jueves, 12 de abril de 2012

El pie más bonito

Los concursos de bellezas sobre algún aspecto físico resaltante e imprescindible de la mujer, casi siempre auspiciado por alguna firma mercantil o establecimiento comercial de amplio mercado regional, nacional o internacional, llegaron a calar con mucho interés y emoción en Ciudad Bolívar, y el modo básico de la elección consistía en la venta de votos por las candidatas postuladas o inscritas.

Así, el 11 de junio de 1928, se publicitó el concurso sobre el pie más bonito, promovido por José Francisco Miranda (Fitzi), músico, compositor y, en esos días, empresario de los Cines América y Royal. El concurso lo ganó Corina Sánchez Gutiérrez con 1.140 votos, seguida de María Ortiz, con 695. Por supuesto, en el proscenio del Cine América, la muchacha mostró al público sus atractivos atributos físicos entre los cuales sobresalían las extremidades de sus miembros inferiores, esas que nos sirven para sostenernos, pisar y andar hasta que el cuerpo aguante.

En esos días, cuando llegó al aeropuerto de la Laja de la Llanea el primer avión civil y comercial, el chismorreo y las tertulias sobre el pie más lindo de la ciudad parecía nunca terminar y hasta chistes se inventaron. Se sacó a colación lo escrito por un tal Spoiner, según el cual el mal llamado fetiche por el pie es compartido por un gran número de personas. (Sigmund  Freud usó el concepto para describir una forma de parafilia donde el sujeto de afecto es, o es representado, por un objeto o una parte del cuerpo de una persona).

En mayor o menor medida, muchos reconocen prestarle singular atención a esa parte del cuerpo que incluso muchas mujeres olvidan. Spoiner explica por qué el pie femenino es para algunos de los hombres un objeto de belleza independiente de todo el resto del cuerpo.

Pide Spoiner que nos olvidemos del resto de cosas independientes de la mujer y nos concentremos en la estética. Él cree y está convencido de que la parte más suave del cuerpo de las mujeres es el empeine, quienes tengan experiencia sabrán a que se refiere, si no, comparen. Aquellos que adoren los pies se habrán podido dar cuenta, al posar labios o cara que casi nunca hay vellos de ningún tipo. Es como si una fuerza sobrehumana rociara el teflón en esa parte haciendo que el roce sea de las cosas más exquisitas que se dan. Sin contar que el pie es por donde se empieza a subir. Quien parte por los pies, rara vez no termina en la vagina.

Les pediría -dice Spoiner- que, ahora que se acerca el verano, se fijen bien. Fíjense como caminan, tomen en cuenta como las mujeres cuando caminan lo hacen con un paso de gacela grácil. Fíjense en los tobillos, la parte más fina (en tamaño y proporción) de todo el cuerpo, superando a la muñeca y se darán cuenta que no carecen de gracia en lo más mínimo. Fíjense cuando ellas están con faldas y estiran los pies. Todo el resto de la musculatura de las piernas se mueve de acuerdo al movimiento directo del pie de las mujeres, haciendo una danza capaz de hipnotizar a un hombre como un mono se hipnotiza ante un arbolito de Navidad y Año Nuevo.

Tomen en cuenta la historia del calzado femenino. Muchísimas culturas han diseñado esa prenda de acuerdo a la estética, no a la comodidad, por algo será. Nuevamente solo para el deleite de nosotros, los entendidos. Sé que muchos hombres de acá les parecerá extraño, pero repito, solo algunos afortunados tienen ese tipo de “programación

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