domingo, 15 de enero de 2017

El Padre Diego

El Misionero capuchino Diego de Valdearena, mejor conocido en Guayana como “El Padre Diego” ha sido calificado como uno de los sacerdotes más bonachones y pintorescos.  Realmente irradiaba simpatía y conversaba amablemente con la gente que solía abordarlo, especialmente con los periodistas, tanto en Santa Elena de Uairén, donde residía y oficiaba como en Ciudad Bolívar a donde se dirigía frecuentemente en diligencia de compras y de paso hacer contacto con sus superiores y fundamentalmente con el Ejecutivo Regional, responsable de que todo marchara bien en el distrito fronterizo.
         Raro el bolivarense que no conociera o supiera del Padre Diego.  Vivió muy cerca de nosotros durante cuarenta años, pero al igual que Monseñor Zabaleta no quiso morir aquí.  Se fue a lanzar su último aliento de vida en Madrid donde falleció el 13 de mayo de 1995.  Ha podido muy bien pedir que sus restos fuesen inhumados en la Iglesia Catedral de San Elena que es obra suya.  Una iglesia de estilo gótico levantada piedra sobre piedra por los miembros de la Parroquia del Vicariato y de la comunidad Pemón.
         Santa Elena de Uairén que es el pueblo fronterizo más importante del Estado Bolívar, debe mucho al Padre Diego, tanto en lo espiritual como en lo educacional, artesanal y en el fomento de la ganadería.  La fundación de Santa Elena, a la orilla del río Uairén, la inició el explorador Lucas Fernández Peña el 16 de septiembre de 1923 y la completaron los misioneros en 1931.  En este punto finaliza la Carretera de la Gran Sabana desde El Dorado luego de un trayecto de 317 kilómetros.  Es el más importante de los cinco centros misioneros que regentan los padres capuchinos y en ella reside el Vicario Apostólico de las Misiones del Caroní. Desde este punto fronterizo se puede continuar hasta Boa Vista pasando inmediatamente por Pacaraima, ciudad construida por los brasileros tratando de equilibrar la colonización iniciada por Venezuela.
         El Padre Diego se radicó en Santa Elena en 1945 y logró fundar un hato con 1.500 reses que produce carne para consumo de la población y trabajo para los indios de la etnia Pemón, estableció una escuela para niñas y luchó para que la carretera hasta Santa Elena fuera una realidad, en el entendido de que ella favorecería el desarrollo urbano de Santa Elena y abarataría el costo de la vida.
         En julio de 1967 cuando visitamos ese lugar que funcionaba como un municipio foráneo bajo la jurisdicción de Guasipati, cabecera del distrito Roscio, el costo de la vida en Sana Elena e Icabarú era más alto que en cualquier otra parte de Venezuela, pero ya la carretera estaba siendo ejecutada por el Batallón de ingenieros Juan Manuel Cajigal, aunque trabada por el tremedal llamado “El Paso del Danto”.
         El alimento menos costoso entonces,  tal vez por lo abundante, eran los cítricos y la Guayaba.  El agua era de apariencia purísima y de sabor agradable, descendiendo desde los altos de las rocas y recogida por un acueducto que la lleva hasta los hogares.

         En nuestra gira de escasas horas, invitado por el gobernador Pedro Battistini Castro, observamos que la tierra es ácida como en el resto de Guayana, pero que con buena dosis de calcio y fósforo se pondría en condiciones de producir toda clase de frutos.  Por eso el Padre Diego Valdearena nos insinuaba en esa oportunidad la necesidad de que los abonos de la Petroquímica fueran extendidos por la mano oficial hacia allá para producir lo que hasta entonces costaba traer de otras regiones del país, incluso del Brasil.

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