domingo, 1 de julio de 2012

Primera tragedia aérea en Guayana

El 15 de mayo de 1937, la prensa local rompió la tradición de los titulares comedidos y en primera plana  llamó la atención en letras grandes sobre la “Tragedia Aérea en el Cuyuní”, la primera que se registró en Guayana desde que se iniciaron los vuelos aeronáuticos.  El siniestro ocurrió el 23 de abril, pero la noticia se supo en Ciudad Bolívar 22 días después.
            El suceso se produjo con un aeroplano Fairchild monomotor, 150 caballos de fuerza, que cubría la ruta Santa Elena de Uairén – Tumeremo, llevando a bordo nueve personas, entre ellas, el misionero capuchino Baltasar de Matallana (en la foto), un periodista del New York Time y un funcionario de la embajada norteamericana.
            El cielo estaba claro y despejado, como para pensar en un vuelo sin contratiempo, más la sorpresa oculta en uno de los tanques del combustible fue realmente cruel cuando el aeroplano se hallaba a 2.500 metros de altura y a 120 kilómetros de su propio destino.  Cayó sobre las copas de la selva. Tallos y ramas desprendieron los planos, retorcieron la hélice y como saetas atravesaron el fuselaje del Fairchild confundido en un amasijo de hierro, carga, tripulantes y pasajeros. Él misionero Baltasar de Matallana, quien iba sentado en un taburete, sin amarras, parecía al incorporarse desesperado, el único sobreviviente. Pero no, tanteando y despejando el estado catastróficamente confuso del aparato, respiró aliviado al cerciorarse de que no era el único. Aunque lesionados, allí estaban el barcelonés Jorge Marcano, capitán de la aeronave, con el rostro ensangrentado y la columna resentida; el copiloto Mendoza, con abultadas contusiones y heridas, aprisionado por tablas y barrotes; Fuenmayor, el telegrafista, con magullamiento y heridas; Serveleón Salazar, guardia nacional, con la clavícula fracturada y contusiones múltiples; la señora Lina Vallés, agente de un grupo minero de Surukún, con el fémur de la pierna izquierda dislocado; Frederick D. Grab, agregado comercial de la Embajada de los Estados Unidos en Venezuela, presentando quemaduras de aceite hirviente en las piernas; el corresponsal del New York Time, William Armstrong Perry, fuertemente conmocionado y atrapado entre doblados y retorcidos barrotes al lado del minero. Alfonso Duque, desnucado y mortalmente atravesado éste por ramas y cabillas. En resumen: cuatros inválidos en estado grave, un muerto y el padre Baltasar, Salazar, Fuenmayor y Mendoza, los menos afectados, haciendo un esfuerzo supremo por atender a los heridos. Los tres últimos, el mismo día salieron a buscar agua, provistos de dos de cuatro libras de chocolate de una encomienda que había en el avión, pero no regresaron. El Misionero, armado de una escopeta y veinte proyectiles, quedó sólo atendiendo a los heridos tendidos sobre una mata al pie de un árbol y como cobertizo una de las alas desprendidas del aparato. 15 días permanecieron en la selva hasta que fueron rescatados por los “rumberos de la jungla” que había partido desde El Dorado.  Sobrevivieron el piloto Jorge Marcano, el misionero capuchino Baltasar de Matallana, Mister Perry y Lina Vallés. Una vez rescatados fueron conducidos a la base de rescate en Tumeremo y desde allí, un avión de Aeropostal los condujo hasta el aeropuerto de Ciudad Bolívar, a donde llegaron el domingo 15 en la mañana y fueron recibidos por una multitud de bolivarenses encabezada por el Gobernador.  Seguidamente reanudaron el vuelo hasta Maracay. En cada punto, el tropel de gente era impresionante. El piloto Jorge Marcano, el misio­nero capuchino Baltasar de Matallana, Mister Perry y Lina Vallés volvieron a cruzar los aires en medio de la resignación más absoluta.  El misionero meses después publicaría un libro sobre la tragedia.

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