martes, 12 de noviembre de 2013

Henri Corradini


Este artista y etnólogo franco venezolano fallecido el mediodía del domingo en la clínica Santa Ana de Ciudad Bolívar, pasó más de  medio siglo aventurando en la línea del dibujo, revelando con su pintura las zonas ocultas del subconsciente bretoniano, haciendo publicidad comercial, escribiendo dramas y poemas, realizando documentales y divulgando la cultura de las etnias indígenas representativas del Estado Bolívar.
Desde que estudiaba  arte y letras en Marcella, donde nació al finalizar julio de 1925, soñó con seguir la ruta de Jean Chaffajon, no a clavar la bandera francesa en alguna parte como lo hizo aquél en las cabeceras del Orinoco, sino a convivir con la cultura pura  de la selva tropical que mora más abajo del paralelo 8.
Y su sueño comenzó a hacerse realidad tan pronto cesó la invasión de la Segunda Guerra Mundial que nubló de aviones nazistas el cielo de su patria  a pesar de la resistencia del Mariscal Petain. Tenía 15 años de edad cuando la bota hitleriana se posó sobre la tierra de Juana de Arco y 19 cuando se alistó en el ejército de los Aliados.
 Visar el pasaporte en Francia para  viajar a Venezuela le resultó fácil. Lo difícil fue sortear los contratiempos  que lo demoraron un año antes de llegar a La Guaira y subir hasta Caracas agitada por el derrocamiento de Gallegos.
Su fama de artista trascendió y sus servicios  fueron contratados por Lucía Leveni, francesa de origen rumano, esposa del coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno,  para decorar la residencia.  En ese menester se hallaba  el 13 de noviembre de 1950 cuando se consumó el magnicidio en la persona del coronel por un grupo de forajidos instalado en un inmueble de la urbanización Las Mercedes, de Caracas.
En 1952, se hace amigo del explorador Félix Cardona, quien le encomienda la venta de una concesión diamantífera  en Icabarú. Se interesa por ella el dueño de una empresa que ejecutaba en Ciudad Bolívar el Gran Hotel Bolívar, y Henry Corradini se aven­tura hasta el Orinoco, pero nunca llegó conocer a Icabarú. Se quedó para siempre cautivo en Ciudad Bolívar escribiendo dramas, poesías, ejerciendo la fotografía artística, pintando y reali­zando documentales para el cine y la televisión, sobre la cultura indígena que, podemos decir, fue siempre su pasión. Su empresa Pubeco, le permitió penetrar importantes mercados nacionales desde su taller en Ciudad Bolívar.
Un taller bien dotado para la publi­cidad que nada tenía que ver con el surrealismo, arte que tiende a domi­nar su pintura después de haber experimentado inicialmente el abstraccionismo que abandonó luego de conocer a André Bretón, padre del surrealismo que cultivaron  pintores como Dalí y Paul Klee, cineastas como Luis Buñüel y hasta fotógrafos como Man Ray.
         La fotografía de Henri Corradini no es como la de Man Ray sino mucho más expresiva y mayormente enfocada en numerosos aspectos arqui­tectónicos del centro histórico de Ciudad Bolívar y en el tema indíge­na reflejado excelentemente en la exposición "Los panare: lo que fui­mos lo que somos".
Además de los Panare o E´ñapa, Henri Corradini hizo contacto  y estudió a los maquiritare, kariña y sanema, gru­pos étnicos con todo un cuerpo social y una filosofía únicos. Igualmente hizo contacto con  los Hoti o chicanos considerados los más temibles y recelosos de la selva guayanesa.
Para esas excursiones interminables, el artista franco venezolano contó siempre con  una excelente profesional, María Eugenia Villalón, quien tenía un postgrado en los Estados Unidos y ejerció, hasta hace poco que murió, la docencia en la Escuela de Antropología de la Universidad Central de Venezuela.



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