martes, 22 de julio de 2014

La Botica de la esquina

1989 La Botica de la esquina
El boticario de Ciudad Bolívar data desde la propia fundación de la ciudad, según crónicas que desde 1766 hablan de un tal Juan Adolfo Von Rossen que hacía trueque de medicamentos por becerros, mulas y tabacos.
Hasta 1940, época en que comenzaron a operar los laboratorios en Venezuela, los medicamentos se importaban, así como la materia prima para prepararlos, la cual venía en frascos de porcelana con los nombres en latín.
En Ciudad Bolívar la importación era directa desde Europa y Estados Unidos vía Orinoco. El boticario Laureanito León lo recuerda toda vez que ese año de 1.940 abandonó en Caracas los estudios de medicina y retornó a Ciudad Bolívar para desempeñar el papel de boticario que la herencia de su padre homólogo le tenía reservado. Entonces existía la hoy desaparecida Botica El Porvenir de Antonio Rodríguez que vendía de todo, hasta casabe y queso, Agua del Carmen, sulfas, píldoras del doctor Ross, neosalvarzan, goma arábiga, purgante de higuereta, soluciones de yodo, emolientes y ciertos placebos que más que valor terapéutico tenían un efecto psicológico.
Eso era en los tiempos de la medicina pre-antibiótica, en que el mortero donde se trituraban las esencias era la pieza más importante de una botica, así como se ve en la foto tomada al doctor Alfredo Hernández, ex presidente del Colegio de Farmacéuticos.
De ese tiempo era la Farmacia Orinoco de don Laureano León bajo uno de los portales del antiguo Paseo Falcón. Antes tenía el nombre de Droguería y era una de las cuatro boticas que tenía la ciudad y que en 1.940 su Padre compró a Tadeo Shen, un europeo de voz atiplada que vendía de todo y quien tenía estratégicamente ubicado un “Ojo de boticario”, vale decir, un espejo ovalado por donde chequeaba a los clientes.
Las otras tres boticas eran la Continental, de Jesús Montes; El Águila, de Carranza; la Del Valle, de Jesús Salazar. Todas comenzaron casi con el siglo veinte y de ella sobrevivían en 1989 la Del Valle y la Orinoco en el Paseo. Otra botica, pero relativamente reciente en comparación con las anteriores era La Santana, de Felipe Herrera.
Y de los antiguos boticarios, sin títulos, pero con una experiencia supervalorada en la cual han abrevado muchos togados, estaban Eduardo Vidal y Laureanito León.
Laureanito León, al frente de la Farmacia Orinoco, decía tener ocho hijos de los cuales cinco le salieron farmacéuticos con todas las de la ley y siguiendo el mismo sendero de su padre.
Antes que su padre la transformara en simple farmacia, la Orinoco había pasado de Botica a Droguería, que vendía al por mayor productos para preparados medicinales, así como específicos importantes.
-Por supuesto que las farmacias de hoy poco se parecen a las boticas de ochenta años atrás, donde se vendía de todo y el boticario solía sentarse en una silla de cuero inclinada a la puerta en la espera del cliente.
Cuando en 1989 preguntamos a Laureadito León porqué a su edad de septuagenario y con cinco hijos farmacéuticos persistía en esa actividad, respondió que el hombre es un animal de costumbre y es muy difícil renunciar a esta altura de la edad a algo que ya es parte sustancial de la existencia.
¿Y hoy como ayer los médicos mandan a preparar sus recetas? -Ahora muy poco. Las fórmulas más frecuentes son los antimicóticos que recetan los dermatólogos Francisco Battistini, García Morales y Miguel Lima Ostos. Antes eran tan frecuentes que el boticario podía memorizar las cantidades de solutos y solventes indicados. Tal vez volvamos a ello ahora que el precio de los medicamentos ha crecido de manera exorbitante.

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