sábado, 14 de abril de 2012

El profeta Enoc

Entre el 2 de agosto y 18 de septiembre de 1926, los bolivarenses estuvieron pendientes y siguiendo los pasos del profeta Enoc. Las primeras noticias llegaron de La Paragua, según las cuales el misterioso personaje se hallaba predicando por las calles polvorientas del municipio foráneo y lo asociaban con el que había estado en Managua profetizando cosas espantosas, entre ellas, el juicio final.

Los discursos los comenzaba con los primeros cuatro versículos del capítulo 30 del Evangelio de San Lucas. Se trataba de un hombre de piel morena, ni gordo ni flaco, melena negra lacia, que se alimentaba de frutas y no aceptaba dinero ni hospedaje, prefiriendo acampar bajo un toldillo.

El profeta, calzado de sandalias que parecían no desgastar los interminables caminos, estaba tan de pronto en un lugar como en otro sin importarle la distancia ni exhibir cansancio, sino, por el contrario, siempre se veía reposado, vital y seguro de sí mismo.

Por una carta de Cruz Lina de Matías, dirigida a don Jorge Suegart, se supo que el día 3 de octubre, a las 8:30 de la mañana, el profeta se hallaba en Santa Cruz del Orinoco predicando en una esquina. La carta publicada en El Luchador dice que entonces el profeta Enoc vaticinó la segunda venida del Salvador y dijo que sólo le faltaban cinco meses y medio para terminar de recorrer el mundo a pie, al cabo de los cuales se encontraría en Roma con el profeta Elías para persuadir al anticristo.

Pero el anticristo que, según el Apocalipsis, habrá de aparecer poco antes del fin del mundo para llenar la tierra de crímenes, no se dejaría persuadir sino que iracundo los mandaría a descuartizar. El profeta Enoc estaba consciente de ello, pero por inspiración divina sostenía que al cabo del tercer día de muerto despertaría para no morir jamás. Era sin duda una buena esperanza para la jornada que en Guayana le tocaba cumplir en medio de un verano de sabanas encendidas al cual las pocas lluvias no podían vencer. El profeta dijo entonces que aquel verano resaltado por asfixiante humareda de sabanas encendidas, era uno de los signos que comenzaban a presagiar la venida del Salvador. Otros signos serían terremotos y ciclones y una gran guerra que destruiría a Europa. Tan sólo la América quedaría en pie (¿La II Guerra Mundial?).

La edición de El Luchador del 12 de noviembre (1926) vuelve con el tema del profeta Enoc, esta vez para publicar una nota enviada por el coronel Francisco Daza Carmona, padre del poeta Argenis Daza Guevara, secretario de la Jefatura Civil de El Manteco, informando sobre la llegada al poblado del profeta Enoc con su carga de augurios fatalistas.

Pancho, quien además de eficiente funcionario público, se aplicaba al dibujo y a la redacción de notas periodísticas para El Luchador, le envió al vespertino capitalino un reportaje con ilustración al creyón del profeta que el periódico no publicó por tener dañado el fotograbado, pero se la entregó a I. E. Rebolledo, fotógrafo de la ciudad para una reproducción que luego se vendió como pan caliente.

Daza Carmona, acompañado de Julio Delgado y Miguel Grillet, logró conversar con el profeta en la orilla del Yuruary, a cinco kilómetros de El Manteco y posteriormente el 18 de octubre, fiestas patronales de Santa Teresa de Jesús, cuando se situó en la plaza de El Manteco iniciando sus prédicas con esta frase bíblica: “El que tenga oído y quiera oír que oiga. Con armas nada más no se mata, se mata con el pensamiento

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