jueves, 21 de febrero de 2013

El sastre Víctor Inojosa


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Ciudad Bolívar tuvo sastrerías de fama, las primeras regentadas por corsos e italianos. Después, los guayaneses que aprendieron se hicieron tan renombrados como ellos. Víctor Inojosa, quizás el más popular, a quien el periodista Juvenal Herrera llamaba “El Clemens guayanés” que le confeccionaba los trajes a muchos gobernadores y en la Semana de la Patria hacía su agosto cortándole los liquiliqui a toda aquella cáfila afecta al Nuevo Ideal Nacional.
Ayer me enteré, por su hija Sonia, que Inojosa había muerto el 22 de septiembre del año anterior. Lo suponía vivo, no solo como persona sino como el guayanés que no dejaba pasar un 31 de diciembre sin que reuniera en la puerta de su taller de sastrería a todos los contertulios del Casco Histórico de la ciudad.
Mario Briceño Iragorri, Carlos Ticono Rodil, Julio César Paván, Héctor Guillermo Villalobos, Fernando Alvarez Manosalva, Angel Fariñas Salgado, José Gervasio Barceló Vidal, Eudoro Sánchez Hernández, Leopoldo Sucre Figarella, Rafael Sanoja Valladares, Pedro Battistini, Luis Raúl Vásquez Zamora, Carlos Eduardo Oxford Arias, Manuel Garrido Mendoza, Domingo Álvarez Rodríguez, Roberto Arreaza Constasti, Fortunato Adrián Morillo, Jesús Alvarez Fernández, Miguel Gómez Bello, Alberto Palazzi, Paúl Von Buren, Edgar Vallé Vallé, René Silva Idrogo y Luis Felipe Goubat, gobernadores todos, se vistieron con trajes cortados por Inojosa. Entre los pocos que no lo hicieron está Alcides Sánchez Negrón porque a decir del propio Inojosa, es lo que se llama “hombre de percha”, vale decir en su argot, hombre de una talla adaptable a los trajes que ya vienen confeccionados de la industria. Pablito Gamboa tampoco, pero estuvo a punto cuando pasó por la calle a mandar a tumbar los árboles de la Plaza Farreras sin que ningún funcionario, por amor a la ciudad, tuviera la dignidad de rebelarse públicamente.
Cuentan que Leopoldo Sucre Figarella cuando era aficionado a la cinegética, Inojosa le confeccionaba los trajes safari para viajar a la jungla africana hasta que lo picó la mosca Tse-tse para luego de un sueño profundo despertar aborreciendo la casería mayor. Después su única afición, cuando le queda tiempo porque desde la madrugada estaba en pie de guerra, era pescar pavón en el Lago de Guri.
Lo que nunca dejó de confeccionar Inojosa es el tradicional traje de liquiliqui. Una tarde me contó que en febrero del año 52 cuando colocaron la primera piedra para la fundación de Puerta Ordaz, hubo por orden del gobernador Sánchez Lanz que confeccionarle liquiliqui a varios norteamericanos, entre ellos, a Mr. Hogberg, presidente de la Orinoco Mining Company. Pero el susto más grande de su vida de sastre lo tuvo cuando el gobernador René Silva Idrogo le envío al periodista Jesús Losada Rondón para que le confeccionara cuatro trajes. Aquí no tuvo que montarse en ladrillo sino en un taburete para poderle apuntar el extremo del metro en el hombro. Ni el gordo Rafael Franco ni el difunto Gil Guevara le dieron tanto trabajo. Aquello no era flux sino un fluxaso. Él que corrientemente cobraba 2.500 bolívares por la hechura de un flux, aquí tuvo que subir el precio, sobre todo porque trabajaba generalmente con tela importada que era la de mayor demanda. Al venezolano le costaba entonces adaptarse a la tela nacional.
Pero la tela inglesa terminó escaseando porque los exportadores comenzaron a pedir el cheque por delante, toda vez que muy poco o nada valía la carta de crédito. Los importadores se pasaron a la tela italiana por ser los italianos menos desconfiados que los ingleses. Entonces, la tela nacional de mayor demanda era el lino de los liquiliqui con el que Inojosa hacía su agosto.

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