jueves, 31 de mayo de 2012

La Muerte del gran caudillo


 
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El 18 de diciembre de 1935, con un día de retraso, los bolivarenses se enteraron de la muerte del presidente de la República Juan Vicente Gómez y de las exequias que tendrían lugar en Maracay “con la pompa y solemnidad a su alta jerarquía”.

La muerte del dictador Juan Vicente Gómez el 17 de diciembre de 1935, coincidiendo con el aniversario del deceso del Libertador, suscitó en Ciudad Bolívar manifestaciones lideradas por Lucila Palacios, José María Escalante y Reinaldo Sánchez Gutiérrez, a favor de las libertades públicas.

Las cosas, definitivamente, comenzaron mal para Juan Vicente Gómez cuando el 9 de diciembre, en su hacienda Las Delicias, de Maracay, sufrió un ataque de prostatitis complicada con uremia.

Los doctores López Rodríguez y Ramón Ignacio Méndez, médicos de cabecera, nada pudieron hacer para ayudar al dictador a ganar una batalla más contra la muerte, y esa noticia, que alegraba a unos y amargaba a otros, se expandió como pólvora encendida por toda Venezuela.

“Anoche experimenté una cosa tan grande que me sentí morir. Luché contra la muerte y la vencí. Ahora le toca a ustedes hacer algo por mí”, dijo a sus médicos, pero el dictador tenía 78 años a cuestas y ello complicaba su patología.

En efecto, al siguiente día (sábado 14) sufrió un síncope y la gente lo dio por muerto. Luego, como transcurrían las horas y oficialmente nada se decía, comenzó a especularse que Gómez estaba mandando después de muerto. Pero realmente no era sino un desvanecimiento, un preaviso de la proximidad de su fin que hizo que don Eustoquio Gómez saliera al filo de la media noche de Maracay rumbo a Barquisimeto para preparar el asalto al poder. Al siguiente día, el Indio Tarazona, a quien el Benemérito había premiado con el grado de coronel, 75 casas y 5 haciendas, se enteró por los médicos que en cuestión de horas todo terminaría. De manera que fue al teléfono y previno a Eustoquio Gómez en su despacho de la Gobernación de Lara: “Prepare el machete porque el venado está listo”.

Esta comunicación tan elocuente en lengua llanera trascendió hasta el despacho del ministro de Guerra, quien ordenó detener a Tarazona y redoblar la vigilancia sobre los movimientos del gobernador larense y otros familiares del caudillo, que el 17 de diciembre se presentaron en “Las Delicias” para presenciar los últimos momentos del dictador, todavía lúcido a las 10:00 de la mañana.

“Qué sabroso está esto”, habría exclamado luego de ingerir una sopa preparada por su esposa. Más tarde gritaría: “¡Eloy, Eloy!”, pero ya Eloy Tarazona estaba a punto de ser detenido. A las 12:30 del día llegó el cura Isaías Núñez para los oficios de la extremaunción y treinta minutos después el general Gómez caía en coma diabético. Los médicos le aplicaron una transfusión de sangre, y a las 11:45 de la noche murió. “Tronco de hombre. Hasta a la muerte le costó tumbarlo”, expresó Eustoquio, al ver que dejaba de existir.

El Nuevo Diario, periódico oficioso del gobierno, El Heraldo, El Universal, La Religión y Ahora, entre otros, aparecieron el día 18 anunciando con grandes titulares el suceso. “Ha muerto el ilustre caudillo de diciembre, benemérito general Juan Vicente Gómez”, tituló El Luchador, de Ciudad Bolívar, agregando en el subtítulo que las exequias tendrían lugar en Maracay con la pompa y solemnidad debida a su alta jerarquía.

El ministro de Guerra y Marina, general Eleazar López Contreras, asumió el poder y se dirigió a la nación en breve alocución en la que calificó la muerte de Gómez de “inmensa desgracia nacional”.

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