martes, 13 de marzo de 2012

Tamarindo

 
José Vicente Iriarte era conocido más por Tamarindo que por su propio nombre. Lo de Tamarindo le venía porque solía recomendar a sus vecinos y amistades del barrio Perro Seco de Ciudad Bolívar donde vivía, el cocimiento de las vainas del Tamarindo como atemperante en los casos de fiebre por insolación. También recomendaba la pulpa del fruto como laxante, y él mismo preparaba para sí un jarabe como refrescante en la época más calurosa de la ciudad.

Él era un acertado sobador, muy hábil para tratar la dislocación de huesos. Yo mismo me vi en la necesidad de visitarlo por sugerencia -¡increíble!- de un médico traumatólogo que me examinó superficialmente la luxación sufrida en la muñeca de la mano izquierda al caer de una mata de mango en un fundo de Caratero.

Tamarindo, ya de cierta edad, moreno, escaso pelo, lentes de armadura gruesa y rostro reflexivo, me atendió casi silenciosamente. Me sentó en una silla de cuero y él hizo lo igual en un banquillo de madera, se frotó las manos con el líquido oscuro de una botella, luego untadas con cebo de culebra las pasó repetidas veces por las articulaciones lesionadas a tiempo que murmuraba una oración casi inaudible y trac, trac, ya estaba misteriosamente curado sin vendas ni yeso.

Dos años después volvería, pero con torcedura en el pie derecho al volverme a caer de la misma mata de mango, esta vez zarandeado por unas avispas. Ocurrió el mismo ritual y por retribución lo que yo quisiera. El hombre era sabio, humilde y generoso. Esa misma tarde llegó desde Maturín un oficial del Ejército con su joven esposa toda adolorida por traumatismo de las articulaciones de la cadera. Le dijo al militar que como tenía que pasar a su cuarto y desnudar a su mujer, era preferible que lo acompañara. “No importa -dijo el capitán todo decidido- haga su trabajo”.

Casi todas las articulaciones del esqueleto se pueden luxar, me dijo Tamarindo en la segunda ocasión, ya más familiar y menos introvertido. Sabía de mi condición de periodista. Me dijo que por sus manos habían pasado personas con luxación en la mandíbula por abrir demasiado la boca al bostezar, atletas con el hombro lesionado al hacer deportes o con problemas en el codo por caída; caderas o rodillas por accidentes de moto o traumatismo directo. La luxación de hombro era la más frecuente. El tratamiento casi siempre era el mismo aunque algunas veces debía utilizar la garrucha para la reducción, esto es, conseguir que los huesos vuelvan a ocupar su posición correcta.

La famosa Cruz del Perdón de Ciudad Bolívar a la margen derecha del Orinoco, que al principio era de fleje, dice la voz popular que fue sustituida por una Cruz de Madera, que en una de las incursiones militares cuando era soldado, trajo Tamarindo de alguna extinguida misión capuchina del Caroní.

Tamarindo fue recluta alistado en calidad de enfermero en el Batallón Zamora Nº 14, que en el Cuartel El Capitolio de Ciudad Bolívar era comandado por el general Juan Alberto Ramírez, el mismo que restauró el Fortín del Zamuro, luego que fuera destruido al final de la Guerra Libertadora en 1903.

José Vicente Iriarte nació en Ciudad Bolívar en 1892 cuando la Piedra del Medio quedó tapada por una de las más espectaculares crecidas del Río Orinoco. Era hijo de una negra guaireña llamada Julia Iriarte y el coronel José Zapata, hermano del general Anzelmo Zapata, quien peleó al lado de Joaquín Crespo durante la revolución legalista y a favor de Cipriano Castro y de Gómez contra la llamada Revolución Libertadora.

No hay comentarios:

Publicar un comentario