viernes, 30 de marzo de 2012

El Eco de la Catedral


En el año 1944 se hizo popular un Eco que se producía en el Callejón de la Catedral de Ciudad Bolívar y con el cual niños y jóvenes se distraían hasta fastidiar a sacerdotes y feligresía.
            En el callejón formado por la Plaza Bolívar y las paredes de la Catedral solía repetirse el eco de cualquier sonido que se emitiera y ello, por supuesto, divertía a los muchachos que iban a jugar muchas veces espantados por el Sacristán o por Monseñor Cardozo, vicario de la Diócesis.
El maestro José Luis Aristeguieta, gran lector y cultivador de la cultura griega, una vez que los muchachos salían del catecismo no se resistió a contarles a un grupo la leyenda de la Eco que no era más que una ninfa de la montaña, a quien un dios mitológico llamado Zeus le pidió entretener a Hera, su mujer, con una charla interminable, para que ésta no pudiese espiarlo. Pero Hera, fastidiada le quitó a Eco el  habla, dejándole sólo la facultad de repetir la sílaba final de cada palabra que oyera. Un amor no correspondido por el bello Narciso, que amaba a su propia imagen reflejada, hizo que Eco languideciera hasta que sólo quedó de ella su voz.
Pero científicamente  hablando el Eco  realmente es un fenómeno acústico producido cuando una onda se refleja y regresa hacia su emisor. Puede referirse tanto a ondas sonoras como a electromagnéticas. En el caso del oído humano, para que sea percibido es necesario que el eco supere la persistencia acústica, en caso contrario el cerebro interpreta el sonido emitido y el reflejado como un mismo sonido.
Alejandro Laime, un ingeniero letón que dedicó casi toda su vida a explorar la meseta del Auyantepuy, solía contarme   que en la meseta existen formaciones rocosas donde la voz se repite en eco hasta siete veces durante diez segundos. Él, cada vez que subía, jugaba con el eco como un niño.  Le encantaba que la montaña repitiera su nombre y estaba preparado para morir en ella.
 Laime vivía convencido y obsesionado de la existencia de un río dorado y respondía cuando era interrogado: “Yo creo que hay algo. Hay formaciones que me llevan a creer que existe oro en el Auyantepuy, pero la meseta es inmensa, 440 kilómetros cuadrados, y difícil de explorar.  Hay desniveles, piedras de todos los tamaños como estatuas o monumento megalíticos, precipicios, numerosos ríos, ciénagas que hacen casi imposible cualquier exploración”.
             A la exploración de esa meseta misteriosa y alucinante, donde las precipitaciones son intensas y frecuentes las tormentas, dedicó la mayor edad de su vida Alejandro Laime y había sacrificado hasta entonces quince años de su profesión de ingeniero civil. Quince años sin ejercer la profesión por estar metido en la selva buscando el Dorado y oyendo el eco de su nombre cuando quería dialogar con alguien que no fuera la soledad eterna de la meseta donde se desprende el salto de agua más elevado del planeta.
El Bachiller Ernesto Sifontes, cronista del Orinoco, realizó una expedición por la Meseta del Auyantepuy y también oyó su nombre repetido siete veces por el eco de las cavernas rocosas y explicaba que los indios Pemón habitantes de la región, se referían a la meseta como “Yatepuy”, pero el ingeniero Grillet Sucre se empeñó en atribuirle etimología italiana al nombre indígena y dio por llamarle “Aultante pui” que en ese idioma significa “El que aulla más”, no solamente por el significado itálico del vocablo sino porque verdaderamente de noche son aullidos repetidos nada divertidos como los de la Catedral.

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