lunes, 16 de junio de 2014

El Fabricante de Vainilla.


Su padre quería que fuese pescador, pero lo desganaba tirar las redes, por lo que un día rompió lanzas contra la obediencia paterna y se vino para Ciudad Bolívar. Tenía 17 años cuando se vino cargándole los bártulos al último secretario general de gobierno que tuvo la dictadura gomecista en Bolívar.
         El secretario general de gobierno importado de Margarita, Santiago Ruiz, le pagaba 60 bolívares al mes, más la comida y el derecho a tener una habitación en lo profundo de la casa y todo a cambio de hacer los mandados, regar las matas y limpiar el patio. Pero al Dictador sólo le quedaba un año de vida al cabo del cual el secretario volvió a la isla y el muchacho que ya se había comido la cabeza de la sapoara se quedó en Ciudad Bolívar sembrado para siempre, pero sin chamba.
         Manuel González, no obstante su desempeño ¡lo que puede el amor! Pudo casarse con Graciela Torres Afanador, una guayanesa que le dio ocho hijos y una fórmula heredada para fabricar esencia de vainilla.
         Aunque trabajó en la aduana de San Félix, la que dejó obligado por un fuerte paludismo que terminó curándose con píldoras de doctor Ross, después de office boy y aparte de seguir políticamente a su paisano Jóvito Villalba por todos los caminos de URD, Manuel González no cultivó otro oficio mejor que preparar esencia de vainilla para su venta al mayor.
         Al comienzo tropezó con dificultades por el hostigamiento de las autoridades sanitarias, pero luego de analizar y estudiar la calidad y pureza del producto le otorgaron el permiso y desde entonces su vainilla es la más solicitada en muchas partes de Venezuela. Se llama “La Mejor” y está en lo cierto. La vainilla de por si es aromática y estimulante. Se emplea con ciertos alimentos, pero particularmente en confiterías, licorerías, perfumerías, sobremanera en la fabricación de chocolate y en la farmacia es usada para quitarle el sabor desagradable a ciertos medicamentos.
         Cuando conversamos con Manuel González (1988) ofreciendo su producto a un cliente del Mercado, estaba cumpliendo medio siglo en este negocio, el mismo tiempo que llevaba de casado. Y la vainilla que producía era realmente barata. Una botella de 1,70 litros tan sólo costaba 20 bolívares y hay que ver lo que dura de a góticas.
         Con sus cincuenta años en el oficio, Manuel González no se sentía agotado. Tampoco arrepentido de haber cambiado las redes de pescar por la vainilla. No es hombre de arrepentimientos. Lo hecho, hecho está y en su caso lo más que podría haber hecho era lamentarse, pues un kilo de mero costaba tres veces más mientras que la vainilla en 50 años sólo había  aumentado  nueve bolívares y su venta  muy lenta. Menos podría en aquel tiempo volver a las playas de La Caranta, allá en su Pampatar querido, pues desde 1914 cuando nació a esta parte es mucho el tiempo recorrido.


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