sábado, 9 de abril de 2016

Murió buscando el Río Dorado



El conocido explorador de origen letón, Alejandro Laime tenía 59 años cuando partió por enésima vez a explorar la gran meseta del Auyantepuy, de donde se desprende la caída de agua más elevada del planeta.
         Pretendía en la ocasión explorar  zonas distintas a las ya exploradas por él, siempre en busca de un río con lecho dorado que Jimmy Ángel dijo haber visto en uno de sus arriesgados vuelos en 1937.
         Laime vivía convencido u obsesionado de la existencia de ese río dorado y respondía cuando era interrogado: “Yo creo que hay algo.  Hay formaciones que me llevan a creer que existe oro en el Auyantepuy, pero la Meseta es inmensa, 440 kilómetros cuadrados, y difícil de explorar.  Hay desniveles, piedras de todos los tamaños como estatuas o monumento megalíticos., precipicios, numerosos ríos, ciénegas que hacen casi imposible cualquier exploración.”.
         Contaba Laime que en la Meseta existen formaciones rocosas donde la voz se repite en eco hasta siete veces durante diez segundos.  Él cada vez que sube juega con el eco como un niño.  Le encantaba que la montaña repitiera su nombre y estaba preparado para morir en ella.
 A la exploración de esa meseta misteriosa y alucinante, donde las precipitaciones son intensas y frecuentes las tormentas, dedicó la mayor edad de su vida Alejandro Laime y había sacrificado hasta entonces quince años de su profesión de ingeniero civil.  Quince años sin ejercer la profesión por estar metido en la selva buscando el Dorado que nunca pudo encontrar Sir Walter Raleigh ni siquiera al precio de su cabeza y de la sangre de su hijo.
         En noviembre de 1970 cuando conversé con  Laime me dijo que no sabía cuánto tiempo estaría esa vez sobre el Auyantepuy.  Llevaba buena carga de bastimento en avión con destino a la Misión Indígena de Kamarata y desde allí caminaría a pie durante nueve días hasta encontrarse con su destino.
         Su destino fue la ultimidad porque no volvió más.  Venir de Letonia hasta Guayana en busca del Dorado, después de haber renunciado al ejercicio de la profesión de ingeniero, es inconcebible para un simple mortal del siglo veintiuno aunque todavía hay muchos que juegan a la lotería a la espera de un golpe de suerte que muchas veces, más que fortuna, le trae miseria, miseria del cuerpo, miseria del alma, miseria convertida en decepción en frustración.
         Alejandro Laime fue un iluso como tantos que desde la época de la conquista entregaron su vida a la voracidad de la selva a cambio del metal que por siglos a deslumbrado a la humanidad. Tal vez halló algunas pepitas o cochanos aluvionales entre los cursos de agua de la gran meseta, pero apenas si le valieron para dar pábulo a su fantasía, la misma que embriaga y ha embriagado a muchos hasta el punto de creer que la sentencia perversa de Atahualpa contra su hermano Huáscar para que le dejase libre y entero el trono incaico, jamás fue cumplida y que  huyó con sus tesoros por la inmensa amazonía hasta internarse en la orinoquia guayanesa. 
         Por aquí han venido, yo lo he visto en el curso de mi vida reporteril, en busca de la ciudad dorada supuestamente fundada por Huáscar y que también obsesionó al Indio de Camurica que con ese fin aprendió a volar helicópteros para nunca encontrar nada sino la muerte en un accidente de tránsito cuando todo el mundo suponía que sería en un siniestro aeronáutico por sus constantes vuelos rasantes por junglas y mesetas.
         Tal vez esa forma de vellocino de oro que tanto buscan los ilusos,  esté, como en la mitología griega, en un bosquecillo sagrado custodiado por dragones.  Habría entonces que buscar a la hechicera Medea para que mediante un sortilegio  duerma a los dragones y se acabe el cuento.
            Alejandro Laime  destaca entre los primeros exploradores de Canaima junto con Jimmie Ángel, Ruth Robertson y Charles Boghan.  


        


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