domingo, 11 de diciembre de 2011

La Sociedad de la Historia


 El 24 de septiembre de 1918, el presidente del estado, general Marcelino Torres García, dictó un decreto por medio del cual se creaba la “Sociedad de la Historia”, corporación que tenía por objeto estudiar los anales patrios, preferentemente los de Guayana y todo lo que tuviese relación con la historia nacional.

Estaba integrada por veinte miembros de número y se instaló el 22 de octubre del mismo año, en conmemoración del primer centenario de la convocatoria del Congreso de Angostura, con la asistencia del residente del estado y el secretario de gobierno, Rafael Villanueva Mata.

La sociedad la integraron los ciudadanos doctor Bartolomé Tavera Acosta, doctor Jesús Mendoza Briceño, doctor Wenceslao Monserratte Hermoso, doctor Juan Manuel García Parra, doctor Luis Felipe Vargas Pizarro, Hilario Machado, doctor Adrián María Gómez, doctor Félix Rafael Páez, Federico Vicentini, doctor José Tadeo Arreaza Calatrava, doctor Antonio María Delgado, doctor Cipriano Fry Barrios, doctor José Tadeo Ochoa, doctor José Manuel Agosto Méndez, doctor José Eugenio Sánchez Afanador, bachiller Rafael Ramón Recao, doctor Juan Pérez Veracoechea, doctor Pablo H. Carranza, doctor Luis Alcalá Sucre y Juan Manuel Sucre.

Comenzó a funcionar bajo la presidencia del doctor J. Mendoza Briceño, acompañado en la directiva por el doctor C. Fry Barrios, en calidad de subdirector; J. E. Sánchez Afanador, tesorero; Rafael Recao, secretario y doctor Bartolomé Tavera Acosta, bibliotecario.

El órgano oficial de la Sociedad, Fastos de Guayana, apareció en noviembre del mismo año bajo la administración de Monserratte Hermoso, informando que saldría el 15 de cada mes en número de 40 ó 50 páginas con colaboraciones previamente solicitadas.
Aceptaba anuncios y su precio era de 0,50 bolívares al pregón.

El doctor J. Mendoza Briceño, al tomar posesión como Director de la “Sociedad de la Historia”, expresó que “sólo en méritos de vuestra genial cultura, cábeme la honra de ocupar este sitio, enaltecedor en extremo, y digno sin duda, de otro elemento que, si no mejor inspirado hacia el noble fin de esta naciente corporación poseedor, sí, de más luz intelectual, de más amplias credenciales adquiridas en el debate de la ciencia: indispensables atributos que a manera de fuerzas propulsoras, actúen como vehículos del espíritu, habilitándole para ejercer dignamente un provechoso análisis sobre el campo exuberante del pasado.

Tres factores concurren como signos determinantes de la persona del historiador: la ciencia, que le ilustra sobre las propiedades de los seres y le demuestra los principios que han de fundamentar su criterio en el juicio sobre las instituciones humanas; las letras, que le enseñan el mecanismo de la narración con la elocuencia y el estilo propios del mérito que distingue a la verdad; y, por último el arte, que le da elementos múltiples con qué dotar su fantasía, ora con el ejemplo, ora con simples imágenes bastantes a orientarles sobre el origen y consecuencia de los actos del hombre.

Ninguna de estas meritorias preseas engalanan mi intelecto, bien lo sabéis, y he aquí por qué sea tanto mayor mi deuda de estimación ante la hidalguía de que hacéis gala dispensándome el honor de presidiros.

Señores: Labor fecundadora del estímulo compete, desde este día, a cuantos con el alma henchida de entusiasmo, hemos aceptado el cultivo de tan hermoso ideal, vertido en el molde de un singular anhelo que nos conduce ante el altar de la patria a ofrendarla con el incienso de nuestras actividades.

Tan ilustre faena ha de ser superior a nuestro haber intelectual, pero jamás contrario a nuestra índole, pues que, algo así como en alas de un secreto impulso, persigue el hombre el por qué de cuanto le rodea (…)”.

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