jueves, 5 de enero de 2017

La tortuga de Orinoco

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La veda  dispuesta hace más de cuarenta años para proteger la tortuga del Orinoco aún priva a los bolivarenses del “carapacho de tortuga” , deliciosa y tradicional vianda de verano que en tiempo de la Semana Mayor hacía competencia al pastel de morrocoy, al pisillo de chigüire y al salcocho de morocoto.
         Hace más de cuatro decenios, Ciudad Bolívar consumía unas cinco mil tortugas durante la temporada y otras tantas los pueblos del interior y de otros estados.  Todavía había quelonios, a bajo precio, una costaba quince bolívares.  Claro que para entonces no había tantas tortugas como cuando el francés Jean Chaffanjon navegó el gran río en busca de sus cabeceras.  Entonces, según la novela de Julio Verne, se podía ir de una orilla a la otra caminando sobre sus carapachos. Algo hiperbólico, pero que da  idea de lo abundante de esta especie realmente interesante y de alto valor nutritivo.
La tortuga Arrau o del Orinoco, dada de la vigencia del decreto de veda, sigue siendo, por supuesto,  una especie en extinción, por lo que cuatro decenios o más no han sido insuficientes para superar el peligro. En el Orinoco Medio, su natural habitad, al parecer, no llegan a dos mil las hembras reproductoras.
         Entonces, qué ha sucedido con la veda y el programa de conservación de la Tortuga Arrau? Por qué son pobres los resultados?  Qué deben decir al respecto los responsables del control de la veda y de llevar adelante el programa de conservación y multiplicación de la especie?   Necesitan más tiempo? Hasta cuándo?  Son preguntas sin respuestas que circulan.
Tenemos entendido que con la veda se perseguía al cabo de un tiempo menor al que lleva, la explotación racional o controlada, pero, ya vemos, no ha pasado nada. Seguimos sin ver ni probar la tortuga, sin la vianda ni el caparazón donde Malvina Rosales cargaba piedras para empedrar las calles y los muchachos rodaban cuesta abajo, suerte de tobogán, por  las cuestas despejadas de la colina del casco.
Los jóvenes actuales desconocen este importantísimo recurso fáunico del río que durante un siglo fue depredado y que el decreto de veda del desaparecido  Ministerio de Agricultura y Cría, no ha podido remediar. Creíamos que al cabo de unos veinte o treinta años habría quelonios como los hubo hasta la mitad del siglo pasado, tiempo durante el cual el habitante aprovechó  abundantemente su carne, huevos y el bien aderezado y exquisito carapacho de la tradición
         En estos días un amigo me comentaba, tratando de justificar los resultados de prolongada veda, que de 100 tortugas que nacen sólo el 30 por ciento llega a la edad adulta debido a depredadores naturales del medio ambiente como el Tigre y el Caricari y a la brutal y hasta ahora incontrolable cacería del hombre.  Pasamos a creer más en lo último porque tanto el tigre como el caricari pasaron hace tiempo a ser también especies en extinción. 
         Ya no hay tigres porque la cacería del hombre fue  implacable alegando que se comían a las reses, tampoco hay caricari porque el campesino descubrió que su carne es tan sabrosa como la de pollo, especialmente cuando el hambre arrecia.  De manera que esto no justifica la depredación de las tortugas salvadas gracias a la veda, lo que ocurre es que la explotación de la tortuga continúa bajo una modalidad encubierta, vale decir, furtiva o clandestinamente, de lo contrario Pararupa estaría sonando como una bulla diamantífera.

         La Arrau o Tortuga del Orinoco no sólo habita las aguas del río padre sino que vive también en los ríos del Perú y Brasil con un competidor de menor talla, la Matamata, que le gana la batalla de la conservación, gracias a que despide un olor muy fuerte.

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