miércoles, 3 de octubre de 2012

El Osario del Cementerio


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El 5 de agosto de 1959, el presidente edilicio, bachiller Luis Felipe Pérez Flores, atendiendo a una manifestación de la comunidad, colocó en el antiguo Osario del Cementerio Municipal de la Plaza Centurión, una placa de mármol con la siguiente inscripción: “1841-1921 - La piedad conserva este Monumento como recuerdo a los pobres que hoy yacen descansando aquí.  Benditas sean las ánimas”.
Justamente, la placa se colocaba al cumplirse 118 años de su erección, pues el Osario fue realizado en 1841, bajo la administración del gobernador Florentino Grillet, con el objeto de colocar allí los restos de las personas desvalidas y sin recursos. Estos restos eran incinerados y ahí como en los Osarios de la antigua Creta, quedaban las cenizas de los huesos confundidas con la tierra ácida y húmeda del camposanto.
En 1921, la Municipalidad resolvió ponerle fin a la incineración en el Osario de cadáveres de personas sin familiares; de todas maneras, los despojos, de vez en cuando,  eran arrojados allí a la intemperie, sin ninguna protección, hasta que en 1940, la Municipalidad resolvió destinar un cementerio para los desvalidos en predios del sector Casanova.  Allí, incluso, van a parar los cadáveres utilizados en los anfiteatros anatómicos de la Escuela de Medicina de la UDO luego de ser diseccionados por los estudiantes.
Pero en 1959, en el curso de una limpieza general y ornamental de este histórico y primer cementerio de la ciudad, el presidente Luis Felipe Pérez Flores, ordenó, atendiendo a un clamor del sector vecinal, tapar el Osario que hasta entonces permanecía abierto, y transformarlo en una especie de monumento a quienes ni en vida ni después de muerto parecían encontrar reposo eterno.
Ahora que escribimos sobre este Osario, recordamos la obra de Pablo Picasso “El Osario” pintado en abril y mayo de 1945 (óleo y carboncillo sobre lienzo) tras el recuerdo del descubrimiento en diciembre de 1944, del cuerpo de su amigo ajusticiado, el joven poeta surrealista Robert Rius.
Asimismo viene a la memoria El Osario de Dios obra del escritor oriental Alfredo Armas Alfonso, con la cual se inició el micro-relato en Venezuela. Es una novela Collage donde cada protagonista anónimo logra su plenitud al final.
El vocablo es asimilado al arte de ese modo, pero el verdadero osario no es más que un depósito de huesos humanos que con el correr del tiempo ha sido asimilado de diversas maneras de acuerdo a las creencias religiosas profesadas por determinada colectividad.
En Ciudad Bolívar, el Osario tenía en la práctica esa significación antes relatada, pero durante épocas remotas, el osario era más individual o familiar que colectivo. Se juntaban los huesos u otros vestigios humanos una vez sacados de su sepultura, para pasar el resto de la eternidad en una antecámara de la tumba.
Conforme a las antiguas leyes judías, vigentes en la actualidad, los cadáveres tenían que ser inhumados en la tierra, antes del atardecer del día del óbito. En Israel donde era común el uso de osarios, a los difuntos se les depositaba en un primer lugar en la cámara exterior de la tumba donde se le amortajaba, y se le ungía con perfumes, especies y aceites. A continuación la entrada a la tumba era sellada con una piedra muy pesada, que era empujada hasta que quedase cerrada por completo.
De este modo se evitaban los saqueos. Normalmente las tumbas estaban compuestas por dos cámaras. Los familiares del difunto, esperaban aproximadamente un año a que el cuerpo, envuelto en un sudario blanco, se descompusiera y al quedar los huesos libres de la carne, pasaban al Osario.

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