viernes, 30 de diciembre de 2011

¿Por qué celebramos el Año Nuevo?


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El Año Nuevo, es una gran fiesta universal para renovar la fe y la esperanza por un mundo mejor. “¡Feliz Año Nuevo!” exclamamos a partir de la media noche del último día de diciembre. En esa ocasión se supone a todo el mundo animado y contento porque se piensa que un año más es como una nueva oportunidad para mejorar lo que en razón del bienestar del hombre existe o para concluir o emprender lo que hasta ese momento había sido imposible.

Pero, ¿por qué tiene que ser cada año este renovar de la esperanza, por qué no cada hora, cada día? Nos preguntamos y la repuesta simple es porque cada hora, cada día, el hombre puede hacerlo en forma individual y lo importante es un día universal para todos. Ese día es el primero de enero, día en que la Tierra termina de darle la vuelta al Sol para iniciar otra rotación y sobre la marcha un nuevo movimiento de traslación.

Esta celebración del Año Nuevo no es de ahora sino que tiene origen antiquísimo, sólo que en muchos países caía en fechas diferentes de acuerdo con su calendario. Sencillamente porque tenían calendarios distintos, unos que se regían por el Año Solar y, otros, por los períodos lunares. El calendario egipcio, por ejemplo, el más antiguo que se conoce, se rigió primero por la aparición de la estrella Siria. Antes de la llegada de Colón, indios americanos, Mayas y Aztecas, tenían sus propios calendarios y todos dividían el tiempo en meses básicamente.

El año nuevo que celebramos el primero de enero fue establecido en la reforma del calendario romano dispuesta el 5 de octubre de 1582 por el papa Gregorio XIII. La tradición de los saludos y regalos es romana y data de la época de Julio César. La fiesta del Año Nuevo se dedicaba al dios Jano que tenía dos caras y podía ver hacia atrás lo que había sucedido en el año que moría y, hacia delante, lo que traería el año que empezaba. En Inglaterra los sacerdotes Druidas celebraban el Año Nuevo el 10 de marzo, cortando ramas de muérdago y distribuyéndolas entre el pueblo. Inglaterra después asimiló de Roma las costumbres de los regalos y se instituyó la tradición de que los esposos dieran a sus esposas, el primer día de cada año, cierta suma de dinero para comprar alfileres durante 365 días y de limpiar las chimeneas porque suponían que traía buena suerte. El cristianismo llegó a considerar de paganas estas fiestas o celebraciones de Año Nuevo, y si han persistido hasta nuestros días es porque se confunden con el día de la Circuncisión del Señor que los cristianos festejan el primero de enero.

En fin, el Año Nuevo se celebra en todo el mundo y en cada país o región existe una manera particular y tradicional de celebrarlo. En China, por ejemplo, se celebra con grandes banquetes, los aztecas y mayas con danzas y ritos, y en todos los países de Europa y América con fiestas, felicitaciones, arbolitos, pesebres, comidas típicas e intercambios de regalos. En Madrid el pueblo se reúne en Puerta del Sol y se comen doce uvas al ritmo de las campanadas de la media noche. En Venezuela, en algunos hogares, suele cumplirse antes de la tradicional cena esta costumbre española, pero la más generalizada en los pueblos de nuestro país es la de cantar gaitas y villancicos, patinar por las calles, comer hallacas, bailar, intercambiar regalos y tarjetas de felicitaciones, embellecer el hogar con los más variados y luminosos motivos de Pascuas y Año Nuevo.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Las campanas de la Iglesia

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Todo hace pensar que durante el presente milenio no habrá campanas muy activas en las iglesias de Ciudad Bolívar y del interior del estado, sino algunas de reliquias o muestras de un tiempo que fue y ha dejado de ser en razón de los cambios propios de la contemporaneidad. En vez de campanas y campanarios, seguramente, otros sistemas de la tecnología cibernética en constante exploración, harán las veces para llamar a los feligreses, recordarles dar gracias a Dios, doblar a los difuntos, alzar la misa y repicar el aleluya.

En Ciudad Bolívar, donde existen numerosas campanas, varias de las cuales forjadas en el siglo diecisiete e introducidas por los misioneros españoles que iniciaron su entrada a Guayana por las bocas del Orinoco, rara vez se sienten si es que alguna vez el sacristán tira del badajo. Mientras mayor es el crecimiento de la ciudad menos se oyen sus campanas por más elevados que sean los campanarios.

Tratando de ponerse en sintonía con los avances de la ciencia en materia de sonidos, el Arzobispado, los padres capuchinos y las Hermanas del Santísimo, entre otros, colocaron en sus respectivas iglesias un sistema electrónico que virtualmente llena las funciones de las tradicionales campanas.

Este sistema además tiene la ventaja de prescindir del campanero y poder reproducir los sonidos de famosas campanas como las del Carrillón de Rouen y Catedrales españolas de León, Toledo o Burgos. Solamente hay que presionar un botón o manipular el dispositivo de un amplificador para que los altavoces ubicados en las torres hagan las veces de las clásicas copas de bronce que aún alegran los días de muchos pueblos, pero no así ahora los de la capital bolivarense y otras ciudades de Venezuela tan crecidas que ya no pueden oír, no sólo por razones de distancia sino por los ruidos peculiares de la sociedad mercantil, un Carrillón si lo hubiera, ni siquiera la más grande campana del mundo, la del Kremlin, si aquí estuviese, ni mucho menos la de Pekín, que según dicen pesa 58 mil kilogramos y mide dos metros de altura.

La pregunta de todos los días es si habrá campanas durante el milenio que avanza, porque ya los campanarios de nuestras grandes y populosas ciudades se están poniendo tristes. El badajo se mueve con pereza y el sacristán ya no se ve subiendo la escalera de la torre campanario.

Tal vez para suplir esa falta de algún modo han surgido los Coros de Campanas que al parecer no es de ahora sino que ya existieron en el siglo diecisiete en Inglaterra. En Venezuela brilla con luz muy propia en lo que va de siglo el Coro de Campanas de El Tocuyo, único en Venezuela y segundo en Latinoamérica que reúne todos los sonidos de una orquesta sinfónica en la sonoridad de campanas.

El Coro de Campanas de El Tocuyo nace el 14 de mayo de 1994 bajo el asesoramiento del Coro Polifónico de Campanas de Aibonito Puerto Rico y la dirección de María Luisa Garmendia y apoyo de María Graciela Carrasco. Desde 1998 hasta la fecha es dirigido por el joven Daniel Rangel, quien junto a Ángel Paúl Torres, en estos catorce años ha demostrado esfuerzos y constancia para que esta agrupación se mantenga

En 1995 el Coro de Campanas de El Tocuyo representó a Venezuela en el Primer Festival de Coros de Campanas, realizado en Aibonito Puerto Rico. Igualmente este Coro actuó en las ciudades de San Paulo Brasil, asistió a Dallas, Texas en el año 2005 y en enero de 2008 realizó una gira por San Juan, Puerto Rico.


miércoles, 28 de diciembre de 2011

El primer arbolito decembrino llegado a Guayana


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El 16 de diciembre 1933 los bolivarenses conocieron el Arbolito de Navidad introducido y dado en una rifa por las “Hijas de María”. A partir de entonces y atrapados por el snobismo, los citadinos fueron paulatinamente sustituyendo el laborioso y tradicional pesebre del Niño Jesús por el arbolito de Navidad de origen hasta ahora desconocido.

Parece ser de origen escandinavo, pero existe una leyenda que trata de darle un contenido cristiano según el cual “el heroico Winifredo, misionero inglés que viajaba por el norte de Alemania difundiendo las enseñanzas de Jesús entre las tribus teutónicas, llegó cierto día a Geismar, donde se estaba realizando un bárbaro rito. El pequeño príncipe Asulfo, sujeto al tronco de un árbol, iba a ser sacrificado para saciar las iras del dios Thor. Winifredo irrumpió en medio de la ceremonia y con su hacha derribó el roble que habría de servir como altar del sacrificio expiatorio, pero de inmediato brotó en el mismo sitio un lozano pino. El misionero explicó que el nuevo árbol era el símbolo de la nueva vida traída por Jesús y adorado por las diversas tribus germánicas”.

Lo cierto es que desde 1933 hasta acá, en Ciudad Bolívar la primacía del nacimiento o pesebre ha sido desplazada por el arbolito, y la llegada de los generosos Reyes Magos por la figura única de San Nicolás y de la misma forma, costumbres y tradiciones se han diluido en la transición de una sociedad a otra o simplemente han sufrido variaciones impuestas por los nuevos modelos de vida de la sociedad industrial contemporánea.

El Belén, nacimiento o pesebre era toda una escenificación tradicional, pero en cada iglesia, en cada hogar o plaza, con las inventivas propias de quienes lo asumían. Cuando se acercaba la Nochebuena, los bolivarenses iban a los Morichales o más allá a cortar ramas y malojos, a recoger la arena y las piedritas para unirlos luego a las pequeñas imágenes de la sagrada familia, pastores, Reyes Magos, animales del pesebre y otros recursos con los cuales en sitio accesible y visiblemente apropiado trataban de reconstruir el paisaje donde nació Jesús.

El Nacimiento principal era el de la Catedral del cual se ocupaban miembros de la legión de María. Ante él se cantaban de madrugada los villancicos y en el hogar y sitios profanos los parranderos o conjuntos familiares improvisaban aguinaldos, de los cuales muchos trascendieron como La Casta Paloma del juglar Alejandro Vargas.

En la actualidad el aguinaldo ha sido prácticamente aplastado por el auge de la gaita zuliana, a la cual la radio y la televisión como la discografía le han dado pábulo dentro de una desbordada euforia que ha colocado a la Iglesia Católica en el dilema de resistirla o tolerarla dentro del templo al igual que con el tiempo ha venido dando cabida al aguinaldo profano al lado del villancico.

Los trovadores y parrandas tradicionales de aguinaldos no se ven como se vieron hasta la mitad del siglo veinte por las calles altas y bajas de la ciudad orinoquense. Asimismo ha perdido devoción y fuerza la costumbre de levantarse de madrugada para ir a misa de cuatro entre el 16 y 25 de diciembre; a la misa dedicada a gremios e instituciones, lo cual era todo un acontecimiento tejido de la más pura y desbordada alegría.

La población citadina vibraba al ritmo de las parrandas y bajo los disparos atronadores de cohetes, tumbarranchos y patinadores deslizándose cuesta abajo del peñón angostureño. Eran otros tiempos cuando la ciudad todavía era amigable y respiraba aire puro dentro de un ambiente bucólico.

martes, 27 de diciembre de 2011

La Navidad y el cochino


En días decembrinos es común por lo tradicional el pernil de cochino servido en el plato de Navidad y de Año Nuevo.  En ambas noches de pascuas es infaltable bien aderezado y horneado.
Anteriormente, cuando el cochino no estaba industrializado, la familia se conformaba simple y llanamente con el pernil venido de las cochineras campestres o caseras.  El pernil curado, hecho jamón, como el famoso Jamón Ferry, nos venía del extranjero, especialmente de España y Holanda.  En ciudad Bolívar llegaban junto con otras exquisiteces en los barcos de la Compañía Holandesa de Vapores y había madamas especializadas en prepararlos con clavos especias, piña, papelón y otros ingredientes.   
De suerte que del famoso cochino que tantos nombres tiene, lo más apetecible y por lo tanto industrioso son sus ancas o piernas traseras. Nos venían en los más variados y sugestivos tipos las ancas o piernas trasera enteras, curadas o cocidas. Las más solicitadas de estas extremidades eran las del cochino ibérico de pata negra, luego le seguía el de York cocido o que se cuece en vino blanco y se come fiambre y el más solicitado como entremeses o pasa-palos,  el serrano curado.
No sé si el poeta y humorista Aquiles Nazoa que tanto le cantó a las hallacas, llegó a saborear el pernil o pierna de cochino.  Lo cierto es que siempre  sintió afecto y admiración por este miembro de los suidos.  Desde su infancia experimentó una muy  tierna y conmovedora curiosidad por los animales de nuestra doméstica zoología criolla, pero muy especialmente por el cochino, tal vez porque cuando su papá lo llevaba de paseo por el campo, montado atrás en una bicicleta, su presencia lo excitaba viéndolo pasar de un lado a otro, revolcándose en el pantano o descuartizado sobre una mesa.
       Entonces Aquiles pensaba en muchas cosas y se preguntaba, por ejemplo, por qué otro paquidermo, el elefante, siendo tan grande, tenía solo dos nombre –elefante y paquidermo-, mientras que el cochino, tan pequeño, lo identificaban además, como lechón, marrano, chancho, puerco, cerdo y sabe Dios que otros nombres más.
     Para Aquiles, el cerdo era, si se quiere, bonito y un buen animal, sólo que vivía y parecía gustarle el pantano. Por eso al escribir sobre los defectos de algunos animales decía: “Qué bello fuera el marrano, si renunciara al pantano”.
    Pero el cochino puede renunciar al pantano, aunque obligado.  Depende de quien lo cuida y, por supuesto, quien lo cuida sabe porqué lo hace y no precisamente para salvarlo del toletazo.
        Aquiles solía ir a los barriales donde algún cochino solía solazarse y entablaba amena conversación con el marrano.  Le daba los buenos días.  Cochino, ¿cómo estás?  ¿Qué me cuentas cochino?  ¿Qué novedad hay?  Y el cochino, sin gruñir ni roncar, aceptaba conversar y lo primero que hacía era lamentarse de los chistes que hacían con su nombre, pero Aquiles lo admiraba no obstante eso y a pesar de su trompa parecida a un disfraz.  A pesar también de su aspecto tan poco intelectual y el absurdo moñito que le cuelga de atrás. Reconocía que tenía virtudes admirables como su sinceridad, pues no le ocultaba a nadie su condición social de cochino de barrial que no engaña ni se deja engañar, que vive en paz sabiendo  que mientras sea cochino y nada más, del palo cochinero nadie lo  salva, ni siquiera en una fábula que el propio humorista contaba, según la cual, ahogándose una vez en un pantano se encontraba un marrano; y al verlo un cochinero le dijo: “No se ahogue, compañero; yo lo voy a salvar, dame la mano”.  Y una vez que al cochino salvó del pantanero, siguiendo luego juntos el camino, lo llevo derechito al matadero...


viernes, 23 de diciembre de 2011

La docencia y sus desafíos

Enedina Temiche de Villaroel y su hija Yuglis Coromoto se asociaron en la investigación y escritura de “La Docencia y sus desafíos”, un libro de excelente formato, editado y diseñado por el equipo editorial de Néstor Curra Arciniegas, un guayanés metido a caraqueño desde hace tiempo.

La obra plantea “un contenido ideológico, reflexivo, humanista y técnico innovador, para reconocer y establecer estrategias que permiten al educador liderar los retos que demanda el nuevo milenio”.

Las autoras de este libro  se auxilia con una bien seleccionada bibliografía que al ritmo de la reflexión de ellas en sintonía con sus experiencias en diversos campos de la enseñanza, se va traduciendo en un lenguaje natural, asimilable y orientador, a los largo de sus diez capítulos.

El eje de la obra es el educador como líder social comprometido a poner de lado si es necesario el recetario tan común de los programas oficiales, abriéndose a las fuerzas del cambio, pero siempre apoyado en los principios filosóficos universalmente admitidos por la pedagogía moderna.

Interpretamos a la luz de una rápida lectura del libro que el educador no debe quedar encasillado en la rutina de la enseñanza sino abrirse, respirar otros aires del conocimiento y plantearse retos de acuerdo con la dinámica de la sociedad que avanza, plantearse cuál es su visión-misión personal, profesional y ciudadana, conocer la visión-misión de la institución donde labora y saber cuál es la visión misión del país en general, sólo así podrá aclarar su papel dentro y fuera del aula.

Se propone en el libro como visión del educador venezolano, ser un profesional de dimensión humanista preparado académicamente, que represente la esperanza de un país, guía, orientador, facilitador, formador de un proceso educativo integrador, crítico, creativo, activo, participativo, con soluciones prácticas y cónsonas al momento vivido, con visión de futuro en la preparación del venezolano, para poder incorporarse de manera creativa, constructiva positiva en la interacción de una democracia participativa, hacia la autorrealización individual y colectiva de un país próspero y solidario con bases sólidas de libertad, solidaridad y justicia social.

Y como misión plantea la formación de este capital humano en el país, toda misión es servicio, toda misión es acción, tarea, esfuerzo, compromiso. Garantizando la proyección de los valores y principios enmarcados en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la Ley Orgánica de Educación y demás instrumentos legales de la Nación, con capacidad manifiesta de paz, libertad y bien común. El educador debe trabajar en formarse internamente bajo la visión del educador venezolano.

Enedina Villaroel es una educadora con amplia experiencia en los diferentes niveles y modalidades del sistema educativo venezolano, profesora de castellano y literatura, postgrado en Currículum practitional en ONL, profesora de postgrado (Gerencia educativa y planificación y evaluación), participó en la elaboración de los diseño curricular de Educación Básica (1987), directora de Educación del estado Bolívar, supervisora V del Ministerio de Educación, coordinador del equipo de investigación educativa del estado Bolívar, administradora del docente de aula, verdadero protagonista de la transformación educativa del país.

Su hija Yuglis Villaroel es maestra especialista y profesora de educación especial, amplia experiencia en las diferentes áreas de la Modalidad de Educación Especial (déficit cognitivo, dificultades de aprendizaje, sordo ceguera, deficiencia auditiva y problemas del lenguaje, Talleres laboristas, Educación Básica) coordinadora de Educación especial de la Zona Educativa del estado Miranda (2000). Profesora de Pregrado y extensión universitaria Unefa, actuación en el proceso de desarrollo y actualización docente, identificada plenamente con los cambios profundos del 111 milenio y el Rol del Docente y la sociedad en la dinámica educativa.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Lo que en 1916 se decía de Piar



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En febrero de 1916 se desató en Ciudad Bolívar una polémica periodística sobre el origen de Manuel Piar. Salieron a relucir dos versiones. La del historiador colombiano Ernesto Restrepo Tirado que presenta a Piar como curazoleño al igual que su esposa María Marta Boom y su hija María Elizabeta (Restrepo se basa en el expediente instruido en 1822-1827 sobre reclamación de los haberes militares del general Piar) y la del historiador carupanero Bartolomé Tavera Acosta, quien escribe que desde 1874, año de la destrucción de los conventos en Caracas, comenzó a decirse que en un archivo de las monjas de la Concepción se había hallado la partida de nacimiento de Piar. Narra Tavera que desde entonces comenzaron los historiógrafos como el prelado Arroyo y Niño, Pesquera Vallenilla,  Vergara y Velasco, Julio Calcaño, Laureano Villanueva, Ángel Núñez y Lino Duarte Level, entre otros distinguidos letrados, a solidarizarse con la especie según la cual Piar realmente habría nacido en Caracas en 1777, hijo de un príncipe de Braganza y Soledad Jeres Aristeguieta, del mantuanaje caraqueño. El apellido Piar le vendría por don Fernando Piar, su padre adoptivo, y la mulata Isabel Gómez, nodriza y partera.
Pero es bueno aclarar que si bien Lino Duarte Level coincide en decir que Piar nació en un convento de Caracas, no así con la especie según la cual era hijo de un príncipe de Braganza. Por el contario, Duarte Level (angostureño, secretario de Guzmán Blanco) sostiene que era hijo de Marcos Ribas, el padre de José Félix Ribas quien siendo viudo sostuvo un flirteo con Soledad Jeres Aristeguieta, de allí lo bien que siempre se llevaron Piar y Ribas en la lucha por la independencia.
La versión Restrepo fue confirmada en fecha reciente al hallarse en el Archivo Nacional de Holanda, en los libros de bautismos referentes a Curacao, Aruba y Bonaire, años 1774, el acta o fe de bautismo, escrita en latín, por el padre franciscano holandés William Brada. De ella se concluye que el héroe de la batalla de San Félix nació en la ciudad de Willemstad y recibió las aguas lustrales con el nombre de Manuel María Francisco, hijo de María Isabel Gómez y de Fernando Piar Lottyn. Manuel por su abuelo materno, María por su madre y Francisco por haber nacido (probablemente) el 2 de abril, día de San Francisco de Paula. El bautizo tuvo lugar el 28 de abril de 1774 en la iglesia Santa Ana de Curazao y sirvieron de padrinos el reverendo padre Juan Antonio de Aquino y Juana Paulina Gómez.
El segundo nombre Carlos, con el cual la posteridad a veces lo señala, no aparece en ninguno de los documentos de la campaña militar firmados por Piar.  Se ha dicho, sin embargo, que aparece inexplicablemente en un momento solemne de su vida, cual fue el de su matrimonio con María Martha Boom, celebrado a la edad de 24 años en el castillo de Amsterdam (Curazao) el 8 de abril de 1798. De esa unión nació María Elizabeta, nacida el 16 de diciembre de 1798, según partida de bautizo extendida el 6 de abril de 1817 por Jak Muller, presidente de la parroquia luterana. Ni antes ni después, aparece Piar con el nombre de Carlos.
La Academia Nacional de la Historia no admite ni reconoce el segundo nombre de Carlos porque no existe ningún documento fehaciente que lo testifique.  Sin embargo, en Guayana es común, incluso a nivel de las autoridades, decir “Manuel Carlos” y hasta se comete la perversión de “Carlos Manuel”. Los medios de comunicación contribuyen en ese sentido.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Despedida y muerte de Frank Boland



 

Según las crónicas, Frank Boland y sus acompañantes se despidieron de la ciudad después de haber permanecido en ella 14 días. El 15 de enero en el vapor “Delta” embarcó junto con sus acompañantes y dos biplanos desarmados, rumbo a Trinidad donde ya trabajaba un Comité para hacer una demostración igual a la que disfrutaron los bolivarenses. Jorge Suegart le regaló un botón de oro cochano de El Callao.

Frank Boland llegó el viernes 17 a Puerto España. Pocos días después de su llegada, se convino en que debía dar un vuelo de exhibición en la sabana de “Quenns'Park” el sábado por la tarde, y con tal fin se abrió una contribución pública a beneficio del aviador, tal cual como se hizo en las cinco ciudades venezolanas, incluida Ciudad Bolívar, no obstante que el espectáculo sería gratis para el público en general.

Preparándose para el día oficial de la exhibición y como incentivo además al goce del acontecimiento, Frank Boland decidió hacer un vuelo de prueba el miércoles 5 de febrero por la tarde, pero con tan mala suerte que después de un despegue feliz y cuando volaba sobre una mansión de Saint Clair, su aparato descendió repentinamente y en fracción de segundos cayó al suelo hecho pedazos. Frank Boland quedó lanzado como a unos cuarenta pies del aparato. Auxiliado por vecinos cercanos fue llevado al Hospital Colonial donde la autopsia determinó fracturas de las costillas del lado izquierdo, una de las cuales atravesó el corazón causándole la muerte.

Frank Boland fue sepultado en el Cementerio Lapeyrouse, donde permaneció hasta que sus restos fueron trasladados a Nueva York el lunes siguiente por el “Vasari”, de la línea Lamport & Holt.

El bolivarense Juan Manuel Rodríguez, residenciado para la fecha en Trinidad, fue testigo ocular del accidente mortal del primer avión que surcó los aires venezolanos. En carta enviada a su hermano Elías Rodríguez cuenta lo que hizo cuando vio que el biplano se precipitó a tierra: “Hacia allá eché a correr entonces y llegué con dos o tres más que siguieron de la hondonada de la estación de St. Clair; pero hermano, no creo ver jamás rostro de muerto más sereno; no había en él la menor contracción, nada que indicase dolor ni espanto, y por toda señal de lesión, un hilo de sangre, muy fino, que le corría sobre el lado inferior; los ojos abiertos naturalmente, pero sin luz; la respiración paralizada: la muerte fue instantánea. La autopsia demostró que casi no le quedó costilla sana y que la fractura de éstas lesionó el corazón y los pulmones en varias partes. Esa operación se efectuó en el Hospital a donde lo condujo un automóvil que venía del centro de la sabana y que hice parar con ese objeto. En la tarde del día siguiente, lo sacamos de allí para el cementerio con una concurrencia desbordante de pueblo, que en su manifestación de simpatía por el noble muerto me hizo amar más la democracia. Dios acoja en su seno el alma del héroe vencido!”.

Así trágicamente terminó la vida de este aviador norteamericano que pasó a la historia de la aviación como el primero que remontó un rustico aeroplano de lona y bambú por los espacios de la Venezuela rural, deslumbrando a quienes desde el suelo contemplaban la hazaña.

Los bolivarenses de la ciudad capital lloraron la ausencia trágica del aviador Frank Boland y volverían a verlo sólo en la memoria años después cuando los vuelos aeronáuticos se iniciaron en firme, ya no con aeroplanos norteamericanos sino franceses

martes, 20 de diciembre de 2011

Primer vuelo sobre Angostura


Previa reunión en el Hotel Cyrnos, presidida por el gobernador Luis Godoy, se acuerda designar un Comité para arbitrar fondos que hagan posible el primer vuelo de un avión sobre Ciudad Bolívar.

Los aviadores Frank Boland y Charles Hoeglich, que harían el ensayo, se hallaban en Venezuela desde finales de septiembre realizando en varias ciudades de Venezuela pruebas aéreas experimentales con un rústico avión de lona y bambú. El Comité quedó formado por Fritz Kühn, Gumersindo Torres, Andrés Juan Pietrantoni y W. Henderson.

La demostración quedó convenida para enero del año nuevo 1913, estipulada en diez mil bolívares para cuyo montante el presidente del Estado, doctor Luis Godoy, colaboró con dos mil bolívares.

El 2 de enero de 1913, se informa que Frank Boland y sus acompañantes llegaron a Ciudad Bolívar en el vapor Delta ese mismo día y quedaron gratamente impresionados de la arquitectura y características topográficas de la ciudad. Prometieron entonces hacer la demostración tan pronto se ambientaran y pudieran acondicionar sus aparatos en la “Laja de la Llanera”, lugar escogido, según dijeron, “por las buenas condiciones topográficas, convenientes para las evoluciones del aparato aéreo”.

De manera que el día domingo 5 de enero de 1913, los bolivarenses tuvieron una cita en “Laja de la Llanera”. Querían ver volar un avión sobre Angostura, pero quedaron frustrados, pues a las 9 y 17 minutos cuando Frank Boland arrancó su biplano Curtis, con peso de 300 kilogramos, apenas si pudo mantenerse en el aire durante 18 segundos tras recorrer una distancia de 200 metros. Se quejó de una falla en el motor y pospuso la prueba para las 5:45 de la tarde, pero con la misma suerte.

Durante tres días Frank Boland y Charles Hoeglich estuvieron haciendo ajustes y afinando las máquinas para ver cuál de los dos biplanos se prestaba mejor para la demostración. Al fin el día 9 hicieron otro intento con mejor suerte. El biplano se elevó 100 metros y permaneció en el aire diez minutos dentro del mismo radio de sabana que era la “Laja de la Llanera”. Quedaba fijado así el día jueves 9 de enero de 1913 cuando los bolivarenses vieron por primera vez un avión en el aire. El viernes 10 Frank Boland hizo una demostración en honor al presidente del Estado Dr. Luis Godoy, quien asistió a la Laja de la Llanera acompañado de los generales Tobías Uribe y Juan Alberto Ramírez, comandante de Armas del Estado. Asimismo el Batallón Zamora Nº 14 y numerosos angostureños. Este segundo vuelo feliz duró 7 minutos a una altura de 150 metros.

El vuelo oficial contratado por el Comité de Aviación se realizó el domingo 12. Frank Boland se elevó en su biplano a las 8:24 de la mañana y aterrizó diez minutos después (8:34) tras volar el centro de la ciudad.

Este vuelo galvanizó aún más el entusiasmo de los bolivarenses, no obstante su conmoción por el asesinato cometido el día anterior contra el capitán Francisco de Paula Varela Quintana, instructor de las Fuerzas Nacionales, destacado en el Batallón Zamora de Ciudad Bolívar. A las ocho de la noche del sábado, el oficial se hallaba conversando con la dama de una casa, entre las esquinas del Descanso y el Hospital, cuando un individuo desconocido le disparó, un tiro que le atravesó la masa encefálica.

Frank Boland y sus acompañantes se despidieron de la ciudad después de haber permanecido en ella 14 días. El 15 de enero en el vapor “Delta” embarcó junto con sus acompañantes y dos biplanos desarmados, rumbo a Trinidad donde ya trabajaba un Comité para hacer una demostración igual a la que disfrutaron los bolivarenses.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Fragachán, creador del primer Liceo




El 9 de mayo de 1916, fue creado el primer liceo del Estado Bolívar: el Liceo Guayana, el primero de carácter privado que se estableció en la región con ese nombre de “Liceo”. Abrió sus puertas en abril con los mejores augurios. Era lo que hoy entendemos como Escuela Básica, desde el primer grado hasta el segundo año de bachillerato. Nunca antes había existido un Liceo en la ciudad como lo conocemos hoy. Aunque el nombre Liceo nos viene de Grecia, es Francia en Europa y Chile en América, los países que utilizan el nombre por primera vez para los centros oficiales de segunda enseñanza.

El bachiller Narciso Fragachán había fundado antes en su tierra natal Aragua de Barcelona, el Colegio La Asunción, al frente del cual estuvo durante 16 años, luego lo dejó en manos de su hermano Carlos Manuel Fragachán y se radicó en Caracas donde permaneció hasta 1916 al frente de la dirección del Colegio Sucre.

En Ciudad Bolívar, el bachiller Narciso Fragachán se residenció con la familia en la calle Liberad y allí mismo instaló el liceo que comenzó a funcionar con 17 alumnos. Más tarde, siguiendo la huella del maestro vinieron también sus sobrinos el farmacéutico Juan Fragachán, quien se residenció en El Pao y el médico Carlos Fragachán, fundador de la Clínica Fragachán en la casa donde nació Tomás de Heres.

El 30 de agosto de 1926, el maestro Narciso Fragachán decidió cerrar las puertas del Liceo de Guayana impelido por la necesidad de no separarse de su hijo César, quien en ese año se había graduado de bachiller y debía residenciarse en Caracas para continuar estudios en la Universidad Central. César estudió hasta el segundo año en el Liceo Guayana y los dos años restantes del bachillerato en el Colegio Federal (La secundaria se hacía en cuatro años).

El Liceo Guayana que había comenzado con 17 alumnos llegó a tener matricula de 150 alumnos al cabo del decenio. Por sus aulas habían pasado maestros de la talla de Carlos Afanador, Mendoza Briceño, José Félix Joli, Chalet Pulgar, José Tadeo Calatrava, Manuel Grumeitte, Héctor L. Scout, y alumnos brillantes como Raúl Leoni, quien llegaría a ser presidente de la República; Constantino Maradei Donato y Ramón I. Lizardi, obispo; Carlos Tinoco Rodil, gobernador y ministro del Trabajo; Héctor Guillermo Villalobos y José Manuel Barceló, gobernadores, y Luis Felipe Llovera Páez, ministro y miembro de la Junta Militar de Gobierno a raíz del derrocamiento de Gallegos.

Fragachán regresó a Caracas para encargarse de nuevo del Colegio Sucre, pero como subdirector del Internado del mismo Colegio en los Dos Caminos. En 1939 fue jubilado y condecorado con la Medalla de Honor de Instrucción pública. Entones, un grupo de ex alumnos, ya profesionales, que se hallaba para el momento en la ciudad lo enalteció públicamente.

Al año siguiente, 13 de abril de 1940, el maestro Narciso Fragachán falleció y fue sepultado en el Cementerio General del sur. El 4 de mayo de 1945, aniversario de su nacimiento, el gobernador de Bolívar, doctor Carlos Tinoco Rodil, ex alumno, decretó la Escuela que lleva su nombre y designó como directora a Isaura Bello de Garrido, hermana del doctor David Morales Bello, y quien falleció el 3 de marzo de 1989 luego de haber cumplido meritoria labor como educadora y también como dirigente magisterial en las toldas del partido político Unión República Democrática.

La figura de este insigne maestro que fue el bachiller Narciso Fragachán, fue exaltada en 1964 por sus ex alumnos que le erigieron un busto en el Paseo Orinoco.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Monumento a Francisco Antonio Zea


 El 15 de febrero de 1919, primer centenario del Congreso de Angostura, el Presidente del Estado, Marcelino Torres García, inauguró el monumento erigido por el ejecutivo en el hoy Paseo Orinoco, al primer Presidente del segundo Congreso Constituyente de Venezuela, licenciado Francisco Antonio Zea. El busto de mármol, modelado en Italia, fue montado por el alarife Modesto A. Villalobos. Asimismo se colocó un retrato en la Escuela Graduada Zea. El orador de orden, Cónsul de Colombia, Ricardo Galvis, exaltó la obra del ilustre patricio granadino en esta ciudad: “hermoso jirón de la heredad paterna, cien veces bendito y exaltado, donde el rumor del Orinoco soberbio y al susurro cadencioso de sus selvas milenarias, nuestros Libertadores entonaban hace un siglo el primer himno triunfal a la República. Desde el fondo de mi alma, doy gracias al Hado providencial que me ha concedido la fortuna de venir a residir para esta época en el hogar común de tantas glorias; y elevo, con igual sinceridad, fervientes votos porque el símbolo de unión y de concordia que debe perdurar en la epopeya boliviana, luzca sobre el cielo de América, realizado el sueño formidable del glorioso Libertador de cinco repúblicas (…) La acción de Zea fue tan imponente y fecunda, como las montañas antioqueñas que abrigaron su cuna; el caudal de su saber y su elocuencia tan intenso y poderoso, como el de las aguas del gigante río en cuya playa hospitalaria se le consagra este busto; su espíritu batallador tan combativo y recio, como el simún del desierto; su valor ciudadano tan aquilatado, como su altivez indomable; su amor a la libertad y a la justicia tan inmenso y tan puro, como es puro e inmenso el cielo esplendoroso de América Latina”.

Francisco Antonio Zea, además de Presidente del Congreso de Angostura y Vicepresidente de Colombia, fue el primer redactor del Correo del Orinoco. Se ausentó de Angostura después de clausuradas las sesiones del Congreso para cumplir en Inglaterra una misión encomendada por la República. Durante esa misión diplomática, en 1822, murió no sin antes haber pasado por los sinsabores propios de una época en la que la lucha de los patriotas venezolanos dependía en parte de los préstamos y ayuda de los ingleses.

Zea, quien también era botánico, había nacido en Medellín en 1770. Quince años más tarde terminó sus estudios de Filosofía y Teología y poco después se incorporó al Jardín Botánico de Bogotá, donde terminó su carrera.

A la edad de diecinueve años Zea sentía arder dentro de sí el sentimiento de libertad que estallaba en otros hombres de su patria como Nariño. Animado por ese fuego firma la declaración de Los Derechos del Hombre y es desterrado a la península. Allí transcurren 20 años y llega a ser Director del Jardín Botánico de Madrid y profesor de Ciencias Naturales, la que abandonó para integrar la Junta de Bayona, conservadora de los Derechos de Fernando VII y luego la prefectura de Málaga. Mas, siempre pensaba en América, colonizada y aherrojada y a ella volvió con la Expedición de los Cayos para ocupar los más prominentes y honrosos cargos de la Tercera República.

El 26 de junio de 1880, víspera del aniversario del Correo del Orinoco, el Presidente de Venezuela, Antonio Guzmán Blanco, decretó una pensión para la hija del Dr. Francisco Antonio Zea y reconoció a su favor la suma de 57 mil bolívares como parte que le correspondía de los 200 mil bolívares acordados como recompensa extraordinaria al Vicepresidente de Colombia, por el Congreso de Angostura el 19 de enero de 1820, fecha en la que clausuró sus sesiones.

sábado, 17 de diciembre de 2011

El americano más prominente


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El 17 de diciembre de 1830, pasada la una de la tarde, falleció en Santa Marta, Quinta de San Pedro Alejandrino, el libertador Simón Bolívar. Murió a la edad de 47 años, 4 meses y 23 días, justo cuando se desmoronaba su gran obra: Colombia, ya dividida en tres pedazos.

El primero de marzo de ese año había renunciado a la Presidencia de Colombia y entregado el mando al general Domingo Caicedo. Quería Bolívar, entonces, viajar al exterior, pero le fue imposible por falta de recursos y, sobre todo por su enfermedad que se acentuaba bajo el peso moral que para él significaban la disolución de la Gran Colombia, el asesinato de Sucre, la pobreza y el abandono de sus amigos.

Bolívar no pudo permanecer en Bogotá y se vio obligado a residenciarse en Cartagena, luego pasó a Barranquilla y de ahí, por mar, a Santa Marta, en camilla y sin esperanza de curarse.  En una casa pequeña, blanca y desnuda, cerca de la playa y después en la hacienda de San Pedro Alejandrino, propiedad del buen español Joaquín de Mier, terminaron sus días.

Su último mensaje escrito una semana antes de su muerte, dirigido a los colombianos, decía: “¡Colombianos! Habéis presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde antes reinaba la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonado mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando  me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que es más sagrado: mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puestas del sepulcro. Yo los perdono”.

Los restos del Libertador fueron trasladados a Venezuela en noviembre de 1842 en los buques venezolanos Constitución y Caracas, el bergantín Albatros, de S. M. B., la Venus, bergantín de guerra holandés y la fragata de guerra francesa Circe, que conducía a los señores Doctor José María Vargas, General José María Carreño y Mariano Ustáriz, comisionados de Venezuela para recibir los restos del Libertador.

El cadáver de Bolívar había sido sepultado en la Iglesia Catedral en la bóveda de la familia Díaz Granado y en 1834 fue destruida por un terremoto y restaurado el túmulo hasta ese día de su traslado.

La BBC de Londres, tratando de hacer un reconocimiento a los líderes del mundo durante el siglo diecinueve, llegó a la conclusión, mediante el estudio y análisis de varios historiadores, que Simón Bolívar, nacido en Caracas el 24 de julio de 1783 y muerto en Colombia el 17 de diciembre de 1830, sobresale entre todos por sus grandes ejecutorias como intelectual, guerrero y estadista que resumió así: “Con sólo 47 años de edad peleó en 472 batallas siendo derrotado sólo seis (6) veces. Participó en 79 grandes batallas, con el gran riesgo de morir en 25 de ellas. Liberó 5 naciones, cabalgó 123 mil kilómetros, más de lo navegado por Colón y Vasco de Gama combinado. Fue jefe de Estado de 5 naciones. Cabalgó con la antorcha de la libertad la distancia lineal de 6.500 kilómetros, esa distancia es aproximadamente media vuelta a la tierra. Recorrió 10 veces más que Aníbal, 3 veces más que Napoleón, y el doble de Alejandro Magno. Sus ideas de libertad fueron escritas en 92 proclamas y 2.632 cartas. Lo más increíble fue que muchas de ellas fueron dictadas de forma simultánea y en diferentes idiomas a distintos secretarios. El ejército que comandó nunca conquistó… Sólo liberó. Este fue el argumento con que la BBC de Londres eligió al Libertador Simón Bolívar como el Americano más prominente del siglo 19”.

viernes, 16 de diciembre de 2011

General Matías Alfaro


 

Luisa Carlota Reyes Santodomingo vive en Monagas y de paso por estas tierras del Orinoco, nos echa el cuento de su bisabuelo el general Matías Alfaro, considerado “ilustre prócer” en un Decreto del 15 de enero de 1909 dictado por el presidente del Estado Bolívar doctor Antonio María Delgado.

El decreto del ejecutivo regional dispone que “en la necrópolis de esta ciudad y sitio que guardan los despojos  del ilustre prócer General Matías Alfaro, se construirá un túmulo como testimonio de reconocimiento del pueblo bolivarense a las relevantes y encomiables virtudes de tan eminente ciudadano”.

Matías Alfaro, natural de Píritu de Barcelona (1826), había muerto en Ciudad Bolívar el 29 de octubre de 1901, siendo jefe de las milicias. Comenzó guerreando en el bando federalista en 1859 con 300 llaneros de sus fincas pecuarias y las de otros vecinos. Fomentó acciones guerrilleras en Oriente y tuvo actuación efectiva en los combates que desde Oriente contribuyeron al triunfo de la Guerra Federal.

Opositor después del gobierno de Guzmán Blanco, éste lo exiló en Ciudad Bolívar de donde no podía salir para otro lugar fuera o dentro del país. Lo que llaman “la ciudad por cárcel” después de haber estado engrillado en La Rotunda. En Ciudad Bolívar donde tenía amigos como José Pío Rebollo, se quedó definitivamente sin que por ello perdiera su espíritu revolucionario, pues siempre estuvo metido en conspiraciones como la que derrocó al presidente del estado Bolívar, médico, político y escritor, Antonio María Parejo. familia.


El general Matías Alfaro, respetado y admirado por los bolivarenses, fomentó un hato en las cercanías de Ciudad Bolívar y vivía en una casa que hizo construir en el Paseo San Antonio, cerca del Convento, donde hizo familia con su esposa Dolores y sus hijos homólogos Dolorita y Matías. Una casa, según explica su biznieta Luisa Carlota Reyes Santodomingo (nacida allí en 1920), con pisos de madera y techos de teja, rodeada por grandes corredores, muchas palmeras, flores de malabar, rosas y jazmines. La casona disponía de salones con muebles de la época, piano de cola y retratos de
El 29 de octubre de 1901, a la edad de 75 años y siendo jefe de las Milicias de Ciudad Bolívar y presidente local del Partido Liberal, falleció allí en esa casa el general Matías Alfaro, quien cinco meses antes había participado en la Junta pro inauguración de la estatua al general Juan Crisóstomo Falcón en el hoy Paseo Orinoco. El Obispo Monseñor Antonio María Durán ofició las exequias encabezada por el presidente del Estado General Julio Sarría Hurtado.

El Paseo San Antonio transformado con el tiempo en la Avenida Moreno de Mendoza, fuera del Paseo Orinoco,  era la arteria socialmente neurálgica de Ciudad Bolívar a comienzos del siglo veinte. Allí en esa vía donde se hallaba la casa del general Matías Alfaro, se escenificaban los Toros Coleados y las Carreras de Cintas. Al siguiente día de publicarse el decreto de homenaje al mentado prócer de la Guerra Federal Matías Alfaro, el Ejecutivo (enero 16) publica la siguiente nota: “De conformidad con el programa publicado en hoja especial por la entusiasta Junta Directiva, se verificarán mañana en el Paseo San Antonio, a las 4 de la tarde, las alegres corridas de cintas que tanto mueven el regocijo general a los morichales, pues a pasar un rato agradable y bien divertido”.

La devoción por San Antonio, ya extinguida, la introdujo en Ciudad Bolívar el Obispo Antonio María Durán hasta tal punto que detrás de la Catedral fue erigido un oratorio al monje egipcio y la Municipalidad le puso su nombre a la Avenida Moreno de Mendoza.


jueves, 15 de diciembre de 2011

Marcelino Torres García


 

El 25 de febrero de 1915 se instaló la Asamblea Legislativa, previamente convocada con un solo punto: la elección del nuevo presidente del Estado, elección que recayó como bien estaba previsto en la persona del general Marcelino Torres García para el período constitucional 1915-1918.

Diputados al Congreso Nacional fueron electos el doctor Luis Godoy y el general César Vicentini. Senadores: doctor Manuel Díaz Rodríguez y doctor Domingo A. Coronil.

Torres García tomó posesión de la Presidencia del Estado el día siguiente a las nueve de la noche, junto con el Dr. José de Jesús Gabaldón y el Gral. Anselmo Zapata Ávila, primer y segundo vicepresidentes, respectivamente.

Nombró secretario general de Gobierno al Dr. W. Monserratte Hermoso, quien cinco meses luego fue sustituido por Víctor Alberto Rodríguez y éste finalmente por el Dr. J. M. Agosto Méndez.

El Situado constitucional de ese año de acuerdo con la Ley de Presupuesto del Estado, era de 33.610 bolívares mensual. El Presidente del Estado devengaba un sueldo de 1.600 bolívares y un mil el secretario general.

Cuando el general Marcelino Torres García fue electo, ya se hallaba en el despacho desde hacía meses cubriendo en calidad de vicepresidente la ausencia repentina del titular Luis Godoy.  Entonces los bolivarenses daban por seguro como realmente ocurrió que sería el nuevo Presidente del Estado en virtud de haber pacificado la región del Yuruari con la derrota de Angelito Lanza en la batalla de Las Chicharras.

Uno de sus primeros actos de gobernador electo fue el de sustituir el Puente Lange sobre el río San Rafael por otro de mayor confiabilidad y en tal virtud decretó el 16 uno de hierro y mampostería, de 22 metros de largo por 4.50 de ancho y 2.50 de alto conforme a los planos presentados por el ingeniero municipal Dr. J. Mendoza Briceño a cuyo cargo corrió la dirección técnica. En vez de Lange se llamará Puente Gómez asumió el poder de forma absoluta.

Para los gobernantes gomecistas el 19 de diciembre era una fecha tan importante como cualquiera efemérides patriótica y, por lo tanto, era conmemorada con actos oficiales que incluía la inauguración o decretos de realización de obras de servicio y monumentos públicos.

A tal efecto, el 19 de diciembre de 1916, el presidente del Estado decretó la creación de la Banda Gómez, bajo la dirección del profesor José Francisco Calloca, músico italiano llegado a Ciudad Bolívar a comienzo de siglo como integrante de una de esas compañías de espectáculos teatrales que visitaban a Venezuela y no regresaban sonantes pasar por el Teatro Bolívar.

Calloca, anteriormente había sido director de Banda Marcial del Batallón Rivas Nº 17 y subdirector de la Banda del Estado.  Estuvo en Caracas en 1914 y en el Templo de Altagracia, un Viernes Santos, estrenó su obra La Paráfrasis de Job, muy reseñada por la prensa.

El general Marcelino Torres García se lo trajo nuevamente para ponerlo al frente de una Academia de Música creada por decreto del 3 de agosto de 1915 y cuyo único objeto era el de formar 40 músicos para una nueva Banda, es decir, la Banda Gómez. La dirección de banda Marcial del Batallón Rivas, la puso en manos de Manuel Jara Colmenares, antiguo director de la Banda del Estado desde finales de siglo anterior.

La Banda Gómez fue vestida por la Casa Italia Adolfo Lapini con dos juegos de 44 uniformes de gala y media gala. Los primeros de excelente paño negro de forma dolmar, de dos hileras de botones plateados y brandeburgos blanco y azules, sus correspondientes kepis de forma alta, semejantes al usado por ciertos cuerpos de la infantería italiana.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El Reloj de la Esquina Boulissiere


 En noviembre de 1914, los bolivarenses citadinos sufrían escasez debido a la depresión económica causada por el conflicto de la Primera Guerra Mundial, pues Ciudad Bolívar así como exportaba todo cuanto se producía en el arco sur del Orinoco, importaba hasta papel para las publicaciones periódicas. El único periódico que quedó circulando, pero con apenas cuatro páginas era el vespertino El Luchador de los Hermanos Suegart, pero con espacios para comentarios como éste: “No sabemos si también por causa del conflicto europeo -Guerra franco-prusiana- pero es lo cierto que los relojes tipos de Ciudad Bolívar como el de la Catedral, el del Acueducto, el del Resguardo, y no hablemos del de la Esquina Boulissiere que anda más descordado que un contrabajo sin bordones, vienen marchando desde hace algunos días cada uno por su cuenta y con tal disparidad que a los infelices empleados se les hace una verdadera galimatías el saber la hora a que deben marchar a su trabajo”.

La Esquina Boulissiere, entre el actual Paseo Orinoco y Calle Dalla Costa, a la que se refiere la nota, se llamaba así porque allí el señor Eugenio Boussiliere (primer Comisario que tuvo La Electricidad de Ciudad Bolívar -1910) tenía un negocio que vendía fonógrafos y lámparas de acetileno. Esta igualmente se llamó Esquina Guevara y Coll cuando este señor tenía allí su tienda y Esquina von Büren cuando los hermanos von Büren Wenzel (Antonio, Carlos y Enrique) procedentes de Alemania, establecieron en el siglo XIX una Relojería y Platería. Fue a ellos a quienes se les ocurrió traer de Alemania el gran reloj esférico de cuerda que siempre, todavía, está en la esquina y por el cual se orientaban los citadinos para ir a su trabajo. Igualmente se orientaban por el Pito del acueducto, el pito de La Electricidad o los relojes de la Catedral, pero según la nota cada cual andaba por su cuenta.

Para el tiempo de la colonia el único reloj conocido en Venezuela era el Reloj de Sol, pero Ciudad Bolívar no lo conoció como sí Caracas en la Plaza San Jacinto. Y si bien en la redoma inmediata al Puente Gómez, entrada de La Sabanita, existe un atractivo Reloj de Sol, de muy reciente data y cumple una función meramente ornamental, gracias a la inquietud del doctor José Nancy Perfetti, fundador del Centro de Geo-ciencias de la UDO.

Ciudad Bolívar, la otrora Angostura del Orinoco, desconoció el uso de instrumentos primitivos para medir el tiempo porque para el año de su fundación o traslado a esta parte del Orinoco (1764) estaban en desuso, pues ya existían en Europa, contexto de la España colonizadora, relojes mecánicos de tamaños que incluían no solamente el de bolsillo y el mecánico automático, sino el cronómetro, reloj de mayor precisión, inventado en 1735 por el británico John Harrison.

Por supuesto, no todo el mundo podía gastarse un reloj, por lo que se generalizaron los relojes públicos para orientar la entrada y salida al trabajo. Los primeros relojes públicos se situaron en las torres de las iglesias, plazas y estaciones. El célebre reloj de la Plaza de San Marcos, en Venecia, data del siglo XV y es una obra única en su género y de la misma época es el de la torre de la Estación de Lyon en Francia, uno de los más grandes de Europa.

Angostura, durante el período de la Colonia fue una ciudad muy pobre, le bastaba con alzar los ojos al cielo para tener una idea aproximada de la hora con sólo ubicar la posición del Sol o las estrellas.

martes, 13 de diciembre de 2011

Las torres del telégrafo


  El 15 de enero de 1920, comenzaron los trabajos de instalación de tres altas torres, una en Puerto Blohm de Ciudad Bolívar, otra sobre la Piedra del Medio y la tercera en la ribera opuesta de Soledad, a objeto de sustituir al cable subfluvial que hacía posible la comunicación telegráfica con el resto de Venezuela.   Las torres con una altura de 30,20 metros estaban siendo instaladas por los ingenieros H. Gibson, Federico Crispín y el alarife Alejandro Sutherland.

El telégrafo había llegado primero a Soledad que a Ciudad Bolívar debido a la barrera del Orinoco, la cual se salvó posteriormente con un cable subfluvial y finalmente en 1920 con la instalación de estas  tres torres.

Originalmente, los citadinos bolivarenses debían enviar su mensaje a la Estación de Soledad cada vez que necesitaban comunicarse con Caracas. Pero el estado Bolívar como entidad federal tenía un servicio telegráfico interno que terminó de construir en 1885 el general Manuel M. Gallegos, a quien el Gobierno nacional le había contratado levantar 10 leguas de líneas telegráficas para poner en comunicación a Ciudad Bolívar con el resto del interior del Estado.

La comunicación telegráfica directa con Caracas y sin el contacto con la Estación de Soledad quedó resuelta con el cable subfluvial y finalmente con las torres. Para ese año y desde 1907, la central telegráfica operaba desde la calle Igualdad. En 1921 se instaló en Maracay la telegrafía inalámbrica y muy pronto se extendió a otras ciudades de Venezuela, incluyendo a Ciudad Bolívar que incluso la extendió en febrero de 1940 a Puerto España. Los servicios fueron mejorando y perfeccionándose hasta complementarse en 1943 (5 de abril) con el servicio Radiotelefónico, bendecido en acto especial por el Vicario de la Catedral, Dámaso Cardozo.

A medida que se extendía el servicio y se multiplicaron los operarios se fueron produciendo las luchas reivindicativas que lograron su primer fruto en tiempo de Cipriano Castro con la constitución de las cajas de ahorros para la Sociedad de Telegrafistas. El Día del Telegrafista, 24 de mayo, fue consagrado por decreto del doctor Leonardo Ruiz Pineda siendo ministro de Comunicaciones en tiempos de Rómulo Gallegos.

El Gobierno nacional desde el período de Raúl Leoni emprendió una reorganización de los servicios telegráficos nacionales que incluía la creación de una empresa nacional de comunicaciones, tal resultó ser Ipostel, que integró todos los servicios incluyendo correos y télex. La unificación, positiva en alto grado, favoreció tanto a usuarios como a profesionales y trabajadores de la telecomunicación porque implicó la modernización de la red y las edificaciones en función de la concentración de los servicios, mejor aprovechamiento del personal existente, incremento de su calidad y la eliminación progresiva de las franquicias que para finales de los años setenta representaban el 46 por ciento del tráfico total.

En conclusión, la comunicación inalámbrica, la radiotelegrafía y el discado a larga distancia terminaron con la utilidad de las tres torres que al fin desaparecieron dejando una especie de nostalgia, especialmente la del Puerto de Blohm, donde cotidianamente se situaba el chichero Bernardo y se montaba cuando muchacho Eduardo Viamonte (Melgar) para descargar su torrente de voz cantando Granada y Torna Pichina mía.

Melgar, además de su vocación de cantante, quería  ser torero y en busca de ese destino muchas veces se tiro al ruedo del Circo Monedero bajo el estímulo de los aficionados. El muchacho se fajaba resuelto y sin temor, hacía buena faena hasta que un buen día Cayetano Ordóñez quedó tan impresionado que  se lo llevó para España donde llegó a medirse con los famosos de la época.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La tortuga arrau del Orinoco


 Hubo un tiempo, aquí en Ciudad Bolívar, que cuando se acercaban los días de la Semana Santa, comenzaban a llegar las embarcaciones cargadas de tortuga y en el mercado las ofrecían entre 7 y 8 bolívares.

El carapacho de tortuga era el plato favorito de los guayaneses durante los días de la semana mayor, al igual que el pastel de morrocoy. Sólo que desde los años sesenta del siglo pasado, casi se ha perdido la tradición debido a la veda por la desmedida explotación que impide, represivamente, la captura de este quelonio de carne tan proteica, sabrosa y nutritiva.

Pero más que por su carne, la tortuga del Orinoco es perseguida por sus huevos, los cuales dan un aceite comparable al de oliva, utilizado como combustible y en la preparación de alimentos desde los tiempos primitivos hasta la segunda década del siglo veinte.

La tortuga del Orinoco no ha llegado a desaparecer del todo gracias a un aldabonazo dado a tiempo en la conciencia de las autoridades ambientales y de los recursos naturales renovables, que ahora se preocupan y mantienen programas dirigidos a su conservación y multiplicación.

Entre los años 1952 y 1961, la captura de las tortugas del Orinoco durante el tiempo de desove, arrojó un promedio de 13.000 ejemplares por año. Si en 1962 el MAC no se hubiera decidido a tomar en cuenta las recomendaciones de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, dictando veda por 5 años que luego fue prorrogando, la infortunada arrau habría corrido la suerte fatal de las tortugas Tostudo de los Galápagos.


La explotación y aprovechamiento comercial de la carne y huevos de la arrau datan desde los mismos tiempos de la colonia, pero no fue sino al comienzo de la segunda mitad del siglo veinte cuando comenzó a manifestarse una preocupación tangible por su suerte desde el punto de vista técnico y científico.

Alejandro de Humboldt y Aimmé Bonpland, cuando en 1800 exploraron el Orinoco, estimaron unas 330 mil en la sola isla Pararuma.
Mosquera Manso, en 1945, señaló unas 120 mil y J. Ojasti, investigador del MAC, dijo en 1967 que ya no quedaban en el río sino unas 14 mil tortugas.

Por su parte, otro de los más preocupados por la destrucción de esta especie de la fauna orinoqueña, doctor Janis A. Roze, Premio Nacional de Investigaciones Científicas, advirtió como signo de extinción, no obstante, la demanda e incremento de la población humana, la progresiva disminución de la rata de explotación evidenciada por las siguientes cifras: 19 mil 566 ejemplares capturados en 1947; en 1950, 15 mil 847; en 1952, 12 mil 55; en 1957, 10 mil 400 y en 1961, 9 mil 88 tortugas. Vale decir que en 15 años la captura disminuyó en más de un 50 por ciento y no por falta de mercado, pues la demanda siempre fue creciente, especialmente en la temporada de Semana Santa, sino por su explotación irracional coadyuvada por depredadores naturales como el jaguar, el caimán, la garza y el caricari.

Los guayaneses no desperdiciaban nada de la tortuga una vez beneficiada. Aprovechaban hasta el carapacho. Una vez tratado y disecado, servía como recipiente e incluso para diversión de los muchachos lanzándose por las empinadas calles de la ciudad abordo de ellas.

Chanffajón cuando navegó el Orinoco buscando sus cabeceras, escribió, y esto lo repitió Julio Verne en su novela El Soberbio Orinoco, que había tantas que se podía ir de una orilla a otra del río dando pasos sobre sus caparazones.

Raimundo Aristeguieta quiso enlatar la carne de tortuga, pero la idea se quedó en proyecto porque ya el quelonio estaba en proceso de extinción.

domingo, 11 de diciembre de 2011

La Sociedad de la Historia


 El 24 de septiembre de 1918, el presidente del estado, general Marcelino Torres García, dictó un decreto por medio del cual se creaba la “Sociedad de la Historia”, corporación que tenía por objeto estudiar los anales patrios, preferentemente los de Guayana y todo lo que tuviese relación con la historia nacional.

Estaba integrada por veinte miembros de número y se instaló el 22 de octubre del mismo año, en conmemoración del primer centenario de la convocatoria del Congreso de Angostura, con la asistencia del residente del estado y el secretario de gobierno, Rafael Villanueva Mata.

La sociedad la integraron los ciudadanos doctor Bartolomé Tavera Acosta, doctor Jesús Mendoza Briceño, doctor Wenceslao Monserratte Hermoso, doctor Juan Manuel García Parra, doctor Luis Felipe Vargas Pizarro, Hilario Machado, doctor Adrián María Gómez, doctor Félix Rafael Páez, Federico Vicentini, doctor José Tadeo Arreaza Calatrava, doctor Antonio María Delgado, doctor Cipriano Fry Barrios, doctor José Tadeo Ochoa, doctor José Manuel Agosto Méndez, doctor José Eugenio Sánchez Afanador, bachiller Rafael Ramón Recao, doctor Juan Pérez Veracoechea, doctor Pablo H. Carranza, doctor Luis Alcalá Sucre y Juan Manuel Sucre.

Comenzó a funcionar bajo la presidencia del doctor J. Mendoza Briceño, acompañado en la directiva por el doctor C. Fry Barrios, en calidad de subdirector; J. E. Sánchez Afanador, tesorero; Rafael Recao, secretario y doctor Bartolomé Tavera Acosta, bibliotecario.

El órgano oficial de la Sociedad, Fastos de Guayana, apareció en noviembre del mismo año bajo la administración de Monserratte Hermoso, informando que saldría el 15 de cada mes en número de 40 ó 50 páginas con colaboraciones previamente solicitadas.
Aceptaba anuncios y su precio era de 0,50 bolívares al pregón.

El doctor J. Mendoza Briceño, al tomar posesión como Director de la “Sociedad de la Historia”, expresó que “sólo en méritos de vuestra genial cultura, cábeme la honra de ocupar este sitio, enaltecedor en extremo, y digno sin duda, de otro elemento que, si no mejor inspirado hacia el noble fin de esta naciente corporación poseedor, sí, de más luz intelectual, de más amplias credenciales adquiridas en el debate de la ciencia: indispensables atributos que a manera de fuerzas propulsoras, actúen como vehículos del espíritu, habilitándole para ejercer dignamente un provechoso análisis sobre el campo exuberante del pasado.

Tres factores concurren como signos determinantes de la persona del historiador: la ciencia, que le ilustra sobre las propiedades de los seres y le demuestra los principios que han de fundamentar su criterio en el juicio sobre las instituciones humanas; las letras, que le enseñan el mecanismo de la narración con la elocuencia y el estilo propios del mérito que distingue a la verdad; y, por último el arte, que le da elementos múltiples con qué dotar su fantasía, ora con el ejemplo, ora con simples imágenes bastantes a orientarles sobre el origen y consecuencia de los actos del hombre.

Ninguna de estas meritorias preseas engalanan mi intelecto, bien lo sabéis, y he aquí por qué sea tanto mayor mi deuda de estimación ante la hidalguía de que hacéis gala dispensándome el honor de presidiros.

Señores: Labor fecundadora del estímulo compete, desde este día, a cuantos con el alma henchida de entusiasmo, hemos aceptado el cultivo de tan hermoso ideal, vertido en el molde de un singular anhelo que nos conduce ante el altar de la patria a ofrendarla con el incienso de nuestras actividades.

Tan ilustre faena ha de ser superior a nuestro haber intelectual, pero jamás contrario a nuestra índole, pues que, algo así como en alas de un secreto impulso, persigue el hombre el por qué de cuanto le rodea (…)”.

sábado, 10 de diciembre de 2011

La publicidad del siglo pasado

CABALLERO HAGASELA SUAVE Y PLACENTERAMENTE.
Su afeitada le proporcionara un suave placer con la crema de afeitar MENNEN.


 La publicidad es tan antigua como el mercado mismo. La necesidad de dar a conocer un producto o un servicio por el medio masivo más adecuado, impuso lo que actualmente conocemos como publicidad.

La técnica de comunicación comercial de nuestros días está más que avanzada en comparación con las formas primitivas de hacer publicidad, Hoy en día se cuida mucho la forma y estética del mensaje tomando en cuenta lo que se recomienda o sugieren algunas disciplinas relacionadas con el comportamiento del ser humano como la psicología, la sociología, la antropología, la estadística y la economía. Todos estos temas, por lo general, son indispensables, científicamente hablando, en el estudio de mercado y concepción de un mensaje adecuado para el público.

Por supuesto que hasta mediados del siglo veinte, la publicidad era más simple y menos científica pues el mensaje publicitario no contaba con los medios radioeléctricos y audiovisuales de hoy, sino con el mensaje periodístico completado con los cartelones, los vidrios cinematográficos y los impresos tipográficos.

Particularmente, los periódicos bolivarenses hasta muy avanzado el siglo pasado distribuían la publicidad en primera y última páginas. Una publicidad constante, frecuente en primera página, era la Emulsión de Scott, la del hombre del bacalao, que para le época parecía no sólo la panacea de muchos males comunes sino que además prometía buena salud y crecimiento. Destacaba la que el establecimiento mercantil “El Cóndor” dedicaba a los fonógrafos portátiles recién llegados de los Estados Unidos, distribuidos por Miguel L. Ramírez.  Asimismo, E. Boulissiere vendía fonógrafos y discos Pathé.  Nunca faltaba la publicidad de las Velas Huecas, de superior estearina considerada de mayor duración que las macizas a juicio de su fabricante en Caracas, E. Franklin.
Los cigarrillos La Colombina cuya cajetilla venía con la figura de un animal que se sorteaba todos los meses y se pagaba cinco bolívares por cada animal premiado. El febrífugo de Valentiner Behrens preparado con plantas indígenas que según la publicidad era infalible contra el paludismo, las afecciones del bazo y del hígado. Las píldoras topológicas del N. Bolet, recomendadas para regenerar la sangre y tonificar el sistema nervioso.
Perfumes de toda clase, especialmente los de marca Rigaud, violeta blanca, de Birmania, Flores de Auvrnia, Luis XV, Lilas de Persia; píldoras vegetales de Bristol, purificador zarzaparrilla, píldoras purgativas del Doctor Guillie, Ron viejo hilo de oro, el Cholagogue universal publicitado como el más poderoso, el más activo y el más popular de todos los específicos contra el Paludismo, Hemoglobina en vino y granulada para combatir la anemia, la Febricine para  atacar las fiebres y disentería, el jarabe de Nafé contra la tos, el resfriado y la bronquitis.

La Botica El Águila de Guillermo Lange se gastaba un cuarto de aviso en los periódicos para promocionar su variedad de perfumes importados. Agostine & Mariani vendía el vino Medoc; Alejandro Castro tenía una Agencia de despacho de buques en la calle Dalla Costa; La Botica del Orinoco, situada en la Alameda vendían Bacilina anticatarral. Boragina competía con sus tijeras de barbero desde la calle Orinoco con las de Antonio Lauro en su “Petit Trianon Barbería”.

Estaban de moda y bien publicitadas novelas de Víctor Hugo, Dumas, Claretie, Sué Pierre Loti, Belot. Se vendía el tomo a 2 reales. La heladería de Iberia de los Hermanos Palazzi vendía unos helados que muchos mezclaban con la colita Cardier.

Blohm, Acquatella y Pietrantoni exportaban cueros, Domingo Valery exportaba Balatá; Virgilio Casalta, cauchos del Caura; Palazzi Hermanos, plumas de garza; Rafael Bermúdez, café y oro fundido. Todos estos productos publicitados casi diariamente en la prensa local.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La novedad de las bombillas


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La llegada de la luz eléctrica a Ciudad Bolívar inclinó a numerosas casas mercantiles a incorporar el ramo de los artefactos eléctricos como bombillas, sócates, cables, fusibles y la última novedad en esa materia según publicidad de entonces fueron las llamadas “Lámparas eléctricas movedizas” (en la foto) de la marca Wolf. Esta lámpara se podía colocar en cualquier lugar “y siempre la luz sin lastimar la vista”. La recomendaban para los doctores como algo indispensable. Asimismo para los dentistas, dibujantes y escribanos. Para las señoras que acostumbraban coser en máquinas, lo mismo que para las señoritas que tocaban el piano. La dicha lámpara constaba de tres brazos, 42 pulgadas, extendidas y 14 dobladas. 

Niqueladas, de latón o cobre. Estas lámparas llegaban por el puerto fluvial de la ciudad procedentes de la casa Mendoza Bros de Nueva York.
Había casas de familias y sedes de instituciones oficiales que no obstante haber contratado el servicio de energía eléctrica difícilmente abandonaron las antiguas lámparas de carburo granulado o acetileno. Por ejemplo, la Catedral instaló el 13 de marzo el alumbrado de gas acetileno con un aparato central generador marca “Monach” importado de los Estados Unidos. Daba una luz clara en tres arañas, con diez mecheros cada una en la nave mayor; 14 mecheros en el Presbiterio del Altar Mayor; una en la Sacristía; 5 en el Coro Alto; 15 en la nave lateral del Carmen; 15 en la lateral de Cristo; por su instalación el obispo Durán pagó 682,85 pesos.
La bombilla o lámpara incandescente llegó a Ciudad Bolívar al mismo tiempo que entró en servicio en julio de 1911 la Planta Eléctrica movida por vapor producido en calderas con carbón antracita. Las bombillas se instalaban dentro de las edificaciones y en el ambiente externo los llamados arcos voltaicos, de una luz más intensa producida por electrodos alimentados con una corriente de 10 amperios. La corriente provocaba un gran calentamiento en el punto casi de contacto de los electrodos dando lugar entre ellos una descarga luminosa similar a la llama.
La bombilla es uno de los inventos más utilizados por el hombre desde su creación hasta la fecha. Según la revista Life es la segunda más útil de las invenciones del siglo XIX. La comercialización de la bombilla por parte de la compañía Edison estuvo plagada de disputas de patentes con sus competidores.
En torno a 1914 las bombillas sufrieron una fuerte reducción de su vida útil, disminuyendo su duración de las 2 mil 500 a las mil horas. La bombilla se convirtió así en el primer objeto de consumo víctima de la obsolescencia programada. El cartel de productores, participado entre otros por Phillips, Osram y Zeta, llegó a un acuerdo de colusión para fomentar la adquisición de bombillas reduciendo conscientemente su duración.
Los bolivarenses de la ciudad capital estaban felices con la llegada de la electricidad y todo cuanto ello significaba para el porvenir de la ciudad. Los únicos que parecían preocupados eran los vecinos de la planta por el ruido que producía y optaron por ofrecer en ventas sus viviendas a la compañía. Preferían disfrutar a la distancia del beneficio de una electricidad a la cual muchos le atribuían algo mágico. Si era capaz de imitar la luz del día para disolver la noche, cualquier cosa más podía esperar la gente del fenómeno y de ello estaba seguro el doctor Chass De Grath, quien inventó el específico “Aceite eléctrico” para calmar toda clase de dolor. Se hacían entonces toda clase de especulaciones y hubo quien pensara si acaso los arcos voltaicos no contribuirían a aumentar la temperatura del verano  por las noches.