jueves, 15 de mayo de 2014

La llegada del Papa

TOPICOS
A los 195 años de haber sido creada la Diócesis de Guayana por Su Santidad Pío VI, llegaba aquí el 29 de enero de 1985 para bendecirla el décimo quinto de sus sucesores, Juan Pablo II.
         No en una penitente carabela cruzando los océanos, tampoco con las vicisitudes de Fray Domingo de Santa Agueda, primer evangelizador venido a esta Guayana con Antonio de Berrío, pero, sin duda, con el mismo sentimiento religioso que el fundador del cristianismo insufló a sus apóstoles para que hermanara a la humanidad en el fin supremo de la justicia y de la bondad.
         Llegaba no para quedarse, sino para dejar un retazo de sí mismo, para darle aunque sea con la palabra un apoyo a quien no se siente seguro de su propia religión, venía para revisar la obra iniciada por el primer evangelizador y que han continuado con el mismo tesón los que  le han sucedido hasta nuestros días.
         La Iglesia, los pastores y la grey en general han crecido y se volvieron Orinoco y Caroní desbordados ante la presencia del Santo Padre aguardado por centurias.
         Pueblo de oriente y sur se concentró aquí en Guayana rebosando su contento porque su fe casi diluida en el duro tráfago de la cotidianidad la sentía renovada con la venida del gran vicario que coincidió con el día en que 96 años atrás surcó el Orinoco el primer barco de vapor. Entonces también hubo alegría en el pueblo, pero no tan apoteósicamente humana como cuando llegó el Papa. Entonces fue distinto porque había algo casi incomprensible que está más allá de la obra del hombre.
         La gente colmó hasta el desbordamiento casi todos los espacios previstos. No podemos decir cuánta porque es imposible medir la presencia de la emoción humana en las calles, pero podemos afirmar que nunca antes hubo nada parecido aquí en Guayana.  Fue un hecho histórico que se perdía de vista.
Hace casi cinco siglos, Colón al otear Guayana por las bocas del Orinoco se confundió con el paraíso. Entonces no había sino bohíos y aborígenes sumergidos en la abundosa vegetación. Hoy en la confluencia del Orinoco con el Caroní,  hay una gran urbe que sus planificadores calificaron originalmente de “Ciudad soñada”, pero ni una ni otra cosa. Sólo una ciudad, que no ha dejado de palpitar al ritmo de sus creencias primigenias, las mismas con las que quisieron saludar fervorosamente al Papa Juan Pablo II.
En el aeropuerto el Papa tuvo un recibimiento protocolar frío, impuesto por estrictas medidas de seguridad, pero al tomar la ruta en su automóvil de cristal comenzó a sentir en sus mejillas el cálido fervor de un pueblo creyente que quería tocarlo y no podía, que quería verlo sin cristales y aún le costaba. Más se veía la mitra que el rostro, más el cayado que la mano que bendice, más se sentía su voz  amplificada y resonando en cada ángulo de la multitud en actitud piadosa. Pero estaba allí, más cerca que el Vaticano, y ya eso era bastante y la gente avivaba su contento y manifestaba su emoción en todas formas, pero más repitiendo las consignas y agitando banderines.
         Privilegiado fue el centenar de obreros de la Siderúrgica que después de la celebración de la eucaristía compartió con él, la arepa, las tajadas, y el pollo deshuesado. Ya era casi el final de una jornada, de una gran jornada que empezó el sábado por la tarde al besar tierra venezolana en Maiquetía y finalmente: “Alta Vista”, aquí en Guayana donde ya comienzan a cansarse las aguas del Orinoco antes de rendirse al mar.



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