martes, 24 de enero de 2012

Luto guayanés por Rubén Darío


El 19 de febrero de 1916 (13 días después) el mundo intelectual bolivarense, particularmente los poetas y amantes de la poesía en transe hacia la modernidad, se enteraron y guardaron luto por la muerte del nicaragüense Rubén Darío, seudónimo de Félix Rubén García, poeta, periodista y diplomático, considerado el fundador del modernismo literario hispano. Falleció en su tierra natal, a donde regresó en 1916 luego de una vida excéntrica, y bohémica, dedicado al consumo excesivo de alcohol.

Regresó a Nicaragua procedente de la isla de Mallorca, donde se estableció en 1913 Allí comenzó a escribir su último libro, “La isla de oro” una novela que dejó inconclusa, conmovido por la descomposición hacia la que se estaba encaminando Europa. También compuso Canto a Argentina y otros poemas (1914), un libro dedicado a este país en el año de la celebración de su centenario, siguiendo el modelo del Canto a mí mismo de Walt Whitman. En 1915 publicó La vida de Rubén Darío. Enfermo, regresó a Nicaragua, donde murió al año siguiente.

A raíz de su muerte, Federico García Lorca y Pablo Neruda le dedicaron en el Pen Club de Buenos Aires un discurso al poeta nicaragüense que sorprendió a más de un centenar de escritores argentinos allí reunidos.

Neruda: -Dónde está en Buenos Aires la plaza de Rubén Darío? Lorca: Dónde está la estatua de Rubén Darío? Neruda: El amaba los parques. Dónde está el Parque Rubén Darío? Lorca: Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío? Neruda: Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío? Lorca: Dónde está la mano cortada de Rubén Darío? Neruda: Dónde? Lorca: Rubén Darío duerme en su Nicaragua natal bajo su espantoso León de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas. Neruda: Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas. Lorca: Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como Fray Luis de Granada, jefe de idiomas, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.

Neruda: Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a las espirales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre imprescindible.

Lorca: Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta a los poetas actuales. Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiesta de palabras, choques de consonantes, luces y formas como en Rubén Darío.

Rubén Darío es considerado como el poeta modernista más influyente, y el que mayor éxito alcanzó, tanto en vida como después de su muerte. Su magisterio fue reconocido por numerosísimos poetas en España y en América, y su influencia nunca ha dejado de hacerse sentir en la poesía en lengua española

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