martes, 11 de septiembre de 2012

El Caballo Negro

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El 17 de enero de 1952 comienza el Caballo Negro de Ciudad Bolívar a anunciarse por las páginas de los periódicos como un bar de familia, pero a la larga, perdió esa condición por lo cerrado de la sociedad guayanesa y también por el hecho de ser para entonces el único bar nocturno de la ciudad, muy frecuentado por corsos o descendientes de corsos y sus amigos luego que cayó en manos de Roberto Bryant (en la foto), un francés muy gentil que llegó allí por accidente a trabajar de Barman cuando el Caballo Negro era regentado por un holandés.
Lo cierto es que Roberto en el 56 aprovechó una herencia que le dejó su padre muerto en París para comprar el Caballo Negro, a donde iba a solazarse y animar las tertulias Kiko Battistini, Andrés Palazzi, Pedro Battistini, Camilo Perfetti, Álvaro Natera, Alejandro Natera, Oscar Figarella, León Guevara Enet, Edgar Vallée Vallée, los Granatti, el profesor Marcos Peña Bouchard, el profesor Luis Pasarela, Saúl Andrade, Manuel Alfredo Rodríguez, Mario Jiménez Gambús, Frank Arreaza, José Díaz y toda una cáfila de deleitantes como Roberto Liccioni que con su voz de tenor se atrevía a competir con una rockola aunque casi siempre silenciosa porque más interesantes resultaban las tertulias sobre negocios, música y literatura que terminaron iluminando el cerebro y el espíritu de Roberto.
Como hecho curioso, el doctor Raúl Leoni fue llevado por Pedrito Battistini al Caballo Negro, pero se negó entrar, se quedó en la puerta comiéndose una hamburguesa que Roberto las preparaba mejor que Oldeburg. Leopoldo Sucre Figarella estuvo apenas en dos ocasiones, pues más le atraía “L’Tucan” convertido finalmente en el “Blue Star”, administrado por una mujer muy simpática llamada simplemente Gladis.
El Caballo Negro funcionaba en un Chalet de madera montado sobre pivotes a modo de palafito, propiedad de Roberto Liccioni y allí mismo vivía Roberto, quien era casado con una hermana del poeta John Sampson William y tuvo con ella dos hijos, profesores universitarios. Después que unos malandros le quemaron el Caballo Negro una noche del 9 de marzo de 1990, Roberto compró un trailer desechado del Campamento de Guri y lo ubicó en las faldas del cerro La Encaramada donde el armador Alberto Minet construyó un chateau. Allí asistido por Oscar Castro (Corocoro), el pescador más antiguo del Orinoco, sembraba piña y lechosa hasta que una catarata y la diabetes acabaron con él cuando todo el mundo creía que tenía siete vidas como las de un gato negro, pero no, el hombre era mortal como todos los humanos no obstante la afirmación de los corsos que libaban en su cantina a la que nunca fue Oscar Castro (Corocoro) el pescador del Orinoco que veló por él en la última estación de su vida.
Oscar Castro y su mujer velaron por Roberto Bryan hasta la hora final. El Pescador ya estaba jubilado después de muchos años pescando en el Orinoco y viviendo en la misma orilla del río padre, fumando cachimba y remendando redes durante su tiempo de ocio.
Además de pescador, “Corocoro” fue fiscal de pesca y caza hasta que el MAC lo jubiló después de haberle servido durante treinta años. Entonces era sesentón. Cuidaba las tortugas de Pararupa y también las bocas de los caños contra el aldrin y el barbasco que suelen emplear los enemigos de la fauna
Cuando comenzó a ser fiscal de pesca, asistió a unas cuantas charlas y aprendió lo que significaba continuar sin control con la captura del caimán, el manatí y la tortuga arrau que quiso degustar Roberto antes de morir.

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