sábado, 24 de diciembre de 2016

Bolívar renuncia a los naipes

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Bolívar mientras estuvo en Angostura se distraía en sus momentos de ocio con un juego de naipes que para la época se conocía con el nombre de “La Ropilla.   De este juego da cuenta en su diario de Bucaramanga su edecán Perú Delacroix, pues allá  también lo jugaba.  Era uno de los tantos juegos posibles con naipes que lo distraían mientras permaneció en aquella ciudad neogranadina en 1828. 
Ignoramos la clave del juego.  Hemos preguntado a colombianos amigos y buscado en el diccionario de la lengua y hasta en una enciclopedia antigua, pero lo único es que se trata – La ropilla – de una vestidura antigua de mangas cortas y que en Venezuela se le dice así a la toga que usan los magistrados.  Pero ha debido ser un juego parecido o una variación  del Tresillo, sólo, que en vez de tres, la ropilla se jugaba con cuatro personas y ganaba probablemente el que hacía mayor números de bazas.
         Lo cierto es que el Libertador le atrajo temporalmente este juego que luego tildaría de fastidioso, aunque al principio llegó a sostener que no era puramente de azar como el monte,  los naipes, o el Para–Pinto a los dados.  Por eso llegó a irritarse cuando perdía.  En partidas en que iba siempre de pareja con el coronel Luis Perú de Lacroix contra el general Carlos  Soublette y el comandante Herrera, se levantaba de la silla, jugaba parado y hasta botaba los naipes y el dinero al abandonar el juego cuando la fortuna no lo favorecía.
         En el Diario de Bucaramanga escrito por Perú de Lacroix se encuentra esta reflexión muy humana y del carácter temperamental de Bolívar:  “He perdido batallas, he perdido mucho dinero, me han traicionado, me han engañado abusando de mi confianza y nada de esto me ha conmovido como la pérdida de una mesa de ropilla: es cosa singular que una acción tan frívola para mí como lo es el juego, por el cual no tengo pasión ninguna, me irrite, me ponga indiscreto y en desorden cuando la suerte me es contraria ¡Qué desgraciados deben ser los que tienen el vicio o el furor del juego!”.
         En el caso de la ropilla, para Bolívar no era el de perder unas cuantas monedas lo que lo irritaba sino la flaqueza de su habilidad de ciencia en determinada partida.  Por eso se justificaba diciendo que “no es dinero lo que jugamos, sino que cada uno de nosotros  mete en el juego parte de su amor propio; cuenta con su saber, cree tener más ciencia que los demás , y, esperanzado, con todo esto, se halla penosamente dessappinté  cuando la mala suerte destruye todos sus cálculos y su saber”.
Al final Bolívar no jugará más ropilla por llegar a la conclusión de que era un juego lento y fastidioso que no excitaba ni ocupaba suficientemente la imaginación.  “Es preciso hallarse en Bucaramanga sin saber que hacer, para ocuparse de tal diversión”, llegó a exclamar para quitarse la ropilla de encima.
Y no sólo la Ropilla llegó a jugar Bolívar sino el Monte, un juego de envite y azar, en el cual la persona que talla saca de la baraja dos naipes por abajo y forma el albur, otros dos por arriba con que hace el gallo, y apuntadas a estas cartas las cantidades que se juegan, se vuelve la baraja y se va descubriendo naipe por naipe hasta que sale alguno de número igual a otro de los que están apuntados, el cual de este modo gana sobre su pareja.

Lo que si es cierto es que Bolívar no conocía el ajedrez y si oyó hablar del mismo en los círculos aristocráticos donde se jugaba, poco interés tuvo no obstante que era el juego preferido de los militares puesto que es símbolo de la guerra y su objetivo es capturar al adversario.  El ajedrez precisamente entró a Europa a través de la conquista de la península ibérica por los musulmanes. 

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