martes, 6 de diciembre de 2016

Las bullas diamantíferas

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La bulla de las guacamayas quedó desplazada en la selva guayanesa por los mineros cuya algarada de febril pedrería disparaba hacia  las copas espantando la placentera sonoridad de los pájaros azules y  rojos.
Otra bulla quedó bullendo en la selva maltratada por la ambición dorada.  Donde había bulla había minero, donde había minero había diamante y más bulla había a medida que ésta iba como río crecido arrasando todo cuanto surgía a su paso, desde un bejuco hasta un árbol gigante y así la bulla se iba extendiendo por la selva emulando horriblemente el crocitar de las aves y el bufidos de animales.
Eran hombre rudos, muy rudos y tantos como mujeres, muchos hombres y mujeres  con la piel  solana, que iban encandilados, encorvados bajo el peso del guayare, atropellando la oscura humedad de la jungla, con los ojos ansiosos por una sed que parecía no apagarse nunca.  Iban a lo que después se hizo bomba, bulla, bullicio, algarabía interminable que nadie sabía donde comenzaba y dónde terminaba. Sólo se sabía que lo que a su paso por aquel lugar y por aquel otro y más allá del río y la quebrada, era bosque, maraña o selva intrincada, pasaba a ser tierra arrasada, acribillada y deshecha, fuerza muscular hundida como barrena en la entraña del aluvión y la greda buscando alrededor de las cribas yuxtapuestas la diminuta y centellante luz de una kimberlita apagada por los siglos.
Ya a esta altura, nadie habla de bullas ni de bombas.  Estas quedaron apagadas en la memoria de los años sesenta y setenta cuando el libre aprovechamiento usando sólo palín y suruca, quedó desplazado por las grandes concesiones.  Ahora la bulla tiene otra tonalidad, más desgarradora, por supuesto, la de la máquina industrial, gracias a los decretos y resoluciones ministeriales que reservan para el Estado la exploración y explotación en el territorio nacional, del diamante, entre otros minerales,
Cualquiera diría que ahora las minas de oro y diamante se estabilizaron.  Que llegaron a donde tenían que llegar y que las bullas y las consabidas bombas son manifestaciones tumultuarias de otros tiempos, pero, al fin y al cabo, muy domésticas, cotidianas y hasta divertidas, sobre todo aquellos nombres tan pintorescos como El Resbalón del Diablo,  Los Pelos del Caracol, Los Colmillos de la Cuaima,  Los bigotes del Gobernador.

Más divertido todavía eran los mensajes que trasmitían a través de la radio:  “Corina Santaliz participa a Saturnino Morillo, en la Cuaima,  que se acuerde que tiene nueve hijos y uno que vine son diez.. y que ellos lo quieren vivo no muerto”.  “Desde los colmillos de la Cuaima, Margarita le participa a Francisco Javier, que llegó bien con los triponcitos que no se olvide que son sus hijos y le mande plata pronto.  Cuídate mucho del Tatúo que después viene la gozadera”.  “Desde Río Claro, Zoraida Misael, le participa a Cachapo, que quién le dijo que sin real se viajaba, que ella no tiene perro sino un hijo” “Desde el Candado, Gregorio Lara le participa a Almosena Rodríguez, en Cabruta, que pronto le giro para que se mude.  A mi suegra que se aliste porque vamos a tomar muchas frías y sancocho de coporo”.  “Desde el Candado, a Luisa Ñeque le urge saber si es cierto que su cuñado Pelo de Cochina lo malogró un barranco.  Al amigo Gato Galia y Alí que me esperen pronto y alisten la tripa cañera”  “Vicente Soto le agradece a Jesús Solano no deje venir a Blasito porque ya ha comenzado la recluta”.  “Desde Paúl, José Pomonti, participa a sus familiares que la mina está madura.  A mi tío que si va a venir que se bañe primero.  Pero eso sí con cariaquito morado a ver si se le quita la pava de la temporada pasada. Saludos”. 

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