domingo, 17 de abril de 2016

Juan Martínez El único hispano llegado a Manoa


Juan Martínez, un nombre tan común en la nombradía castellana fue el único por excepción de la conquista hispánica que conoció a la fabulosa Manoa, capital de El Dorado.
Martínez participó en la expedición al mando del comendador Diego de Ordaz  que por primera vez exploró el Rio Orinoco y por un golpe de suerte tuvo la fortuna de conocer a la fabulosa ciudad dorada de  Manoa, donde todo cuanto existía parecía haber sido tocado por la mano de Midas.
El relato salido de una confesión que a la hora de su muerte le hizo Juan Martínez al cura de su vecindad, llegó a poder del Capitán Antonio de Berrío, fundador de Ciudad Guayana, y  dicho relato fue confiscado por el caballero Sir Walter Ralight cuando hizo preso a Berrío y  le sirvió de base para incursionar en la Guayana adentro como lo hizo.
El episodio lo relata así el Padre Constantino Bayle en su libro “El Fantasma de El Dorado”, página 431: "Había sido Mar­tínez maestro de munición en la jornada de Ordaz; por un descuido suyo se quemó un día la pólvora, e irritado Ordaz le condenó a muerte, que conmutó en sentencia casi peor; le metieron en una canoa solo, y sin víveres le echaron río abajo. De no morir de hambre la suerte que le aguardaba era el topar con una de las flotillas de Caribe que solían recorrer el Orinoco a caza de hombres para surtir su despensa y abastecer sus ban­quetes. Pero lo ordenó mejor la fortuna, porque cuando ya se estaba muriendo de necesidad, cayó en manos de mercaderes guayanos o Dorados que como compasivos no sólo le dieron de comer sino que le llevaron a su pueblo que era Manoa (la capital del mismo el Dorado). De esta manera el castigo por un golpe de suerte se convirtió en su fortuna. Sin pensarlo, alcanzó a ver la tierra que todos buscaban sin poder encontrar, y a todos se les escapaba de las manos. Pero como los Dorados no querían exponer su ciudad a los viajeros, para que no supieran el camino, le vendaron los ojos y le quitaron la venda al entrar en la ciudad, para que se deslumbrase con la suntuosidad de los edificios, el lujo de los palacios y la infinita multitud de los habi­tantes; una noche y un día tardó en atravesar la pobla­ción hasta llegar al alcázar donde el príncipe le acogió amoroso y le hospedó cabe sí. Y entre fiestas, banque­tes y ociosidad verdaderamente dorada, pasó siete meses, al cabo de los cuales el emperador le otorgó benigna­mente licencia para que volviese a los suyos; pero le mandó bien rico, pues le dio varias cargas de oro. Pero a la vuelta le asaltaron los indios Orenoqueponis y a duras penas salvó la vida y unas calabazas llenas de pol­vos de oro, y con ellas pasó a la Trinidad y de aquí a la Margarita y a Santo Domingo camino de España, donde esperaba dar a conocer tan gran descubrimiento, pero aquí le alcanzó la muerte y dio a su confesor una relación de todo lo que había visto en su monumental viaje".

     



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