miércoles, 27 de abril de 2016

Maratón de baile


Danzar, bailar, es un arte en el que están ritualmente implicados la música y el movimiento corporal de origen remotamente primitivo.   Pero alguien en los años setenta pretendió llevarlo a la categoría de deporte de resistencia.  Entonces se le llamó Maratón bailable, escenificado, no en una pista larga y corrida como la que le es propia  a los atletas de largo aliento o como la utilizadas por los aviones para despegar y aterrizar, sino una pista ovalada o cuadrada, reducida y cautiva en recinto cerrado y, por supuesto, encerada para ayudar al deslizamiento rítmico de los pies como se supone ocurre en esta estampa fotográfica de la gorda Olga Lezama con José Cecilio Betancourt, solo que ellos aquí no compiten en un maratón sino que seguramente coincidieron en una recepción bailable, acaso en la Casa del Periodista puesto que José Cecilio pertenece al gremio además, a decir de sus colegas, de ser un experto pelador de cambur y adicto lector de Condorito, mientras que Olga, diligente secretaria de la Dirección de Política al lado de su maestra Josefina Seguías, siempre destacó como gran amiga de los periodistas al igual que la hoy abogada Josefina Peña.
         Aunque con marcada diferencia de peso, separados para evitar un avasallamiento, José Cecilio que entonces se dejaba crecer las patillas, no vacilaba ni tomaba en cuenta la talla ni el volumen a la hora del ritmo.  Tampoco Olga le paraba y por ello se explica esta gráfica donde  Olga ríe  y José Cecilio toma en serio su papel tal como si estuviese trotando de verdad o compitiendo en los Juegos Nacionales de Periodistas, donde, por cierto, ha ganado buenas posiciones que bien testimonian las medallas que cuelgan de las paredes de su vivienda allá en Las Moreas, barrio donde alguna vez el Flaco Oyuela montó un Maratón Bailable de 150 horas siguiendo un tanto el patrón del Maratón bailable de 1931 ganado por René Toro.
El de Oyuela, en los años cincuenta  comenzó con 30 parejas entusiasmadas, ya al tercer día solo dos o tres batallaban contra la extenuación y el sueño y todo por un precario premio que ofrecían las casas mercantiles patrocinadoras porque el producto de la taquilla y la cerveza, iba para el bolsillo de los organizadores.
Luego, Ciudad Bolívar fue sede de otro maratón de baile que culminó en el Poliedro de Caracas con cada una de las parejas triunfadoras en las entidades federales escogidas.
         El empresario de este agotador evento en el que se participaba más por necesidad que por deporte, era Ramón López, un locutor de Yaguaraparo que claudicaba la pierna derecha cada vez que se desplazaba y utilizaba a manera de bastón un paraguas con el cual espantaba la lluvia de esos días en los que se quejaba diciendo que la empresa del Maratón  bailable le costaba 57 mil bolívares y apenas se hacían mil por día en taquilla, en el lapso de seis días que duraría el evento.
         -¡Pura pérdida!- se lamentaba desde la tribuna de los jueces, mientras los pocos marathomistas que quedaban el día 20 se dormían sobre sus pies danzando con desgano al ritmo electrónico de la salsa.
         La salvación económica de la empresa estaba en los derechos de una planta de televisión que pagaría medio millón de bolívares por el Maratón Nacional a realizarse en el Poliedro y que sería la culminación de los 18 marathones regionales que se estaban realizando.
         El hombre de Yaguaraparo, alto y robusto, de semblante humilde no dio el nombre de la planta cuando se le preguntó mientras Petra Ramona, de 24 años y seis muchachos sin protección paternal, era amonestada por estar bailando y hablando a la vez con uno de los espectadores.
         A Juana Ramona le daban ganas de tirar la toalla terciada sobre su pescuezo, pero un familiar le gritaba “no te acobardes, Juana, que llevas 118 horas y estás en la recta final. Animo. Recuerda que son cuatro mil libertadores y tus muchachos no tiene pan”.         Juana Ramona respiraba hondo cuando el silbato sonó tres veces. Los cinco finalistas abandonaron la pista y caminaron muy despacio ayudados por sus asistentes hasta las colchonetas donde esperaban la leche, el jugo y los masajes con brandy y canela del veterano boxeador Ángel Salavarría


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