lunes, 12 de diciembre de 2016

Los fakires Urbano y Blacamán

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Los bolivarenses eran amantes de los circos que anualmente, entre diciembre y enero, llegaban en barco a montar su carpa en Ciudad Bolívar y otros pueblos del interior. Bajo inmensas lonas sobres mástiles clavados en la Plaza Centurión transcurrían cada noche las exhibiciones acrobáticas y las presentaciones de animales, trapecistas, malabaristas, prestidigitadores, equilibristas, funámbulos, payasos y fakires capaces de permanecer encerrado en urna de cristal semanas enteras sin probar bocado.
         El 27 de enero de 1942, el diario El Luchador dio cuenta de que el Circo de Blacamán (Blacamán Circo)  concluyó su temporada en la ciudad, recogió su carpa y se marchó en caravana hacia las minas de oro de El Callao.
         También informa el vespertino que el fakir  Blacamán no tuvo voluntad para resistir los encantos de una linda guayanesa de nombre Teresa Weis, quien residía en la calle Libertad, y terminó casándose con ella. Lo atribuyeron a la cabeza de la Zapoara aunque no era tiempo de su pesca y también, claro, que la guayanesa tenía lo suyo.  Distinto fue lo que le ocurrió al fakir Urbano allá en Maracaibo.  Este tenía mujer, pero se le fue con el empleado que lo asistía durante el prolongado ayuno.
Urbano era un fakir venido del Brasil que se metía durante treinta días en una urna de cristal y no probaba ni un bocado. Una guardia permanecía a su lado. Si usted iba a ver a Urbano pagaba un real, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde y en la noche a medio real la entrada.
La mujer de Urbano, con medio rostro cubierto y unos grandes ojos azules, permanecía sentada en el suelo, en un rincón, con hermoso traje hindú. Muy cerca un negro alto, muy de confianza de Urbano cuidaba de él y de ella.
Tres testigos de la Prefectura se turnaban cada cuatro horas. La misión de ellos, de acuerdo con la Inspectoría de Espectáculos, era vigilar que Urbano cumpliera la palabra de no recibir alimento alguno; sólo le daban un vaso de agua cada hora y orinaba por una goma que tenía en el pipí. El orinoducto del fakir iba a un florero chino que estaba cerca.
La mujer de Urbano se retiraba en algunas ocasiones a las tres de la madrugada y otras a las cuatro, acompañada siempre por el negro alto. Salía en silencio, como una sombra, cuando el fakir se quedaba dormido.
Una noche a eso de tres de la madrigada, ante la sorpresa de los funcionarios de la Prefectura, Urbano abrió un ojo  cuando la mujer se levantó y acompañado del Negro salía en puntillas hacia la puerta del local.  Urbano entonces interrumpió su estado de letargo, se levantó y corrió detrás de la pareja gritándoles:
¡Desgraciados! ¡P…! ¡Perro!, pero el pobre Urbano estaba tan débil que se cayó al suelo y se murió mientras el negro y la mujer, sorprendidos no le quedó más alternativa que  ganar la calle y refugiarse en un hotel cercano.
Aquiles Nazoa que mantenía  una columna periodística diaria publicó estos versos festivos muy a propósito: “Achicharrado de calor zuliano / y durante una de sus largas dietas / de las que derivó tantas pesetas / murió el famoso ayunador Urbano / Debió la muerte hallarlo muy liviano / pues dicen que al morir no hubo tretas / llevaba dos semanas muy completas / sin llevarse a la boca ni la mano / La causa, sin embargo, de su muerte / no fue la java, no: fue un golpe fuerte / que le dio la mujer con quien vivía / que en el momento menos oportuno / dejó al ayunador en pleno ayuno / y se fugó con uno que comía /.
Más tarde, la prensa publicaría que en Europa, específicamente  en Francia,  al fakir Urbano le había salido un competidor de nombre Burma que anunciaba romper los record existentes pasando sin comer entre serpientes, ochenta y cinco días.


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