viernes, 15 de abril de 2016

Un Mesonero de lujo


Mesonero” es el vocablo común y corriente utilizado en Venezuela para distinguir el antiguo oficio de Camarero al estilo de Reinaldo Antonio Maya en la fotografía ilustrativa que por casualidad encontramos en nuestro archivo
         Esta fotografía donde aparece Maya, tan solícito y apuesto, no se la tomó él mismo, puesto que él, además de actual cultivador de sandías en las feraces tierras de San José de Bongo, es y fue reportero gráfico egresado de la escuela de Chemelo.   Seguramente la foto se la tomó un colega no  bien intencionado, pues no creo que a Maya le agrade mucho hacer este servicio por el cual se devengan variadas como algunas veces sustanciosas propinas y, aunque viéndolo bien, él se desplaza muy jovial y orondo con sus copas en bandeja aparentemente fabricada con aluminio de Alcasa.
         Me pregunto dónde y en que tiempo y lugar se la tomaron y con cuál tipo de cámara, ¿yashica, minolta, kodak, reflex?   Seguro que no fue con una Sony digital como la que trajo Roberto Roja de Miami.  Para ese tiempo de su juventud la cibernética no estaba tan avanzada como ahora. 
         Retornando al comienzo de la nota, puesto que no era de Maya que queríamos escribir sino del vocablo “Mesonero” para denotar su mal uso, puesto que de acuerdo con al Diccionario es el amo o dueño de un mesón y que sepamos aquí los “Mesoneros” no son dueños sino de su propio oficio que atiende, cual azafata a los pasajeros de un avión, a los clientes del restaurante, bar o café a cambio de una propina, aparte de la que ya le cargan al cliente en la factura de consumición.
         Que lo diga Julián Dimas con 30 años de experiencia trabajando en lugares frecuentados por una clientela singular como lo fue en sus mejores tiempos El Farito, o el Bhraman Grill regentado por el cantante Luis Salvador o  La Noche bajo la batuta y voz de Álvaro Enrique, donde las chicas despertaban sus ganas de amar con “Beso de Ángel” en copa cherry, ponche crema y calúa, sin hielo, por supuesto, y no al contrario como siempre le ocurría al barman Alexis Díaz cuando pagaba su noviciado.
         Un mesonero fijo y con propina en Ciudad Bolívar no puede sostenerse por mucho tiempo si tiene familia como es el caso de Dimas, habitante de Hipódromo Viejo, que tiene que alternar el oficio con su venta de casabe, verduras y limón de coctel en la rampa de La Carioca.
         Julián Dimas nunca fue a la Escuela de Mesoneros.  El aprendió por cuenta propia y estimulado por John Sampson y Carlos Mejías que lo utiliza frecuentemente en sus bonches.  Es autodidacta del oficio y sabe que un buen mesonero es aquel que conoce al cliente desde el primer día. Comenta que hay clientes arrojadizos y volubles como una mujer fatal; a veces doctos y enterados como un catedrático. A veces monotemáticos y a ratos buscando sorpresas. Al cliente lo atrae la cocina y lo espanta el servicio porque de verdad, así como hay chef formidables hay mesoneros antipáticos que ni siquiera ven al cliente. Están tan distraídos que nunca saben quién pidió qué, o que no advierten que hay que retirar los platos. Por último –me dice – están los pegajosos, los excesivamente amables, los que atosigan sirviendo vino y los que invaden la privacidad. El cliente quiere que lo atiendan con prontitud, cordialidad y educación. Con discreción. Y fundamentalmente, que no lo engañen. "Servicio lento, descuidado" es la frase más frecuente. Una sentencia filosa que acaba con los locales. Nadie frecuenta tres veces un restaurante donde la cocina sea buena pero el servicio rematadamente malo. Si preguntas a un propietario o administrador de restaurante cuál es su principal problema, responde "el servicio". No hay escuelas de mesoneros y tampoco vocación. El mesonero tropical generalmente es improvisado o caído en paracaídas así como Maya en estas circunstancias.



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