sábado, 19 de mayo de 2012

Devoción y superstición

La devoción y culto de los bolivarenses de la capital por la Virgen del Carmen los llevó a levantarle una capilla con arcos en forme de ojiva, en la parte oriental del antiguo Paseo Falcón de la entonces llamada Parroquia Santa Justa. Una capilla sencilla, diagonal con el edificio de La Aduana pero en zona baja colindante con un extremo de la calle Venezuela.

En la construcción de la modesta capilla tuvo mucho que ver la Cofradía de la Virgen del Carmen, una de cuyos miembros donó la imagen que se venía venerando en la Catedral. Dicha donación la materializó el bachiller Régulo Machado, en nombre de su madre Clementina de Machado, y había sido traída en 1883 expresamente de Europa por el donante. Sin embargo, no es la que está actualmente en la capilla, sino otra imagen donada por la cofradía y retocada artísticamente por la señora Elena de Montauban, esposa de Antonio Liccioni.

El 19 de febrero de 1938, el doctor Rafael Velásquez Márquez donó las campanas a la capilla dado que carecía de estos instrumentos sonoros tan útiles en los ritos religiosos.

En Ciudad Bolívar se localizan erigidas cuatro capillas de Nuestra Señora del Carmelo: la del Paseo Orinoco diagonal con la antigua aduana hoy Comando Fluvial de la Armada; la de Agua Salada; la del caserío Carolina y la de la cárcel de Vista Hermosa. En el interior existen la de Cabeza Mala, municipio Roscio; la de El Callao, y la de la Tigrera y Aripao en el municipio Sucre.

Recién conquistada Guayana por los patriotas, explotó una fábrica de dinamita, el Día del Carmen, 16 de julio de 1818, en el sitio “La Ceiba”, escasamente distante de Ciudad Bolívar. 35 mil kilogramos de dinamita acumulados en el depósito de la fábrica dirigida por Lec Welcher, estallaron causando la muerte a 50 obreros.

Setenta años después, justo el mismo 16 de julio pero de 1888, volvió a explotar la fábrica de dinamita que había sido reinstalada a dos kilómetros en la parte oriental de la ciudad, por la firma comercial Frustuck Hermano, que proveía de explosivos a la Compañía Minera de El Callao a través de los carros bueyes de don Carlos Siegert. En el siniestro pereció el caporal de nacionalidad suiza Adolfo Vater y otros obreros. La coincidencia de las dos explosiones el 16 de julio generó entre los habitantes una superstición fatalista de la que siempre se temía el Día del Carmen.

La destrucción de la fábrica afectó a las empresas del Oro que debieron importar el explosivo, pero racha fatal, el 13 de noviembre de ese año explotó la carga que trajo el vapor “Louise”, anclado en el puerto de la Sabaneta, frente a la isla Panapana.

El año siguiente -1889- se volvió a insistir en la fábrica, pues era una necesidad debido a la demanda de las empresas mineras. Pero esta vez fue instalada, con el nombre de “Dinamita Nobel”, en memoria de su inventor Alfredo Nobel, en el puerto de Aramaya, un poco más allá de San Félix.

Esta superstición se ha venido enervando y la devoción por la Virgen del Carmen se mantiene por fe y tradición. Manuel Cisneros Gambús, periodista y humorista que no era hombre de rezos ni de misas, solía contarme, sin embargo, que cada domingo llegaba hasta la Capilla de “Agua Salada” para ver a la Virgen del Carmen y conversaba con el Chino Puerta, uno de los primeros pobladores del lugar, comerciante, cuya popularidad se ha venido diluyendo con el tiempo de las nuevas generaciones.

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