sábado, 21 de junio de 2014

El Parrandero Jesús Soto

Maestro del arte y gran parrandero
En diciembre del año pasado hablamos de las tradicionales parrandas bolivarenses, pero no hablamos de un connotado personaje adicto a las parrandas como lo fue el Maestro del arte óptico Jesús Soto. (en la foto con su madre Doña  Enma y su maestra Teodorita Méndez).
            Lo hacemos ahora convencido de que muchos lo celebrarán, especialmente quienes compartieron con él Maestro las parrandas en sitio fijo, casi siempre la casa de Doña Enma y en el jardín de la quinta de Elías Inatti  o en forma de serenatas como muchas veces ocurrió en Caracas cuando era estudiante de artes plásticas en la Cristóbal Rojas.
Las parrandas de Soto en Ciudad Bolívar se dieron después que estaba consagrado  como pintor porque durante su época de adolescente en la parroquia Santa Ana no sabía ejecutar instrumentos musical alguno no obstante ser hijo de Luis García Parra, quien era un ejecutor del violín.
Soto, en la Cristóbal Rojas, más bien era un muchacho tímido. Quien le despertó su genética potencialidad de parrandero fue su amigo del alma, el pintor Carlos Cruz Diez, quien hacía sonar la guitarra al estilo cañonero.  Fue él quien le enseñó a Soto las primeras tonalidades y le gustó tanto el sonido que se buscó un profesor tan pronto  se hizo ambiente en Paris.  Nada menos que al maestro Alexandre Nagoya, profesor del Conservatorio Nacional de Música Superior de Paris.
Cuando era estudiante de la Cristóbal Rojas se iba por las noches a dar serenatas con Carlos Cruz Diez, caraqueño conocedor del patio.  Catia, La Pastora  y San José, eran las parroquias preferidas y de las muchachas pizpiretas y adictas tanto a la serenata ventanera como al juego de la pizpirigaña.
Cuenta Carlos Cruz Diez que una noche se fueron a Catia junto con varios amigos y eran las dos de la madrugada cuando daban una serenata. Entones vieron venir a un Policía y pensó: “La cosa como no va a estar bien”.  No  obstante, continuaron cantando y el Policía, acercándose más, dijo embelesado: ¡Que maravilla, que bonito!  Sigan cantando que yo los acompaño”.  Al poco rato se agostó el licor y el Policía solícito y complaciente exclamó “No se preocupen, yo arreglo esto”.  Se fue a la bodeguita de la esquina.  Golpeó la puerta con el rolo y se oyó una voz soñolienta que desde adentro preguntaba “¿Quién es? –La Autoridad. Se abrió la puerta y se asomó un señor semidesnudo con un paño en el cuello y el policía le dijo: “Dénos una botella de ron” y así con suficiente combustible la parranda pudo continuar hasta el amanecer con buena protección.
En una de sus tantas venidas a Ciudad Bolívar, acompañado del pintor Víctor Valera y el poeta Luis Pastori se le ocurrió a Soto participar en una parranda por los lados de Vista Hermosa, pero luego por cierto imprevisto se dispersaron y cada quien trató de regresar a su hotel.  Luis Pastori se extravió y preguntó a un individuo por las inmediaciones de una Estación de Servicio ¿Cuál vía tomaba para llegar a su hotel?  El hombre le respondió que mejor preguntara a un agente del orden público. “Pero, señor es que no he visto a ninguno a 300 metros a la redonda”.  “Ah, pues entonces dame la cartera” dijo amenazándolo con un revólver.
Soto, amigo de Alfredo Sadel, lo invitó para que lo acompañara a Ciudad Bolívar y estando ambos de parranda en la casa del doctor Elías Inatti, a Sadel se le presentó un percance:  No podía cantar porque sentía un oído tapado.  Inmediatamente Elías lo llevó al consultorio de su colega Vinicio Grillet y éste los recibió con una botella de güisqui.  Sadel reaccionó, “Doctor, yo no vine a tomar güisqui sino a ver que tengo en el oído”.  “No se preocupe que lo va a necesitar” respondió Grillet y le aplicó el scopio.  Ven a ver Elías y Elías dijo que veía una nube azulada.  A lo que de seguida pensó en voz alta Sadel: “Debe ser el jabón azul con el cual me baño”.




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