miércoles, 3 de agosto de 2016

El anillo del Cardenal

Monseñor José Ignacio Cardenal Velasco, siendo Vicario Apostólico de Puerto Ayacucho en 1989, experimentó deseos de conocer la Diócesis de Ciudad Bolívar, donde residía su amigo el Arzobispo Monseñor Luzardo, pero quería realizarlo siguiendo la ruta Apure Orinoco que abriera por primera vez en 1647 el capitán barinés Miguel Ochogavia.  Lamentablemente no le fue posible porque, aunque usted no lo crea,  se le perdió el anillo y, al parecer, el prelado era algo supersticioso.
         El anillo que le había entregado el Papa, lo perdió en el río Apure cuando en su condición de prelado cumplía una misión pastoral. Atribulado por  tan preciosa como lamentable pérdida que no habría podido recuperar el más experimentado buzo margariteño, entró en una reflexión profunda al encuentro de la paz consigo mismo e imaginó que tal vez el anillo  pertenecía a las ondinas del río, asimilando a su situación aquella lejana leyenda nórdica de los Nibelungos.
Desde entonces trabajó ardorosamente para que el Sumo Pontífice pudiera concederle la gracia de otro anillo y, como lo vimos en el 2001,  lo  logró al ingresar a las filas de los purpurados porque es rito y tradición arraigada desde el siglo IV que el Obispo y el Cardenal lleven el anillo pastoral como símbolo de su unión mística con la iglesia de Cristo.  También es emblema de autoridad, pues cuando el Faraón  nombró a José (patriarca bíblico hijo de Jacob)  su primer ministro, le colocó en el dedo su anillo de oro.
         A propósito de la leyenda nórdica de los Nibelungos, el gran clásico Ricardo Wagner compuso la ópera “El anillo del Nibelungo”, tetralogía dramática considerada la más ambiciosa que jamás  haya interpretado un compositor.  Trata precisamente de un anillo hecho con el oro del Ring que celosamente guardaban las ondinas.  Quien poseyera el anillo pasaba a ser dueño del mundo, lo cual dio lugar a un drama intenso en que el anillo en juego por el desiderátum de poseerlo, vuelve irremisiblemente a las nereidas de las aguas.
         El anillo, aro o sortija como también se le llama, es una de las prendas simbólicas más antiguas.  Se conoce desde el Egipto antiguo con jeroglíficos y escarabajos grabados y el espíritu creativo del hombre le ha dado infinidad de formas utilizando no solo el oro sino también la plata, el cobre, el hierro, el marfil, el cristal, el barro esmaltado y el cuarzo.
         En tiempos medievales, cuando se creía que los metales eran orgánicos, que crecían y desarrollaban como las plantas, los húngaros estaban casi convencidos de la vid áurea y según leyenda recogida por Marzio Galeotto, había un vástago que envolvía la viña con el cual los labriegos de Hungría formaban anillos como remedio para las torceduras.  Algo así como el anillo venezolano hecho con casco de burro y usado en el dedo anular contra las hemorroides.
         De los romanos hasta nuestros días proviene el carácter nupcial del anillo y no sabemos qué pasaría si la pareja a la hora de la ceremonia eclesiástica no los encuentra, lo cierto es que siempre se ha dicho supersticiosamente, por supuesto, que cuando una de la pareja extravía el anillo después de contraído el matrimonio, las cosas no salen bien, algo así como si se rompiera el encanto de la unión y tal vez fue eso lo que atribulaba al entonces Monseñor Velasco cuando se le cayó su anillo en las onduladas aguas del  bajo Apure.
         Pensaba que si insistía en su viaje a la Ciudad por el eje Apure-Orinoco, no le iría bien pues recordaba por haberlo leído que el Padre José Félix Blanco, quien se hallaba en Barinas en 1828 perdió el anillo sacerdotal y le fue muy mal en Ciudad Bolívar luego de hacer el viaje por el río.  Los bolivarenses lo expulsaron por pretender como Intendente del Departamento Orinoco, elevarle los impuestos.


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