miércoles, 1 de febrero de 2012

Novedad taurina

El 17 de abril de 1915 en una columna periodística titulada Novedad taurina se afirma que don Joaquín Briceño “El Trompa” denodado capeador que hace las delicias de la capital de la República, pintado por Leo, se hallaba en esta fecha navegando hacia Ciudad Bolívar en compañía del banderillero José Tepedino para debutar el domingo en el Circo Monedero con cinco ejemplares, uno de ellos, estoqueado por el maestro.
Un día antes de la fecha programada, informará que “todo está listo para la monumental corrida con reses del fundo “La Tigra” y “advertimos que el actual circo yace en la falda poco sedeña de la ríspida Laja del Chivo”, que disfruta de un pavimento poco afelpado, y bueno es que la empresa haga acopio de árnica y si es posible mande a preparar a la Botica Vargas el decisivo bálsamo de Fiebrás, cuya útil receta nos ha trasmitido el bueno de Sancho. Contamos con que el Maestro hará esa tarde prodigio de toda suerte para dejar bien sentada su reputación mundial de coraje en la tierra de Heres”.
El cronista taurino al reseñarla, dice “La tarde esplendida, un lleno completo. Lástima que el ganado, pésimo en el sentido de los cuatro polos cardinales, no se prestó en absoluto al lucimiento del ansiado estreno del Maestro Trompa. La res ofrecida a muerte recibió tres cuchilladas, increíbles puntillazos y como si nada. Para remendar el capote se ofreció al público un becerro de 2 pulgadas de pitones que resultó un completo desastre. Además del Maestro Trompa torearon El Pinto, Paco y Boca Negra”.
Con la construcción del Circo Monedero, bastante rústico por cierto, se despertó en la ciudad una creciente afición por los toros. Era natural porque en parte Guayana estaba conectada con el llano pleno de hatos ganaderos. Se estaba despertando también una afición por el cine al lado de la afición por el teatro que ya existía desde finales del siglo anterior. La otra afición, más individual y científica, pero de la que todo el colectivo estaba pendiente, era la meteorología iniciada por el maestro Guillermo Tell Villalobos que al año siguiente fue designado director del Colegio Federal. Era aficionado a la astronomía y desde la azotea de la Casa del Congreso de Angostura, donde funcionaba el colegio, hacía sus observaciones meteorológicas con termómetros, barómetros y anemómetros.
El bachiller Ernesto Sifontes aprendió de él los primeros rudimentos de observación y allí en esa misma casa nació el 20 de julio de 1911 el poeta Héctor Guillermo Villalobos arrullado con el arrumango de su abuela Mercedes, pero Héctor Guillermo prefirió ser poeta como el entonces renombrado Sabás Fernández que había muerto recientemente, 23 de julio de 1912. Murió trágicamente en la estación fronteriza de Bocas del Venamo en selva del Cuyuní. Había nacido en Upata el 23 de junio de 1885, casado con Isabel Andrea Cova Álvarez. A raíz de su muerte, el Presidente del Estado, Marcelino Torres García, muy conmovido decretó la publicación de su libro “Rosas de invierno”.
Otra muerte que conmovió a los bolivarenses, pero el 12 de enero de 1916, fue la de la matrona Luisa de Montaubau, madre de Elena Montaubau casada con Roberto Liccioni. Ese mismo mes llegó la noticia de la muerte de Óscar Grosmann, quien fue por mucho tiempo director de la Casa Blohm, lo que no obstó para que Manuel Jara Colmenares debutara en la Plaza Dalla Costa como flamante director de la Banda del Batallón Rivas ofreciendo una retreta popular, ni se suspendieran las funciones del Teatro Bolívar donde actuó la compañía de Chúfalo Palermo

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