en bandeja aparentemente fabricada con aluminio de Alcasa.
         Me pregunto dónde y en que tiempo y lugar se la tomaron y con cuál tipo de cámara, ¿yashica, minolta, kodak, reflex?   Seguro que no fue con una Sony digital como la que trajo Roberto Roja de Miami.  Para ese tiempo de su juventud la cibernética no estaba tan avanzada como ahora. 
         Retornando al comienzo de la nota, puesto que no era de Maya que queríamos escribir sino del vocablo “Mesonero” para denotar su mal uso, puesto que de acuerdo con al Diccionario es el amo o dueño de un mesón y que sepamos aquí los “Mesoneros” no son dueños sino de su propio oficio que atiende, cual azafata a los pasajeros de un avión, a los clientes del restaurante, bar o café a cambio de una propina, aparte de la que ya le cargan al cliente en la factura de consumición.
         Que lo diga Julián Dimas con 30 años de experiencia trabajando en lugares frecuentados por una clientela singular como lo fue en sus mejores tiempos El Farito, o el Bhraman Grill regentado por el cantante Luis Salvador o  La Noche bajo la batuta y voz de Álvaro Enrique, donde las chicas despertaban sus ganas de amar con “Beso de Ángel” en copa cherry, ponche crema y calúa, sin hielo, por supuesto, y no al contrario como siempre le ocurría al barman Alexis Díaz cuando pagaba su noviciado.
         Un mesonero fijo y con propina en Ciudad Bolívar no puede sostenerse por mucho tiempo si tiene familia como es el caso de Dimas, habitante de Hipódromo Viejo, que tiene que alternar el oficio con su venta de casabe, verduras y limón de coctel en la rampa de La Carioca.
         Julián Dimas nunca fue a la Escuela de Mesoneros.  El aprendió por cuenta propia y estimulado por John Sampson y Carlos Mejías que lo utilizaban frecuentemente en sus bonches.  Es autodidacta del oficio y sabe que un buen mesonero es aquel que conoce al cliente desde el primer día. Comenta que hay clientes arrojadizos y volubles como una mujer fatal; a veces doctos y enterados como un catedrático. A veces monotemáticos y a ratos buscando sorpresas. Al cliente lo atrae la cocina y lo espanta el servicio porque de verdad, así como hay chef formidables hay mesoneros antipáticos que ni siquiera ven al cliente. Están tan distraídos que nunca saben quién pidió qué, o que no advierten que hay que retirar los platos. Por último –me dice – están los pegajosos, los excesivamente amables, los que atosigan sirviendo vino y los que invaden la privacidad. El cliente quiere que lo atiendan con prontitud, cordialidad y educación. Con discreción. Y fundamentalmente, que no lo engañen. "Servicio lento, descuidado" es la frase más frecuente. Una sentencia filosa que acaba con los locales. Nadie frecuenta tres veces un restaurante donde la cocina sea buena pero el servicio rematadamente malo. Si preguntas a un propietario o administrador de restaurante cuál es su principal problema, responde "el servicio". No hay escuelas de mesoneros y tampoco vocación. El mesonero tropical generalmente es improvisado o caído en paracaídas así como Maya en estas circunstancias.



miércoles, 13 de abril de 2016

Primera Mujer Presidenta de la Legislatura


La doctora en medicina Estela Cabrera de Hernández, hija del ex Senador y ex Gobernador Horacio Cabrera Sifontes, guayanés de Tumeremo, pero ella, marabina cono la Guajira, ligó la suerte de ser la primera mujer que asume la Presidencia del Poder Legislativo  del Estado.  Creo que también la segunda mujer llegada al recinto parlamentario regional  por votación popular. La primera fue Luisa Salazar de Rebolledo con los votos de Acción Democrática, pero durante sus cincos años de Diputada no se le presentó la honrosa ocasión de la presidencia que luego con ligada fortuna se le presentó a la ginecóloga.
La Presidencia de la doctora Estela Cabrera tiene una larga historia que contar y podemos afirmar que le costó  su militancia urredista. La Dirección Regional de URD se opuso y excluyó de sus filas a la galena diputada  cuando ésta  suscribió contra viento y marea un pacto para alternar durante cuatro años la  Presidencia de la Legislatura entre diputados del MEP (Róger González), COPEI ) Francisco Álvarez Medina), FDP  (Humberto Fernández) y ella.
Acción Democrática, no obstante con mayoría relativa (5 diputados) quedó excluida del pacto, pero nunca sus dirigentes dejaron de trabajar abiertamente o en la sombra para romper lo que a la larga se hizo irrompible.  El convenio parlamentario llegó a su fin en noviembre de 1972 cuando los diputados signatarios del pacto quedaran enteramente libres y sin compromiso.
Todavía se votaba con tarjeta de colores y se debatía en el Congreso el tema de las máquinas electorales que favorecía el partido Copei a través de las voces de José Luis Zapata, José Rodríguez Iturbe, Luis Vallenilla, Nero Neri Mago y Oswaldo Álvarez Paz.
Las máquinas electrónicas harían menos problemático el comportamiento de los ciegos y de los dalconianos a la hora de votar por aquello de la incapacidad  en la vista para distinguir los colores, especialmente el rojo y el verde, se comentaba en medio de la diatriba política.
Un copeyano con ese impedimento en la vista seguro que a la hora de votar votaría por el partido comunista  y un comunista dalconiano lo haría por Copei.   Tremenda confusión que seguramente en su tiempo atormentó a Juan Dalton, físico, químico y naturista ingles, célebre por su ley sobre las proporciones múltiples, fundamentos de la teoría atómica. Precisamente fue Dalton el primero en hacer un estudio  serio sobre esta perversión de los colores que él padecía. Desde entonces fue obligante denominar “Daltonismo” a esta enfermedad de la vista y “Daltoniano” al que la padece como es el caso de algunos conductores de nuestra ciudad capital.
Sí, lamentablemente hay en este lugar del Orinoco muchos conductores daltonianos reales o fingidos. Lo hemos podido comprobar al estar en la cola o cerca de algún semáforo. Vemos pasmado cómo pasan como unos bólidos y hasta le tocan corneta a los autos que están delante frenado cuando la luz roja  del Semáforo esta en su punto más vivo. Lo que quiere decir que algo anda mal en el Colegio de los Médicos donde expiden los certificados de vista y reflejos o seguramente este tipo de conductor es suicida o tan apurado anda que muy poco le importa que lo confundan con un dalconiano.
         Muchos guayaneses se preguntaban si los Dalton establecidos en Ciudad Bolívar el siglo pasado con una fuerte Casa Mercantil, estaba emparentado con el físico y químico ingles que confundía los colores o más bien con  Leonard V. Dalton, geólogo y geógrafo inglés  que estuvo en Venezuela en 1910 realizando investigaciones que luego vertió en un libro. Desde entonces era  el “Callejón Dalton” en lo que es hoy la Calle Piar.


lunes, 11 de abril de 2016

Humberto Fernández: Tenor y Diputado


Humberto Fernández (en la foto con su amigo el doctor José Luís Granatti), un bachiller peñalveriano que intentó cursar derecho en la Universidad Central, pero quedó atrapado en el ámbito de la política que para entonces volaba alto en alas de la democracia representativa inaugurada el 23 de enero de 1958 con el Pacto de Punto Fijo.
         Hubiera podido también el Indio Fernández (así se llamaba también el actor y director de cine mexicano) ser cantante con su recia voz de tenor que hacía vibrar los tabiques transparentes de la cabina de Radio Bolívar, pero optó  por ser político desde la Vanguardia Juvenil Urredista junto con Germán González Seguías, Marcial Rivas, Trino Ortiz, Albis Ferrer, Juan Fuenmayor, Ramón Aray, Ernesto Alcalá y tanto otros jóvenes que debieron abandonar la tolda, unos para hacerse guerrillero como Somoza, Comandante Montenegro, el Comandante Green, y otros para hacerse rigurosos profesionales.
         Humberto Fernández llegó a ser dirigente nacional de Vanguardia Juvenil al igual que Germán González Seguías.  Ramón Aray dirigía “Revolución”, un semanario multigrafiado que Marcial Rivas tuvo la audacia de venderle uno al Presidente Leoni cuando visitaba Ciudad Bolívar llegando por el Puerto de las Chalanas.  El semanario costaba medio real y Leoni pagó dos bolívares, no obstante las críticas del periódico contra su gobierno.  Por un editorial que rozaba al Juez Juan de Dios Fernández,  Ramón Aray estuvo preso hasta que “Piquito” Miranda logró su libertad.  Lo ingrato fue que el editorial no lo había escrito él, pero era tan íntegro que jamás me denunció como verdadero autor.        
         El “Indio Mapuchi” (Francisco) criado en la Pensión de Doña Chepa era pregonero de “Revolución” y ayudaba a Fun Fun, al fotógrafo de caja Raúl Ortega y a Pedro Collin pintando en silescreen los cartelones de propaganda de URD, mientras Real Gómez y Lares Mata consumían el tiempo filosofando sobre la vida y la muerte.  Para colmo Lares Mata terminó administrando una funeraria.
Pero el partido de Jóvito Villalba lo escindieron los movimientos internos que forcejeaban por los controles de mando y Humberto Fernández estuvo entre los expulsados junto con Renés Vhalis, Zoraida Malavé y Palmira Alcalá, quien terminó en el PRIN casada con Antulio Moya La Rosa, y como no hay mal que por bien no venga, en las elecciones de diciembre de 1968, Humberto Fernández se hizo diputado de la Asamblea Legislativa desde las filas del FDP  y en noviembre de 1970, Presidente de la Asamblea Legislativa y de la Comisión Delegada.
         Esa vez estuvo a punto de ser víctima  del mismo morbo que había escindido a su antiguo partido amarillo, pues la puja de los partidos políticos por controlar la  Asamblea Legislativa derivó en dos Juntas Directivas: una presidida con los votos de AD y dos diputados suplentes por el médico Juvenal Montes y la otra presidida por Humberto Fernández, producto de la alianza de los diputados COPEI, MEP, FDP, Cruzada Cívica y la ex urredista doctora Estela Cabrera, hija de Horacio Cabrera Sifontes, quien fue senador por URD.
El Procurador del Estado era el poeta y abogado Argenis Daza Guevara y atendiendo a una consulta dictaminó que las dos directivas eran ilegales y que la AL debía constituirse de nuevo apegados estrictamente los diputados a la norma constitucional, por lo que  una  vez aclarada la doble diputación cuestionada del representante de la Cruzada, Leonardo Aponte, el diputado Fernández se reafirmó como Presidente de la Legislatura del 70 y entonces por la radio se oyó fuerte  ya no la voz del tenor sino del parlamentario que infortunadamente no vivió mucho pues falleció aun sin madurar las uvas del tiempo.





sábado, 9 de abril de 2016

Murió buscando el Río Dorado



El conocido explorador de origen letón, Alejandro Laime tenía 59 años cuando partió por enésima vez a explorar la gran meseta del Auyantepuy, de donde se desprende la caída de agua más elevada del planeta.
         Pretendía en la ocasión explorar  zonas distintas a las ya exploradas por él, siempre en busca de un río con lecho dorado que Jimmy Ángel dijo haber visto en uno de sus arriesgados vuelos en 1937.
         Laime vivía convencido u obsesionado de la existencia de ese río dorado y respondía cuando era interrogado: “Yo creo que hay algo.  Hay formaciones que me llevan a creer que existe oro en el Auyantepuy, pero la Meseta es inmensa, 440 kilómetros cuadrados, y difícil de explorar.  Hay desniveles, piedras de todos los tamaños como estatuas o monumento megalíticos., precipicios, numerosos ríos, ciénegas que hacen casi imposible cualquier exploración.”.
         Contaba Laime que en la Meseta existen formaciones rocosas donde la voz se repite en eco hasta siete veces durante diez segundos.  Él cada vez que sube juega con el eco como un niño.  Le encantaba que la montaña repitiera su nombre y estaba preparado para morir en ella.
 A la exploración de esa meseta misteriosa y alucinante, donde las precipitaciones son intensas y frecuentes las tormentas, dedicó la mayor edad de su vida Alejandro Laime y había sacrificado hasta entonces quince años de su profesión de ingeniero civil.  Quince años sin ejercer la profesión por estar metido en la selva buscando el Dorado que nunca pudo encontrar Sir Walter Raleigh ni siquiera al precio de su cabeza y de la sangre de su hijo.
         En noviembre de 1970 cuando conversé con  Laime me dijo que no sabía cuánto tiempo estaría esa vez sobre el Auyantepuy.  Llevaba buena carga de bastimento en avión con destino a la Misión Indígena de Kamarata y desde allí caminaría a pie durante nueve días hasta encontrarse con su destino.
         Su destino fue la ultimidad porque no volvió más.  Venir de Letonia hasta Guayana en busca del Dorado, después de haber renunciado al ejercicio de la profesión de ingeniero, es inconcebible para un simple mortal del siglo veintiuno aunque todavía hay muchos que juegan a la lotería a la espera de un golpe de suerte que muchas veces, más que fortuna, le trae miseria, miseria del cuerpo, miseria del alma, miseria convertida en decepción en frustración.
         Alejandro Laime fue un iluso como tantos que desde la época de la conquista entregaron su vida a la voracidad de la selva a cambio del metal que por siglos a deslumbrado a la humanidad. Tal vez halló algunas pepitas o cochanos aluvionales entre los cursos de agua de la gran meseta, pero apenas si le valieron para dar pábulo a su fantasía, la misma que embriaga y ha embriagado a muchos hasta el punto de creer que la sentencia perversa de Atahualpa contra su hermano Huáscar para que le dejase libre y entero el trono incaico, jamás fue cumplida y que  huyó con sus tesoros por la inmensa amazonía hasta internarse en la orinoquia guayanesa. 
         Por aquí han venido, yo lo he visto en el curso de mi vida reporteril, en busca de la ciudad dorada supuestamente fundada por Huáscar y que también obsesionó al Indio de Camurica (Juan Bolívar) que con ese fin aprendió a volar helicópteros para nunca encontrar nada sino la muerte en un accidente de tránsito cuando todo el mundo suponía que sería en un siniestro aeronáutico por sus constantes vuelos rasantes por junglas y mesetas.
         Tal vez esa forma de vellocino de oro que tanto buscan los ilusos,  esté, como en la mitología griega, en un bosquecillo sagrado custodiado por dragones.  Habría entonces que buscar a la hechicera Medea para que mediante un sortilegio  duerma a los dragones y se acabe el cuento.
            Alejandro Laime  destaca entre los primeros exploradores de Canaima junto con Jimmie Ángel, Ruth Robertson y Charles Boghan.  


        


jueves, 7 de abril de 2016

El Mostacho del Gobernador


En mayo de 1970 cuando el arquitecto Manuel Garrido Mendoza se posesionó de la Gobernación del Estado Bolívar, los bolivarenses se sintieron atraídos por aquella figura alta y magra luciendo en la parte superior de los labios unos bigotes largos, abundantes  y poblados.
         Todo el mundo tenía que ver y para diferenciarlo del común de los bigotes empleaban el vocablo italiano mostaccio (mostacho) recordando tal vez al venado de matacán o aquel personaje, Bartell D´Árcy,  de la novela Los Muertos, del escritor y poeta irlandés James Joyce, que cantaba ópera en el Theatre Royal.
         Se me ocurre que este personaje de Joycee ha debido parecerse a nuestro paisano bolivarense  José Sambrano Ruiz, un ex gerente de la CANTV, a quien los citadinos preferían reconocer como “Bigote Eléctrico”, cognomento que creo le habría venido más acertadamente a Mario Moreno Cantinflas.
         Lo cierto de todo esto es que a una de las bombas diamantíferas del Guaniamo los mineros la bautizaron con el nombre “Los Bigotes del Gobernador”.  El diario El Nacional se ocupó del asunto y hasta el doctor Márquez Bustillos fue recordado a propósito, sólo que este funcionario de confianza del General Juan Vicente Gómez tenía los bigotes puntiagudos o vibrisas como un morsa del Pacífico.
         Muchos bolivarenses siguieron la moda del Gobernador, entre ellos, el Presidente de la Asociación de Ejecutivos, doctor Ramón Castro Mata, aclarando cuando un periodista le preguntó, que “antes que imitar al Gobernador, yo diría que imito más bien a mi abuelo que los usó antes que él”.  Por supuesto, eso de dejarse crecer el bigote viene desde muy lejos y las formas y estilo varían. Por ejemplo el bigote de Salvador Dalí, era fino y entorchado en sus extremos.  Rubén Hugo Ratón Ayala, jugador argentino de fútbol, se distinguía por su melena y enorme bigote.
         En esa ocasión de Garrido Mendoza, queriéndole salir al paso, la señorita Malvina Rosales, la primera guayanesa en usar pantalones y primera también en trabajar en una oficina pública, dijo que si los mostachos volvían ella resucitaría el rígido abanico de conchas, pese al ventilador y al aire acondicionadoY de hecho lo resucitó cuando los esnobistas bolivarenses comenzaron a imitar al Gobernador.
Malvina tenía una colección de abanicos. Abanico de encaje, tela, papel, varillas de madera o marfil y dominaba su lenguaje secreto, empleado para concertar citas.  Hasta principio del siglo pasado, las muchachas concertaban sus citas  amorosas en situaciones inapropiadas como la misa o los paseos familiares.
Y no se crea, que  el bigote pertenece únicamente a los hombres.  También hay mujeres con bigotes o menos que bigotes, con bigoteras, como es el caso de algunas aves como El Escribano o animales como la Chinchilla de Los Andes, el  Titi bigotudo americano, el Tigre o el gato.
El más conocido de los dadaístas, el pintor francés Marcel Duchamp (con obras en el Museo Soto), que expresó su desaprobación por el “arte agradable y atractivo” cometió la irreverencia de añadir bigote y barba a una reproducción de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. La iconoclasta de Duchamp encontró también expresión en lo que llamaba ready-made, los objetos cotidianos que él presentaba como obras de arte.
Y volviendo al arquitecto Garrido Mendoza, debemos decir que anduvo de boca en boca durante los años 1970-74 no solo por su peculiar estilo de gobernar y de ocuparse de obras simples como las plazas de bolsillo, sino por su figura alta y delgada y sus atractivos mostachos que llevaron a muchos bolivarenses decir que sólo le faltaba la barba candado o de perilla para parecerse al tradicional mago prestidigitador.






martes, 5 de abril de 2016

A paso de redoblante


Ramón Córdova Ascanio, José Vicente Rangel y José Díaz, en la campaña presidencial de 1972 cuando el Movimiento al Socialismo (MAS) era una fuerza electoral promisoria y con pensamiento político vigoroso.
         El candidato presidencial natural era su máximo líder el economista Teodoro Petkof, pero el partido prefirió sacrificarlo a favor de José Vicente Rangel, hombre de izquierda, sin ataduras partidistas para el momento, pero que venía dando bandazos desde que URD lo expulsó de sus filas junto con Luís Miquilena y toda una cáfila de activos militantes que pugnaban dentro de la tolda amarilla por una posición más radical a la que profesaba gente como Alirio Ugarte Palayo.  
         Por primera vez en su vida política, José Vicente Rangel recorría la geografía nacional como figura presidencial  cubierta además por una capa de intelectuales de marcada influencia en la juventud.
         En Ciudad Bolívar, connotados activistas como el independiente Ramón Córdova y José Díaz, del partido comunista, flaqueaban al candidato, a paso de redoblante,  por los caminos políticamente más enrevesados del Estado, como bien lo vemos en la fotografía.  Con el mismo afán trabajaban César Gil Samy, Enrique Aristeguieta, Pablo López Ulacio, Yolanda Gil y Amílcar Fajardo, tratando de sacar a flote a este candidato que incluso lo configuraban en los afiches de propaganda con un aire a lo José Gregorio Hernández como tocando el sentimiento religioso de sus devotos, mientras que sus adversarios temerosos de los resultados, lo sacaban con sus perros de buena raza criticando que comían mejor que los pobres o marginales de los barrios que visitaba.
         José Vicente Rangel en lo personal, era admirado por su porte físico, su hablar claro reposado y por su lógica parlamentaria, pero en las elecciones lo dejaron muy atrás Carlos Andrés Pérez, Lorenzo Fernández y Jesús Paz Galárraga.  Sólo tuvo la satisfacción de haber dejado detrás de él a su antiguo maestro Jóvito Villalba.
         Este periodista y político que el 10 de julio cumplió ochenta y un años de edad, es nativo de Caracas, pero sus estudios de primaria y bachillerato los realizó en Barquisimeto. Su actividad política comenzó a los 16 años, en Unión Republicana Democrática (URD), y se intensificó con su oposición activa al golpe militar que derrocó al presidente Rómulo Gallegos en 1948 que lo sustituyó por una junta militar. Había empezado la carrera de Derecho en la Universidad de los Andes (ULA), siguió sus estudios en la Universidad Central de Venezuela (UCV), empero fue arrestado por autoridades militares y expulsado del país.
Se exilió en Chile, donde conoció a la escultora chilena Ana Ávalos, con quien contrajo matrimonio. Prosiguió sus estudios en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, y después en España, en la Universidad de Salamanca, para acabar graduándose en la Universidad de Santiago de Compostela.
En 1958 regresó a Venezuela después de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y fue elegido diputado al Congreso durante cinco legislaturas consecutivas, primeramente en representación de URD y después representando a los partidos de izquierda Movimiento al Socialismo (MAS), Partido Comunista de Venezuela (PCV) y El Movimiento Electoral del Pueblo (MEP). Se presentó tres veces sin éxito como candidato a presidente de la República en las elecciones efectuadas en 1973, 1978 (ambas por el partido MAS) y 1983 (por el MEP, PCV, entre otras organizaciones), consiguiendo resultados de 4,26%, 5,18% y 3,34% de votos respectivamente, no superando el tercer lugar. Junto con su actividad política también ejerció la abogacía.


viernes, 1 de abril de 2016

Paquita y Dolores


Sabemos que los adelantos de nuestra época contribuyen abrirle caminos de esperanza a los seres invalidados de la voz, el oído y la vista.  Sabemos que  en la actualidad existen escuelas adaptadas a sus necesidades y que se han perfeccionado instrumentos para enseñarles a hablar, leer y comprender. La prueba la tenemos en el caso de ciegos graduados de abogados y otras profesiones en Universidades de Caracas; sin embargo, en provincia adentro la gente común ve como milagro el que ciegos puedan leer y escribir y ser capaces de participar en foros defendiendo una causa. Lo mismo ocurre con respecto a los sordomudos. La gente corriente se sorprende y ve como hecho sobrenatural el que un sordomudo pueda leer la palabra en los labios de sus semejantes y ejecutar algún instrumento musical de difícil manejo para quienes están bien dotados de sus sentidos.
Al transcurrir el tiempo, esta misma gente tendrá que darse cuenta que no es tan imposible el que los ciegos como los sordomudos puedan llevar una vida como cualquier ser normal. La imaginación y la ciencia trabajan constantemente a favor de estos seres físicamente deficientes y cuentan con el valor, la entereza y voluntad de ellos para vencer dificultades.
Paquitas y Dolores, gemelas, (monocigóticos seguramente por su idéntico parecido), son ejemplos vivos de lo que puedan lograr los seres prisioneros del silencio y la incomunicación oral puesto que ambas eran sordomudas, pero estudiaban música con el profesor José Francisco Miranda en la Escuela Carlos Afanador Real. 
.En 1969 cuando la conocimos, me conmovieron estas jóvenes gemelas con “The Fair”, del compositor Gurllit Cornelius, interpretada al piano a cuatro manos. Este fue el ejercicio de prueba para pasar eximidas al segundo año. Fueron las únicas eximidas en teoría, piano y  el solfeo que practicaban, a falta de voz,  con un ejercicio rítmico, de medida. Su paso por la escuela de Sordomudos de Caracas, les permitía, mediante una pedagogía especial, asimilar las palabras por la vista según los movimientos de los labios  de su interlocutor. Esto, lo afirmaba el profesor Miranda, había sido básico en sus lecciones de música, tanto como la instrucción primaria que poseían y su sensibilidad para percibir las vibraciones. Se cree que la percibían porque de otra manera no se explicaba que ejecutaran el piano.
No hablaban porque jamás habían oído la voz humana y carecían de todo ambiente acústico para reproducirla.  Pero eran geniales y felices porque el ruido y el tráfago no les molestaban los nervios y porque a pesar de carecer ellas de voz y  oído, podían sentir la música y ejecutarla; podían asimismo atender a sus semejantes y manifestar sentimientos y deseos a través de la mímica y de la palabra escrita.  Y todo no se quedaba allí sino que cada día Paquita y Dolores se interesaban por nuevos oficios: pintaban, bordaban, confeccionaban vestidos y eran muy buenas mecanógrafas.
         Fitzí Miranda me contó además, como algo telepático, el que en salas separadas ejecutaban el piano al unísono: empezaba, se detenían y se ponían de pie al mismo tiempo.  Estaban estas muchachas tan psíquicamente consustanciada que daban lugar a fenómenos como el mencionado.
         Los esotéricos llaman esta comunicación y conducta de los seres humanos nacidas en un mismo parto o en distintos partos el mismo día, mes y año como astrológica.  Es decir, que estas muchachas eran además de gemelas biológicas, gemelas astrológicas como Vermeille, trabajador de la madera domiciliado en La Chux de Fonds, a quien durante un paseo le da un ataque de apoplejía y sucumbe.  El mismo día a la misma hora su hermano gemelo que reside en otra aldea, tiene el mismo destino.