lunes, 14 de julio de 2014

Extinción de los trovadores bolivarenses

Insigne juglar del Orinoco

El programa Espacio Libre que en 1988, Américo Fernández y Marta Sierra trasmitían por la desaparecida Radio Orinoco (antigua Ecos del Orinoco, la primera fundada en el estado Bolívar) fue el único en recordar a Alejandro Vargas, en el vigésimo aniversario de su fallecimiento el 16 de marzo de 1968.
El programa radial que duró dos años, llamaba entonces la atención sobre la extinción de los trovadores tradicionales de la eterna capital del Orinoco. Precisamente, Alejandro Vargas vino a ser el último de los íconos. Los anteriores fueron Luis Tovar y Ramón Merced Mediavilla. El insigne Trovador del Orinoco, autor de la famosa Casta Paloma y La barca de oro aguinaldos que vibraron en las voces del desaparecido Quinteto Contrapunto y que popularizó con mayor fuerza el grupo Serenata Guayanesa, aún esperaba por el gran homenaje que le deben los bolivarense.
Hijo de un albañil trinitario que se ocupaba en tiempo de crecida de amansar el río construyéndole muros, y de la barcelonesa Julia Vargas, el negro Alejandro Vargas nació en el callejón La Capotera y creció en el barrio Los Culíes de Ciudad Bolívar, murió el 16 de marzo de 1968 estrangulado por la artritis y la pobreza, males éstos que jamás lo hicieron renunciar a su guitarra ni a su vocación de trovador del pueblo.
A decir de Luis Felipe Ramón y Rivera, el estilo musical de Alejandro Vargas fue algo muy personal: “Entrelazó de manera original ciertos ritmos latinoamericanos con el son y el tango con lo que es la genuina herencia de nuestros viejos juglares”. Arpegios delicados, armonías variadas, modulaciones, variantes melodías, solía entrelazar con ritmos de son y tango.
Expresa el citado investigador tachirense que Alejandro Vargas era compositor genuino. Tanto que casi nunca repetía una melodía de la misma manera. El negro Alejandro Vargas solía recrearse infatigablemente en melodías propias y le imprimía nuevo acento a la de otros compositores que tuviesen valor popular, y para lograrlo no disponía de más recursos que su inseparable guitarra, su sensibilidad de poeta nativista y peculiar voz de juglar.
El era único en ese ir y venir, cuesta arriba y cuesta abajo de la ciudad humedecida por el río y por la brisa aromada del Este. Lo llamaban, lo invitaban y respondía afablemente a quienes querían tenerlo de convidado y centro de la fiesta familiar, farra o parranda serenatera.
Con soltura y espontaneidad componía e improvisaba, especialmente en las tradicionales ocasiones de las comparsas de Navidad, Carnaval y Año Nuevo.
Estaba siempre donde la alegría hacía falta aun cuando sus canciones algunas veces fueron tristes. En tiempos de Pascuas o Carnavales se alborotaban la selva de su imaginación y salían en comparsa, reminiscencia india de culto a los animales, con la burriquita, el Sapo, el Pájaro Piapoco, la Culebra, el Sebucán, el Maremare, la Casta Paloma y la Barca de Oro.
En esas comparsas lo seguían con inquebrantable devoción Rafael Martínez, Chichí Arias, Ermenegilda Flores, las hermanas María, Matilde, Julia Farfán, los hermanos Pantoja, los hermanos Tabare y la Negra Pura bailadora de la burriquita.
Alejandro Vargas estuvo por espacio de medio siglo, hasta que le llegó la muerte un día de marzo, cantándole a Ciudad Bolívar, a su fauna, a su gente, a su río y a sus valores tradicionales y culturales.
Además de Casta Paloma, “El Sapo”, guasa de mucha fuerza rítmica, estuvo por largo tiempo sonando en toda Venezuela. El pintor Jesús Soto, en sus veladas, siempre cantaba “La casta paloma”, acompañándose con su propia guitarra, que es otra de las piezas populares de Vargas, muy poética por lo demás.

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