sábado, 18 de febrero de 2012

Los abanicos de Ciudad Bolívar


En una ciudad tan calurosa como Ciudad Bolívar, era comprensible la frecuencia del abanico, ese instrumento para hacer o hacerse aire, que comúnmente tiene pie de varillas y país de tela, papel o piel, y se abre formando semicírculo.

Cada casa de familia, por humilde que fuere, disponía de un abanico de cualquier precio. En los años veinte se multiplicaron. Por cierto que a la Plaza Farreras los parroquianos preferían llamarla “Plaza del Abanico”. Para entonces era común los apodos y de ese sobrenombre no escapaban ni los monumentos públicos. De verdad que la Plaza Farreras tenía esa forma y más se acentuaba cuando soplaba la brisa y las palmeras allí plantadas se batían. Entonces era muy popular el abanico. Los había de varillas de marfil, nácar, madera, de vitela, encaje, tela o papel. Los abanicos, además de ser utilizados para apaciguar el calor formaban parte de un lenguaje secreto, empleado para concertar citas amorosas en situaciones tan inapropiadas como la misa o los paseos familiares.

En el Teatro Bolívar, en el cine, en las recepciones bailables se usaba el abanico, y hasta en el Jockey Club como entonces llamaban a los hipódromos tanto el de Ciudad Bolívar como el de El Callao y Tumeremo que en la segunda temporada de carreras de los días 24 y 25 de septiembre de 1920, el señor Ernesto Pizarro fue nombrado Miembro Honorario.

En esa ocasión los aficionados se quejaban por un aumento en la Cerveza que se fabricaba y mandaban de Ciudad Bolívar. La empresa informó que el costo de las botellas importadas de Europa y de los Estados Unidos obligaba a la empresa a tener que reformar los precios de la cerveza.

Y mientras en Tumeremo se quejaban por la subida de los precios de la cerveza, en Ciudad Bolívar la queja era por otro motivo. Los conductores de carros de bueyes se quejaban contra la Municipalidad de Heres porque había prohibido su entrada en la ciudad, sobre todo porque comenzaban a pavimentar las calles con cemento nacional.

Cemento del que estaba trayendo el ingeniero José Francisco Sucre Grillet para concluir fijar los postes con la cuales se establecería la línea telefónica entre Ciudad Bolívar y La Paragua.

La municipalidad estaba tomando medidas para sanear y ornamentar la ciudad y no solamente prohibía la entrada de carros bueyes sino que prohibía también sacar la basura a la calle “pues -decía el aviso oficial-, la misma atenta contra el ornato de la ciudad a la vez que constituye un elemento de contaminación y vehículo de algunos males de la salud”.

Para evitar lo que parece un crónico mal de nuestros días, los residentes sólo podían deshacerse de los desechos domésticos justamente en el momento de pasar por la calle el camión recolector delante del cual iría siempre un obrero del aseo tocando y avisando en cada casa de familia. Quienes no acataran y cumplieran con esta resolución quedaban expuestos a multa o su equivalente con arresto policial.

Lo curioso es que mientras prohibían los carros de buey circular por el centro de Ciudad Bolívar, en Tumeremo no conocían la rueda. Fue el 8 de agosto cuando el municipio adquirió seis carros tirados por mula para cubrir las necesidades de transporte propias de la dinámica social y económica del pueblo. Entonces Tumeremo era un municipio foráneo dependiente de Guasipati. Generalmente el transporte se hacía a lomo de burro, de mula o de caballo. La guerra de Independencia permitió mayor penetración comercial de países distintos de España, como Inglaterra y Estados Unidos revolucionarios de la rueda y el abanico

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