miércoles, 21 de diciembre de 2011

Despedida y muerte de Frank Boland



 

Según las crónicas, Frank Boland y sus acompañantes se despidieron de la ciudad después de haber permanecido en ella 14 días. El 15 de enero en el vapor “Delta” embarcó junto con sus acompañantes y dos biplanos desarmados, rumbo a Trinidad donde ya trabajaba un Comité para hacer una demostración igual a la que disfrutaron los bolivarenses. Jorge Suegart le regaló un botón de oro cochano de El Callao.

Frank Boland llegó el viernes 17 a Puerto España. Pocos días después de su llegada, se convino en que debía dar un vuelo de exhibición en la sabana de “Quenns'Park” el sábado por la tarde, y con tal fin se abrió una contribución pública a beneficio del aviador, tal cual como se hizo en las cinco ciudades venezolanas, incluida Ciudad Bolívar, no obstante que el espectáculo sería gratis para el público en general.

Preparándose para el día oficial de la exhibición y como incentivo además al goce del acontecimiento, Frank Boland decidió hacer un vuelo de prueba el miércoles 5 de febrero por la tarde, pero con tan mala suerte que después de un despegue feliz y cuando volaba sobre una mansión de Saint Clair, su aparato descendió repentinamente y en fracción de segundos cayó al suelo hecho pedazos. Frank Boland quedó lanzado como a unos cuarenta pies del aparato. Auxiliado por vecinos cercanos fue llevado al Hospital Colonial donde la autopsia determinó fracturas de las costillas del lado izquierdo, una de las cuales atravesó el corazón causándole la muerte.

Frank Boland fue sepultado en el Cementerio Lapeyrouse, donde permaneció hasta que sus restos fueron trasladados a Nueva York el lunes siguiente por el “Vasari”, de la línea Lamport & Holt.

El bolivarense Juan Manuel Rodríguez, residenciado para la fecha en Trinidad, fue testigo ocular del accidente mortal del primer avión que surcó los aires venezolanos. En carta enviada a su hermano Elías Rodríguez cuenta lo que hizo cuando vio que el biplano se precipitó a tierra: “Hacia allá eché a correr entonces y llegué con dos o tres más que siguieron de la hondonada de la estación de St. Clair; pero hermano, no creo ver jamás rostro de muerto más sereno; no había en él la menor contracción, nada que indicase dolor ni espanto, y por toda señal de lesión, un hilo de sangre, muy fino, que le corría sobre el lado inferior; los ojos abiertos naturalmente, pero sin luz; la respiración paralizada: la muerte fue instantánea. La autopsia demostró que casi no le quedó costilla sana y que la fractura de éstas lesionó el corazón y los pulmones en varias partes. Esa operación se efectuó en el Hospital a donde lo condujo un automóvil que venía del centro de la sabana y que hice parar con ese objeto. En la tarde del día siguiente, lo sacamos de allí para el cementerio con una concurrencia desbordante de pueblo, que en su manifestación de simpatía por el noble muerto me hizo amar más la democracia. Dios acoja en su seno el alma del héroe vencido!”.

Así trágicamente terminó la vida de este aviador norteamericano que pasó a la historia de la aviación como el primero que remontó un rustico aeroplano de lona y bambú por los espacios de la Venezuela rural, deslumbrando a quienes desde el suelo contemplaban la hazaña.

Los bolivarenses de la ciudad capital lloraron la ausencia trágica del aviador Frank Boland y volverían a verlo sólo en la memoria años después cuando los vuelos aeronáuticos se iniciaron en firme, ya no con aeroplanos norteamericanos sino franceses

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