lunes, 27 de mayo de 2013

La muerte de un caudillo


A1topicos
Las cosas, definitivamente, comenzaron mal para Juan Vicente Gómez cuando el nueve de diciembre, en su hacienda La Delicias de Maracay, sufrió un ataque de prostatis complicada con uremia.
Los doctores López Rodríguez y Ramón Ignacio Méndez, médicos de cabecera, nada pudieron hacer para ayudar al dictador a ganar su última batalla contra la muerte y esta noticia que alegraba a unos y amargaba a otros, se expandió como pólvora encendida por toda Venezuela.
Eustoquio Gómez, gobernador de Lara, al enterarse, comenzó a conspirar con el coronel Eloy Tarazona, criado y hombre de confianza del dictador, a fin de evitar que el general Eleazar López Contreras, ministro de Guerra y Marina, pudiera adueñarse del poder tras la inminente muerte del caudillo.
López Contreras, por su parte, hacía lo propio para impedir que el destino de Venezuela fuera puesto en juego por una presuntuosa dinastía familiar encabezada por un gamonal intolerable como don Eustoquio Gómez. De manera que ante el fuerte rumor, movilizó sus piezas.
Antes quiso sondear personalmente a Eustoquio Gómez y al efecto lo invitó a Miraflores, virtualmente para una entrevista de rutina, pero éste cometió la imprudencia de presentarse, tan fuertemente armado, que alguien, preocupado, trasmitió por teléfono la información a doña María Teresa Núñez Tovar, esposa de López, quien se hizo trasladar hasta el lugar de la entrevista. El asunto, sin embargo, no pasó de allí. Se trataba sólo de un exceso de desconfianza.
El 12 de diciembre (1935), el general Eleazar López Contreras viajó a Maracay para observar personalmente el estado de salud del Presidente y no sólo percibió la inminencia de su muerte, sino que la hacienda estaba minada contra él.
“Anoche experimenté una cosa tan grande que me sentí morir. Luché contra la muerte y la vencí. Ahora les toca a ustedes hacer algo por mi”, dijo el enfermo a sus médicos en presencia del ministro, pero el dictador tenía 78 años a cuesta y esto complicaba su patología.
El sábado 14, Gómez sufrió un síncope y la gente lo dio por muerto. Luego, como transcurrían las horas y oficialmente nada se decía, comenzaron las especulaciones: “Gómez estaba mandando después de muerto”. Pero realmente no era sino un desvanecimiento, un preaviso de la proximidad de su fin que hizo que Eustoquio Gómez saliera a la media noche de Maracay rumbo a Barquisimeto para preparar el asalto.
Al siguiente día, el Indio Tarazona, a quien el Benemérito había premiado con el coronelato, 75 casas y 5 haciendas, se enteró por los médicos del estado crítico de su protector. De manera que se fue al teléfono y previno a Eustoquio Gómez, quien se hallaba en su despacho de la gobernación de Lara, con el siguiente mensaje: “Prepare usted el machete porque el venado está listo”.
Esta comunicación tan elocuente en lenguaje llanero trascendió al ministro de Guerra, quien ordenó preparar la detención de Tarazona y redoblar la vigilancia sobre él y familiares en Las Delicias presenciando los últimos momentos del dictador, todavía lúcido a las diez de la mañana.
“Qué sabroso está esto” exclamó luego de ingerir una sopa preparada por su esposa. Más tarde gritaría: “Eloy, Eloy” pero Eloy Tarazona estaba a punto de ser detenido. A las 12:30 del día llegó el cura Isaías Núñez para el oficio de la extremaunción y treinta minutos después el general Gómez caía en un coma diabético. Los médicos le aplicaron una transfusión de sangre y a las 11:45 murió.
“Tronco de hombre hasta la muerte le costó tumbarlo”, exclamó Eustoquio al ver que su amado primo dejaba de existir.

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