domingo, 22 de septiembre de 2013

El Orinoco un río ocioso


Atardecer Santa Cruz del Orinoco
Los bolivarenses se pregun­tan a cada rato para qué sirve el Orinoco, ese río pintado, cantado y exaltado por nues­tros artistas. ¿Para qué sirve ese recolector monstruo de la hidrografía nacional?
Si sirve para algo, la gene­ración actual lo ignora. Aun­que mil crónicas hablan de un gran río que deslumbró a Colón hasta el punto de confundirlo con un río de El Paraíso. De un río que conducía a mil pueblos dorados encontrados tan sólo en la imaginación de Sir Walter Ra­leigh. De centenares de hom­bres, desde Diego de Ordaz y Alonso Herrera, que murieron en la aventura de su explora­ción. De una aventura que lo desandaba hasta el nacimien­to que un día sólo pudieron en­contrar los arriesgados de una expedición franco-venezolana.
Todavía cuando  Frank Rísquez llegó a las ca­beceras del Orinoco, éste era navegable casi en todo su cur­so acarreando toda clase de mercancías, comunicando y vitalizando cada pueblo en un área de diez mil kilómetros cuadrados carente de vías te­rrestres.
Ciudad Bolívar era el puerto más importante del Orinoco y su comercio cu­bría una línea fluvial y maríti­ma que comprendía Trinidad, Cumaná, Margarita, Barcelo­na, La Guaira, Las Antillas y se extendía a todo el Apure, el Meta y Portuguesa, el Guavia­re, Barinas, Mérida y muchos otros pueblos intermedios.
Pero un día fueron descu­biertas las montañas de hierro del Trueno, La Paria y San Isidro y la navegación por el río se circunscribió al tramo de su desembocadura, desde Boca Grande hasta Matanzas en un recorrido de apenas 341kilómetros de 2 mil que antes eran navegables.
El resto del río ha muerto y en el trayecto de ese curso abandonado, muchos pueblos languidecen, entre ellos, Ciudad Bolívar que terminó por perder su aduana y capitanía de puerto dejando de ser posi­blemente para siempre la ciu­dad mercantilista y cosmopo­lita de otros tiempos y a la que Juan Vicente González, algu­na vez y no sabemos bajo que estado de ánimo, llamó "La Fenicia Venezolana".
Desde que el hierro es hierro, se acabó la aventura y la na­vegación por el Orinoco medio y alto. Se acabó hasta la pesca porque siendo el hierro renglón de altos ingresos y de importancia para el desarro­llo industrial del mundo, no había tiempo para seguir pen­sando en el Orinoco como vía de comunicación y de interés social y económico para Vene­zuela. Se olvidaron las creci­das y los descensos. Nadie más se ocupó del ciclo de vida de los peces por cuya ignoran­cia ha sido prácticamente ago­tada su fauna. Se ha olvidado hasta el escape de agua al río Amazonas por el brazo Casiquiare y tantos proyectos para los cuales podría ser útil ese inmenso caudal de agua que cruza a Venezuela desde la Sierra Parima hasta el Atlán­tico.
Aparte de su acción destruc­tiva arrastrando hacia el mar la capa vegetal de su influen­cia, desbordarse en la curva de cada ciclo, destruir semen­teras y dejar ruina en los bo­híos de campesinos y pescado­res, el Orinoco actual no sirve para nada, ni siquiera se utili­za para hacer turismo.
Mientras otros grandes ríos como el Mississipí, el Volga y el Rhin acarrean hasta 200 mi­llones de toneladas por año, el Orinoco sigue inútil, ocioso, improductivo en sus dos mil kilómetros de línea navega­ble, utilizando apenas con ayu­da del dragado el tramo que permite la salida de 22 millo­nes de toneladas de hierro to­dos los años.
Lo mismo que con el ferrocarril, ocurre con el Orinoco. Ambos han sido aplastados por el afán de lucro. Reyes Baena lo dijo: nos han impuesto el automóvil, el ca­mión y los jets co­mo únicas alternativas de co­municación.



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