jueves, 10 de enero de 2013

Las galleras de Ciudad Bolívar


La tradición de las peleas de gallos nació en Asia hace aproximadamente 2.500 años, de allí pasó a Europa y del viejo continente a la América, incluyendo obviamente a las provincias que finalmente conformaron a la Venezuela actual.
Guayana, que era una de esas provincias, no conoció las peleas de gallos durante la colonia sino muchos años después, ya en tiempos de la República y por vía de los orientales y de los generales de montoneras en tiempos del gomecismo.
Uno de los generales gomecistas aficionado a los gallos era Vicencio Pérez Soto, tocuyano, quien gobernó al Estado entre 1921 y 1923. Con él vino su paisano militar Felipe Rodríguez, quien más tarde sería el padre de la poeta Mimina Rodríguez Lezama al casarse con la bella Flor Lezama que apenas tenía 15 años.
Vicencio Pérez Soto fundó una Gallera en Ciudad Bolívar que se hizo famosa por la calidad de las espuelas y de la gente que venía de otros lados y de allí la afición se extendió con mucha fuerza por todo el estado. En los años cuarenta había en Ciudad Bolívar mucho fervor por los gallos que para evitar la competencia con el Circo Monedero, su dueño inventó las peleas entre caimanes y tigres.
En 1947 ya había desaparecido la Gallera de Pérez Soto y destacaban la de Ramón Antonio Sambrano y la Gallera de Sarparche. Sarparche era un francés evadido de la Isla del Diablo junto con Henri Charriere (a) Papillón y se quedó para siempre en Ciudad Bolívar protegido por los Palazzi. Era excelente cerrajero y falleció en Soledad en 1967.
Después surgieron las galleras El Luchador, La Sabanita, El Rosal, Oso Blanco, Bravo Chico y Los Caribes, en las que destacaban aficionados como Pedro Amarista, José Miguel Ron, José Seminario, Hernán Pérez Guevara, Vladimir Aquino, Roberto (Cabezón) Vhalis, Francisco Córcena, Pedrito Deffit, Sánchez Tineo, Francisco (Compota) Cabreta, y el profesor Liberto Acevedo, quien venía desde Upata.
Entre los aficionados del pasado más nombrados en la ciudad capital, se recuerda a don Hilario Machado y sus hijos, los Gil, Pulgar y Raúl Villegas y otros fallecidos o retirados.
A estos sucedieron Ramón Sambrano Ochoa (hijo), quien disponía de una cuerda famosa en Oriente; Sabino Landaeta, poseedor de otra cuerda distinguía por los cruces con jereciano, gallo rápido y valiente por la espuela; René Vhalis, Alejandro Vargas y Rafael Casado, apostadores fuertes; Fernando Alvarez Manosalva, Ramón y Rafael Lanz, en Upata; Pedro José Olivieri, en Guasipati y Tumeremo, de donde salían unos gallos ligados con una raza brasilera.
Hay dos tipos de galleros. El simple aficionado que va a la gallera a apostar y el que juega y se dedica con pasión y amor a la crianza de gallos de raza. Este último sería el auténtico gallero, lo cual precisa varias funciones que a la postre conforman un arte complejo que va desde la manera como se obtiene un ejemplar de casta hasta el momento de llevarlo a la gallera. El proceso de selección comienza con la escogencia de los padres. Luego viene la crianza que implica tanto cuidado como el que se le prodiga a un niño. Se pasa de allí a la selección que ocurre después de los siete meses de nacido, justo cuando se observa que el ave es capaz de pelear contra cualquiera de sus semejantes. Seguidamente, el gallo se descresta, desoreja y topa con otros ejemplares de la crianza para ver entre ellos al que mejor se ha formado, al que tiene más firmeza en el pico y acierta con las espuelas.


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