miércoles, 12 de junio de 2013

Los voladores del Orinoco


Voladores o Papagayos multicolores invadieron el cielo de la ciudad eternamente recostada sobre el Orinoco. Chicos y grandes lograron una tarde inolvidable y los viejos hicieron memoria y contaron historias  de las jubilosas temporadas de vientos fuertes para montar los artefactos de papel y varilla justamente cuando no había aviones sino gaviotas y zopilotes surcando el cielo de Angostura.
Fue en 1969, tiempo de cuaresma, cuando la brisa sopló abundante desde el Este y los voladores, papagayos, cometas y barriletes, no tardaron en remontar el cielo ya teñido por el crepúsculo que se filtraba desde el occidente por los claros del puente Angostura hasta reflejarse de lleno sobre el Orinoco.
Aquí frente a la piedra del Medio y desde la zona ribereña del Mirador Angostura, la juventud montaba con emocionado orgullo sus multiformes voladores.
La gente de toda edad, clase y tamaño se acomodó en las gradas de una tribuna colocada por soldados del ejército y los que no encontraron espacio, cubrieron inquietos los alrededores hasta tocar con sus pies al río de las sietes estrellas. Fue un espectáculo hermoso, una tarde especial para los niños.
Hubo premios, desde una bicicleta hasta un par de patines y reloj de pulsera para los chicos más expertos en montar sus voladores. Los hubo de todos los tamaños y de la más variada formas, con doble cola, escalonadas de puntillas cortantes y sus hilos largos, tensos y con grandes barrigas que se perdían en el aíre. Voladores con trompetas y papeletas que vibraban ruidosamente, los que daban vuelta y respondían a las más estilizadas y ágiles figuras.
La emocionante diversión de los papagayos que había desaparecido de estas tierras desde que se iniciaron los vuelos espaciales, tomó vida de nuevo con motivo del Festival del Niño que aquí prácticamente se había afincado y que culminaba el 24 de diciembre con el gran reparto de confites y regalos.
En los países orientales como China y Japón, el juego  es antiquísimo y en Venezuela este  arte y afición  nos vienen desde la Colonia, al igual que en otros países de la América Latina como México y Cuba, donde nuestro tradicional volador recibe el nombre bonachón de “Papalote”.
En nuestro país, además de cometa y volador, también se le dice “Papagayo” y “barrilete” y los hay de formas múltiples representando peces, pájaros, mariposas, murciélagos, mujeres y hasta instrumentos musicales, provistos de una cola larga y una lengüeta de papel tras la trompeta que vibra con el viento.
El tráfico de la ciudad moderna, los postes y tendidos del alumbrado eléctrico prácticamente han acabado con el cometa. También los aviones que vienen siendo grandes e invencibles competidores.
La emoción del papagayo prácticamente se ha perdido y solamente de él está quedando el recuerdo o la vivencia trasladada a los libros, como esta de Juan Rulfo, en “Pedro Páramo”:
Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes, cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento.
“Ayúdame Susana”. Y unas manos suaves  apresaban  nuestras manos. “Suéltame más hilo.
El aire nos hacía reír, juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que se rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro. Y allá arriba, el pájaro de papel caía en maromas arrastrando su cola de hilacho, perdiéndose en el verdor de la tierra.    



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