lunes, 12 de diciembre de 2011

La tortuga arrau del Orinoco


 Hubo un tiempo, aquí en Ciudad Bolívar, que cuando se acercaban los días de la Semana Santa, comenzaban a llegar las embarcaciones cargadas de tortuga y en el mercado las ofrecían entre 7 y 8 bolívares.

El carapacho de tortuga era el plato favorito de los guayaneses durante los días de la semana mayor, al igual que el pastel de morrocoy. Sólo que desde los años sesenta del siglo pasado, casi se ha perdido la tradición debido a la veda por la desmedida explotación que impide, represivamente, la captura de este quelonio de carne tan proteica, sabrosa y nutritiva.

Pero más que por su carne, la tortuga del Orinoco es perseguida por sus huevos, los cuales dan un aceite comparable al de oliva, utilizado como combustible y en la preparación de alimentos desde los tiempos primitivos hasta la segunda década del siglo veinte.

La tortuga del Orinoco no ha llegado a desaparecer del todo gracias a un aldabonazo dado a tiempo en la conciencia de las autoridades ambientales y de los recursos naturales renovables, que ahora se preocupan y mantienen programas dirigidos a su conservación y multiplicación.

Entre los años 1952 y 1961, la captura de las tortugas del Orinoco durante el tiempo de desove, arrojó un promedio de 13.000 ejemplares por año. Si en 1962 el MAC no se hubiera decidido a tomar en cuenta las recomendaciones de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, dictando veda por 5 años que luego fue prorrogando, la infortunada arrau habría corrido la suerte fatal de las tortugas Tostudo de los Galápagos.

La explotación y aprovechamiento comercial de la carne y huevos de la arrau datan desde los mismos tiempos de la colonia, pero no fue sino al comienzo de la segunda mitad del siglo veinte cuando comenzó a manifestarse una preocupación tangible por su suerte desde el punto de vista técnico y científico.

Alejandro de Humboldt y Aimmé Bonpland, cuando en 1800 exploraron el Orinoco, estimaron unas 330 mil en la sola isla Pararuma.
Mosquera Manso, en 1945, señaló unas 120 mil y J. Ojasti, investigador del MAC, dijo en 1967 que ya no quedaban en el río sino unas 14 mil tortugas.

Por su parte, otro de los más preocupados por la destrucción de esta especie de la fauna orinoqueña, doctor Janis A. Roze, Premio Nacional de Investigaciones Científicas, advirtió como signo de extinción, no obstante, la demanda e incremento de la población humana, la progresiva disminución de la rata de explotación evidenciada por las siguientes cifras: 19 mil 566 ejemplares capturados en 1947; en 1950, 15 mil 847; en 1952, 12 mil 55; en 1957, 10 mil 400 y en 1961, 9 mil 88 tortugas. Vale decir que en 15 años la captura disminuyó en más de un 50 por ciento y no por falta de mercado, pues la demanda siempre fue creciente, especialmente en la temporada de Semana Santa, sino por su explotación irracional coadyuvada por depredadores naturales como el jaguar, el caimán, la garza y el caricari.

Los guayaneses no desperdiciaban nada de la tortuga una vez beneficiada. Aprovechaban hasta el carapacho. Una vez tratado y disecado, servía como recipiente e incluso para diversión de los muchachos lanzándose por las empinadas calles de la ciudad abordo de ellas.

Chanffajón cuando navegó el Orinoco buscando sus cabeceras, escribió, y esto lo repitió Julio Verne en su novela El Soberbio Orinoco, que había tantas que se podía ir de una orilla a otra del río dando pasos sobre sus caparazones.

Raimundo Aristeguieta quiso enlatar la carne de tortuga, pero la idea se quedó en proyecto porque ya el quelonio estaba en proceso de extinción.

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