miércoles, 16 de mayo de 2012

De Vicencio a Joaquín Latorraca

B1TOPICOS
El 4 de junio de 1930, la Barbería de Carmelo Latorraca, una de las más antiguas de la ciudad, reanudó sus actividades, luego de un receso prolongado desde que se inició en la calle El Poder (Perro Seco) frente al edificio que después fue asiento del popular  Cine Royal, donde cantó Tito Guízar y otras estrellas del cine mejicano.

Procedente de Salerno llegó a la ciudad a la edad de trece años siguiendo las huellas de su padre Vicencio Latorraca, con la intención de adaptarse al medio y proseguir sus estudios, pero ante la perspectiva del oro que en barras salía de El Callao por Ciudad Bolívar rumbo al exterior, terminó siendo joyero, pero la plaza en ese ramo estaba muy competida y decidió meterse a barbero y barbero fue alternando el oficio con el arte de la dramaturgia, vocación que lo llevó a escribir teatro de calle que montaba durante los carnavales especialmente. Sólo que las obras de Carmelo nunca tuvieron final, quedaban inconclusas o en suspenso hasta el próximo año.

Cuando en 1930 reanudó su actividad de fígaro, Carmelo Latorraca le puso a su barbería en el Paseo Orinoco, esquina con Dalla Costa, el nombre de Salón Ideal que no fue todo lo ideal que esperaba pues una vez tuvo que vender el piano y otras herramientas para poder cancelarle a Juan Casalta los alquileres del local.

Carmelo, además de barbero, distribuía el diario El Universal editado en Caracas y cuyo fundador, el poeta Andrés Mata, había vivido en Ciudad Bolívar. El periódico llegaba bastante atrasado en los aviones Late 28 de Aeropostal.

Le llegó el tiempo de buscar compañera y contrajo matrimonio con Nieve Flores, la hermanita mayor de José Rosalino (Pepe) Flores, con la que tuvo varios hijos, entre ellos, Joaquín Latorraca, nacido el 2 de mayo de 1924 (en la foto con su esposa y el periodista Vilchez), quien se negó a aceptar los trastos de barbero que le legó su padre, pero sí la distribución del periódico por cuya vía llegó a ser corresponsal de ese rotativo y al mismo tiempo distribuidor, reportero y fotógrafo del diario El Bolivarense a partir de su fundación el primero de diciembre de 1958.

Joaquín era como un andariego caminando sobre las ruedas de una camionetica italiana como sus ascendientes, repartiendo a su local clientela periódicos, revistas y folletines. En cada punto clientelar de la ciudad se detenía con su fácil sonrisa y tras el animado intercambio casi siempre venía arropada la noticia que luego desnudaba en su Remington del Barrio Obrero bajo la mirada de Doña Carmen, su esposa, que se quejaba de ese reportero siempre en la calle y que parecía saberlo todo.

Cuando no estaba tertuliando en el puesto de revistas, estaba en la redacción de El Bolivarense, de Radio Bolívar o discutiendo con el pregonero de la esquina o con Vilchez, Rafael Durán Rodón o Gladys Figarella o en la Casa del Periodista donde además de secretario general podía ser secretario de actas o de finanzas, no sentía complejo de saltar de un cargo a otro, lo importante era prestarle al gremio lo que podía de acuerdo con la realidad que manejaba.

Redactaba la nota, disparaba el flash de la Reflex cuatro por cuatro, procesaba en cuarto oscuro la fotografía y luego con cuartilla y todo la montaba si era preciso después de copiarla con plomo en linotipo en ausencia de Marcos Dinelli o Lexilé Narvaez.

Así era este Latorraca que trabajaba noche y día al ritmo de su propio esfuerzo, inmune a todo mal.


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