martes, 27 de diciembre de 2016

Lo Místico y lo Cósmico


Luis Carlos Obregón expone “Lo Místico y los Cósmico” junto con su esposa Omaira Granado en uno de las mayas de la red de Galerías de Arte que en el ámbito nacional sostiene el Ministerio Popular de la Cultura.  Omaira expone obras insertas en lo que ella denomina “Lo mágico y lo místico” mientras Obregón enhebra la continuidad de lo que significó el trayecto de su trabajo plástico a lo lago de treinta años.  Tres decenios que comenzaron con el Constructivismo (el expresionismo fue un tanteo previo) y se mantiene todavía, pero dentro de una técnica que no es propia del Constructivismo sino de lo que se conoce como Aerografía, con la cual crea una atmósfera cósmica a través del color y la transparencia que atraen, envuelven y sumergen al espectador en una mitología muy particular.
         Las obras tridimensionales igualmente están dentro de ese concepto que irradia volumen y movimientos virtuales imposible de contener en la retina sin la ilusión y emoción de lo inextricable.
         Es en el fondo la representación del mundo actual que el artista intenta suavizar con el color eurítmico que es la descomposición de la luz a través de su prisma arquetipal.
         Luis Carlos Obregón nacido en El Tigre se hizo angostureño desde muy temprana edad que su Madre lo trajo para que conociera el Orinoco a riesgo de que transformara la temporalidad en una permanencia que ya  por lo visto, no tiene cejo ni retorno.
         Aquí en la Ciudad Bolívar de las chalanas y los chamanes, de los mereyes  y los mangos, encontró ese mundo que lo ausentaba de su Madre por tiempos indefinidos al lado de puntuales coetáneos como Latorraca que entonces provisto de guitarra y melena disparaba líneas vectoriales y de José Rosario Pérez que al igual que Omar Granado no podía pintar sin la música clásica a todo volumen.
         Un día de aquellos, creo que de los setenta, se detuvo a su paso ante la puerta abierta de la Corresponsalía el médico  pediatra recién salido de la Sorbona, Gervasio Vera Custodio y me dijo así como extasiado “Te compro ya ese cuadro”.  Era una obra expresionista grande de Obregón que colgaba del muro central.
         Ofreció una buena suma que me hizo retroceder.  Después andaba como esos cristianos mordidos por la serpiente de la conciencia pues sabía de la estrechez económica del artista y del sacrificio que hacía para salir adelante en el Centro Gráfico del Inciba en Caracas.  Para nada valió mi fidelidad moral y ética al tratar de conservar lo que había sido un regalo, pues un día cualquiera el cuadro desapareció por obra y gracia de birlibirloque.
         Sí.  Obregón luego de haber estudiado dibujo y pintura en el taller Regional del Inciba en Ciudad Bolívar con Dámaso Ogaz, Carlos Olavarrieta y Rubén Chávez, aprovechó la primera ocasión para irse a Caracas a perfeccionar sus estudios locales en el Centro Gráfico del mismo Inciba donde realizó cursos de grabado, serigrafía y fotografía y no satisfecho se inscribió en la Cristóbal Rojas que fue escuela de Soto, Alejandro Otero y Régulo Pérez para finalmente concluir  estudiando diseño gráfico en la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela.
         Sus velas de navegante del arte las vino arriar en el puerto fluvial de Ciudad Bolívar donde se quedó para siempre poniendo a prueba su ojo de fotógrafo como reportero gráfico de El Bolivarense y Corresponsalía de El Nacional sin llegar nunca a poner de lado su oficio vocacional de artista plástico.  Esa ha sido la tragedia de los artistas: para sobrevivir tienen muchas veces que hacer algo distinto hasta consagrarse o tirar la toalla como le ocurrió a tantos pintores de aquella generación de jóvenes que llevó  a la siguiente expresión de  Fernando Track: “Guayana es una cantera de artistas”.

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