viernes, 13 de abril de 2012

El peor de los oficios


El peor de los oficios
es el título de un libro escrito y publicado en 1990 por el poeta margariteño, Gustavo Pareira (en la foto), quien ayer tertulió con los poetas de Ciudad Bolívar.

El libro está marcado con el número 173 de la colección menor de la Academia Nacional de la Historia y recopila notas y cortos ensayos sobre poesía, el oficio y la condición de poeta.

Cuando lo adquirí, lo hice atraído por el título que creía se refería a la prostitución que, a mi entender, no sólo ha sido calificada como el oficio más antiguo del mundo, sino que se ha mencionado también como el peor de los oficios. Pero me encontré sorpresivamente que como peor de los oficios era considerado también desde tiempos remotos el de ser poeta, a juzgar por este verso que extrajo Pereira de un libro del poeta del siglo XVI Mac Mahom: “Hijo mío, no cultives el arte de los versos / abandona del todo la profesión de los abuelos / aunque tengas derecho a recibir los mayores honores / de hoy en adelante la poesía es presagio de miseria / No abraces el peor de los oficios (…)”.

Era, al parecer, considerado un oficio tan miserable, que los poetas terminaban renunciando a la vida. Pereira descubrió en la Biblioteca de Berlín un papiro mutilado del antiguo imperio medio egipcio, mil años antes de Cristo, en el que un poeta expresa su desencanto por la vida: “Hoy la muerte está frente a mí / como la curación frente a un enfermo / como el salir al aire libre después de una enfermedad”. Esto hubo de decirlo también el poeta Walter Raleigh acariciando el filo del hacha de su verdugo.

Sin embargo, mejor habría sido ajustar el título del libro al destino trágico de los poetas allí referidos. Trágico, no propiamente por el oficio sino por ejercerse en determinada sociedad materialista, pragmática, con vertientes turbias conformada por miembros como aquellos marinos que lanzaron al mar al poeta Arión para apoderarse de sus trofeos ganados precisamente con la pureza inmanente de su canto. Los delfines fueron más sensibles pues seducidos por su lira lo salvaron llevándolo sobre sus lomos hasta la otra orilla.

Poeta hay y hubo que para fortalecer su frágil condición de artista literario buscan otras vías como la de ser político, pero, mira, que nunca ha sido tan fácil. Fíjense en lo que le ocurrió, por ejemplo, a Sótades de Meronea, poeta griego del siglo IV antes de Cristo, atacó en sus escrito a Tolomeo Filadelfo rey de Egipto, y éste rabioso e iracundo, lo mandó a encerrar vivo en una urna de plomo y luego arrojado al mar.

El poeta Chu Yuan, mejor conocido como Ku Ping cayó en desgracia en el reino Tsu de su patria y fue desterrado. Ya en el exilio vio desvanecer sus esperanzas de una patria libre y prefirió lanzarse al río Miluo

Hubo y hay poetas que adoptaron un camino aparentemente cómodo pero más torcido. Es el caso del poeta Marcial (Marcus Valerius Martialis) de Calatayud, elogiado por sus reputados epigramas, pero considerado como “parásito por vocación” de la literatura, adulador, sirviente de poderosos y tiranos.

Igual podríamos decir del peruano José Santos Chocano, quien murió asesinado en oscuras circunstancias en un tranvía de Santiago de Chile en 1934. Este poeta era tildado por sus adversarios como “poeta bisagra” (poeta a sueldo, genuflexo ante los poderosos). Llegó a ser consejero del guatemalteco Estrada Cabrera, uno de los dictadores más sanguinarios de la época.

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