viernes, 7 de junio de 2013

Los 80 Gatos de un Carnicero


En  1967 visité Maripa y aprecié que un hombre carnicero tenía entre sus gustos, el de coleccionar gatos de toda maña y tamaño, sin preferencia por alguno en especial.  A todos los llamaba “Pancho”, fuese hembra o macho, negro, rubio, blanco o con pintas, y cuando gritaba con manos en la boca a lo “Tarzán”: “Panchoo!! Panchoo!, toda la gatera se reunía en el corral a recibir su ración diaria de pellejo.  Hasta 1967 contaba ochenta gatos en su patio, sin incluir los que había regalado con “dolor de mi alma”.
            La madre de la manada tenía catorce años y siempre se veía embarazada y feliz de su numerosa prole.  Orgulloso también de tantos felinos se manifestaba Juan Herrera, así se llamaba el carnicero e intermediario en el comercio de ganado en pie- ante las personas que dentro o de fuera lo visitaban.  Pero llegó el día en que se vio en aprieto porque el vecindario comenzó a quejarse de que ya no aguantaba más los gatos, sobre todo por las noches, con sus gruñidos, relinchos y llantos a la Luna.  Sin embargo, otros más distantes se manifestaban contentos porque en el pueblo del Caura casi no había ratas ni ratones y las lagartijas vivían espantadas.
            Trabajo y calentura pasó una comisión de médicos veterinarios del MAC y Sanidad que de tanta quejas se desplazó al lugar con  la misión de vacunar a los gatos contra el mal de rabia, pues los animales debido a la vida que llevaban y al medio rural donde vivían, se habían vuelto peligrosos y, por lo tanto, difícil de atrapar.  El día de la vacunación, Juan Herrera gastó más pellejo que de costumbre y se volvió una furia cuando dicha Comisión le propuso exterminar la cuarta parte de los gatos.
                Liquidar veinte de mis gatos.  Ustedes están locos.  Si hubieran vivido en el antiguo Egipto, habrían pagado con sus vidas tal desafuero criminal  Dijo Juan pensando en lo que le habían contado o leído en alguna revista o periódico.  Que las leyes del faraón impusieron una protección rigurosa para los gatos. Quien matara a uno de los pequeños felinos se arriesgaba a la pena de muerte. Se cuenta que un dignatario romano que mató accidentalmente a un gato fue linchado por la población a pesar de la petición de calma del faraón, deseoso sobre todo de que Roma no interviniese en su territorio.
                Era que para los egipcios el gato era un animal sagrado al igual que las vacas para los hindúes. Se los consideraba animales sagrados ya que estaban relacionados con el culto a la diosa Bastet, símbolo de la fertilidad y la belleza, En la Inglaterra victoriana se consideraba que si unos novios recién casados se encontraban con un gato negro, esto simbolizaba prosperidad en el matrimonio. Y los marineros creían que tener un gato a bordo les traería buena suerte. Más aún sus mujeres solían tener uno en casa, ya que esto parecía "asegurar" que sus maridos volverían sanos y salvos a sus casas después de la travesía.
            De suerte que numerosas razones había para justificar la existencia y permanencia de la gatera.  Sin embargo, los de la Comisión no se quedaron callados y respondieron que menos mal que el carnicero Juan Herrera no vivió en la Edad Media, donde gatos y dueños de gatos eran perseguidos y quemados por estar vinculados a la brujería.  Para ellos los gatos negros eran brujas transformadas en tales, motivo por el cual los gatos eran perseguidos, cazados, metidos en sacos, quemados en hogueras y decapitados.
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