sábado, 13 de agosto de 2016

Gallegos y el Conde Cattáneo


En febrero de 1931 cuando Rómulo Gallegos llegó a Ciudad Bolívar en busca de material para su novela “Canaima”, trató y conoció a numerosos tipos que con nombres diferentes introdujo en su narración novelesca, entre ellos, el Conde de Sedrano Antonio G. Cattáneo Qurin (en la foto), personaje insólito que abandonó los palacios reales de la península itálica  para internarse en la selva de Guayana.
        Gallegos, a solicitud suya, fue invitado por el Presidente del Estado, doctor José de Jesús Gabaldón y su Secretario General de Gobierno, el upatense Toribio Muñoz, quien le presentó al ganadero  Rafael Lezama (en la novela Manuel Ladera) para que le sirviera de baquiano por todos los caminos, hatos y pueblos del interior de Guayana.
        Para ese año, el Conde Cattáneo contaba 51 años de edad y  prestaba servicio en la Gobernación del Estado, primero como Inspector de Obras Públicas y Director de Sanidad.  También como Jefe del Batallón Rivas No. 7 para combatir la cuarta invasión del general Arévalo Cedeño. Había ocupado otros cargos relevantes aquí y en varios puntos de Venezuela, desde la época de Cipriano Castro hasta 1970 cuando falleció, dado su rango militar de carrera, jefe de caballería en Italia y  Capitán de Cosacos en Siberia.  Incluso recorrió todos los países de América y peleó en Nicaragua al lado del General Santos Zelaya.
        Gallegos lo asume en su novela como el Conde Giaffaro, a quien Marcos Vargas, el protagonista, solía visitar los domingos atravesando el río Guarampín.  Misterioso, carilarga y desgalichado, a quien la edad ya lo hacía tartamudear,  lo describe Gallegos mientras Marcos Vargas quería que el Conde le hablara de su vida anterior, que le explicara por qué había decidido internarse para siempre en aquella selva.  En la novela el Conde vive solitario en una casa rústica, pero confortable, con huerta y jardín cultivados en medio del bosque bravío y con la momia de un indio que siempre lo había acompañado.
        ¿Decepciones? ¿Cansancio del mundo civilizado? ¿Fastidio de haberle dado la vuelta al mundo varias veces? -pregunta Marcos Vargas y el Conde movía negativamente la cabeza y quedábase mirando al criollo curioso, largo rato con sus ojos saltones…El conde sonreía inexpresivamente, mostrando sus diente largos y ennegrecidos por la nicotina.
        Lo que Gallegos inquirió del Conde, puesto en el talante y desasociego de Marcos Vargas, es lo que sicólogos modernos aconsejan a quienes sufren intoxicación de la psiquis, drenarse gritando a todo pulmón. “Hay que cuidarse haciéndose curas periódicas, abriéndole válvulas de escape a las inmundicias que se van acumulando dentro del alma a fin de que no lleguen  a intoxicarla por completo y para esto no hay nada tan bueno  como la selva. Trate usted su alma como una caldera de vapor, vigile los aparatos registradores de la presión y cuando advierta que ésta pone en peligro la integridad de aquella, gire el obturador sin falsos escrúpulos y abra la válvula al grito de Canaima. Deje que los demás se pierdan en conjeturas acerca de lo que significarán esos silbatos del alma.  Usted sabe lo que significa y eso basta”, aconsejaba el Conde y Marcos Vargas llegó desde ese momento a comprender lo que  ocurría dentro de él luego de haber dado muerte por venganza al sicario sanguinario Cholo Parima.
        Bajo una tempestad, internado en la selva, se desgarra las vestiduras y desnudo como Dios lo echó al mundo entra en plena comunión con las fuerzas telúricas y trata de purificar su alma tal como periódicamente lo hacía el Conde Giaffaro convertido desde entonces en misteriosa leyenda en boca de los purgüeros del Cuyuni y el Orinoco.
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