domingo, 18 de marzo de 2012

Demolición del Teatro Bolívar

El 15 de enero de 1935, el gobierno regional ordenó levantar un informe completo sobre la situación del Teatro Bolívar y las obras de reconstrucción que se habían iniciado durante la gestión de Silverio González (1924-1930).

El informe técnico ordenado por el presidente Antonio Álamo (1933-1936), establecía que el Teatro se hallaba dentro los siguientes linderos: norte, calle Concordia; sur, calle Las Mercedes; este, casa Sebastián y oeste, calle Constitución. Superficie del edificio 664 metros cuadrados. Frente: en construcción con superficie de 198 metros cuadrados. Paredes de piedra y adobes pegados con mezcla mulata; o sea, un compuesto de cal, arena y tierra colorada. En resumen, el informe concluía en que ni las paredes ni la clase de construcción en general eran aparentes para soportar la carga a que estaban destinados. Igualmente observaban lo defectuoso de la construcción relativa al techo que era de hierro galvanizado sobre viguetas de madera. En definitiva el informe técnico consideraba más acertado la construcción de un Teatro moderno en un lugar más adecuado, y dejando el propio para la caja de agua del proyectado acueducto de la ciudad.

El gobernador José Benigno Rendón (1936-1938), acogió el informe anterior e inició la demolición total para la construcción de un nuevo Teatro el 17 de septiembre de 1936. Antes, por decreto del 9 de julio de 1936, había integrado una comisión con José M. Hernández, A. Graterol y Carlos Delgado para la elaboración de los planos, pero en el mismo sitio. Entonces, Pedro Calderón, quien era el ingeniero municipal, recomendó la fachada principal del Teatro hacia el norte.

Al presidente del estado J. B. Rendón no le alcanzó el tiempo de su mandato para dejarles a los bolivarenses el Teatro que tanto anhelaban. Fue el doctor Mario Briceño Iragorry, presidente del estado entre 1943 y 1945, quien resolvió la situación construyendo en el mismo lugar no propiamente un teatro sino lo que fue hasta la década de 1960 el Auditorio Simón Rodríguez, transformado hoy en el Palacio de la Asamblea Legislativa.

Como se ve, el telón del Teatro Bolívar descendió y de éste solo quedó el parlamento, el parlamento interminable y controvertido de una obra que fue sueño, realidad y nuevamente sueño.

El sueño volvió a ser realidad, pero realidad inconclusa medio siglo después, digamos en 1986 cuando el centro urbano de la ciudad, declarado Monumento Público Nacional, fue objeto de un programa de revitalización integral en cuyos proyectos estaba el teatro.  Entonces, la edificación construida durante el Gobierno de Eudoro Sánchez Lanz, adosada al Capitolio para cuartel de la policía, fue intervenida para convertirla en un teatro que, de acuerdo con el proyecto encomendado al arquitecto Orlando Benítez, resultaba similar al de Bogotá y se habría realizado sino ocurre súbitamente la muerte de la arquitecto Elisa Rodríguez Landaeta, quien era jefe de la Oficina Técnica del Casco Histórico y funcionaria de Mindur.

Después del fallecimiento de Elisa, fue designada jefe de la Oficina Técnica la arquitecta Rosángela Yajure, perteneciente, junto con Farruco Sexto y Oscar Tenreiro, al Grupo Nave de la UCV, cuya filosofía era la regeneración del lenguaje arquitectónico moderno.  Este grupo hizo desistir al gobernador Velásquez del proyecto Benítez para construir un teatro moderno en el mismo lugar, pero criticado por no conjugar la relación de armonía con el Capitolio donde estaría adosado, no solamente estableciendo alto contraste sino alterando la volumetría de la zona.

La ejecución del edificio se adelantó bastante, pero quedó  inconclusa a raíz de las elecciones que impuso a otro gobernador.  El egoísmo político es cosa seria, y la ciudad la gran perdedora.

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