lunes, 7 de mayo de 2012

Muerte de Gómez. Inhumación y Reacción


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El 22 de diciembre de 1935, tras la inhumación de los restos del presidente Juan Vicente Gómez, los bolivarenses escucharon al nuevo presidente de la República, Eleazar López Contreras, por la Broadeasting Caracas, mientras desde la Fortaleza del Zamuro una salva de cañonazos retumbaba y en la iglesia catedral doblaban las campanas. Los edificios públicos izaron a media asta la Bandera nacional y otro tanto hicieron los consulados con las enseñas respectivas de sus patrias. El presidente del Estado, Dr. Antonio Álamo y el presidente edilicio, doctor J. M. Agosto Méndez, dictaron decretos de duelo siguiendo la pauta del Ejecutivo Federal que dispuso 15 días de luto.

El Presidente del Estado, por cuestión de seguridad, no asistió a las exequias sino que envió una delegación formada por el coronel Roberto Ramírez, doctor Julio C. De Armas y Carlos Simón Álamo. Gómez fue sepultado el 20 de diciembre en Maracay, tres días luego de su fallecimiento. Las exequias fueron presididas por el Ejecutivo Federal. Las tropas acantonadas en aquella ciudad aragüeña, formadas por las armas de la infantería, caballería, artillería, aviación e institutos de enseñanza militar y naval, concurrieron al sepelio vestidas de gala con una cinta en la manga izquierda del uniforme.

Sepultado Juan Vicente Gómez con todos los honores, el país tuvo un nuevo amanecer. Al siguiente día de la inhumación del cadáver, Eustoquio Gómez “salió de Maracay para Caracas y llegó por la mañana. A las ocho ya estaba en el Ministerio de Guerra buscando hablar con López que lo recibió y le ofreció protección, la que fue rechazada por aquél; a las nueve y cuarenta y cinco minutos llegó Eustoquio a la Gobernación con sus hombres armados de ametralladoras. El general Galavis recibió órdenes de López de aprehenderlo para enviarlo en avión a Curazao. Al encontrarse los dos hombres, Galavis le dijo: “Lo siento General, pero he dado órdenes de arrestarlo”. Eustoquio se llevó las manos al costado para sacar el revólver, cuando un soldado lo hirió de muerte de un disparo; el herido corrió y se refugió en un retrete, donde murió, mientras sus guardaespaldas huían despavoridos. Durante ese día, la multitud sublevada, empezó los ataques y fue destruido el “Nuevo Diario”.

Los sucesos de Caracas desatados por la muerte del general Juan Vicente Gómez y la información de que el gobierno había develado un golpe a favor del continuismo del clan gomecista, repercutieron en toda la provincia. En Ciudad Bolívar donde todavía gobernaba el doctor Antonio Álamo, la gente salió a la calle cuando el joven José María Escalante se montó en un banco del Paseo Falcón y comenzó a arengar al pueblo para que manifestara contra el gomecismo y pidiera el restablecimiento de las libertades públicas por tanto tiempo usurpadas.

Los bolivarenses respondieron tímidamente al principio y luego con mayor enardecimiento. Entonces, ya no era sólo el joven Escalante, sino también Lucila Palacios y Reinaldo Sánchez Gutiérrez.

Lucila Palacios que entonces vivía en la hoy Biblioteca Rómulo Gallegos, salió a la calle en compañía de otras damas y aprovechando numerosos parroquianos congregados en la Plaza Bolívar, se montó en uno de los bancos y arengó: “Bolivarenses: El general López Contreras, pidió en el Panteón Nacional y ante los restos del Libertador, la serenidad y justicia necesarias para dirigir los destinos del pueblo, ahora el pueblo venezolano debe pedir a ese mismo Libertador que le conceda la perseverancia y el valor necesarios para mantener su decisión de pueblo libre en todas y cada una de las circunstancias difíciles que pudieran presentarse”.

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