lunes, 30 de enero de 2012

El Trapecio del Mercado

La Ciudad Bolívar de los años cincuenta contó con un pintoresco mercado municipal, prácticamente a la orilla del río, justo en el punto donde Moreno de Mendoza  hizo construir el San Gabriel, fuerte vis a vis con el San Rafael, al lado opuesto, para guardar el paso fluvial contra cualquier aventurero, pirata o corsario de los países enemigos de España.

En ese mercado convergía la ciudad parroquiana, la que iba de compra provista de costal y cesto, la que procuraba el fruto fresco recién llegado en falcas y curiaras, tres puños y barcazas, la que iba a saborear los manjares del amanecer y a enterarse de lo humano y lo divino, de lo intrascendente y lo descomunal.

Era un mercado profuso, heterogéneo y bullicioso, pero más aún por los días decembrinos después que la parranda de Pura Vargas soltaba el último y más profano de los aguinaldos.  Entonces, era la romería desde las gradas de la Catedral y la Plaza Bolívar bajando por la Constitución y la Igualdad al encuentro del café con leche, de la empanada caliente, del carato de moriche o la chicha acanelada del negro de las Lamus.

Al mediodía el mercado no era tan congestionado, pero había un despacho donde la gente azarosa se apiñaba. Se llamaba El Trapecio. Trapecio el sitio y trapecio la especialidad: un soberbio sancocho de pescado de lo más creativo y singular.  Un hervido donde se juntaba toda la sustancia proteica y cerebral de la ictiofauna orinoquense.

Julio Barazarte, que así dicen que se llamaba aquel taumaturgo de la cocina trapecista, compraba cabezas de la venta de pescado del día, generalmente de morocoto, cachama, zapoara, curbinata y blanco pobre. Las metía en un saco y luego de toletearlas con una macana india apropiada, las sumergía sin sacarlas del costal en una palangana de agua hirviente. Allí sujetaba el saco hasta el adecuado punto de cocción y finalmente utilizaba aquella suerte de consomé para preparar el tradicional sancocho de pescado con mucha verdura, ají y presas. De esta manera se lograba el colosal trapecio donde la gente, sin temores ni red de protección, tomaba vuelo.

El plato rebosado, con derecho a repetir, costaba apenas medio real. Por supuesto, no había cliente que no repitiera, especialmente recién casados, caleteros y toda la marinería fondeada, desde Los Palos de Agua hasta La Trinidad y La Carioca, marinería que luego se hacía sentir alborotada por las noches en la llamada Ciudad Perdida.

En agosto del 43, el Orinoco volvió por sus fueros en un desbordamiento similar al de 1892 y acabó con la Ciudad Perdida. Más tarde, el gobernador Eudoro Sánchez Lanz, reubicó el mercado y desapareció El Trapecio. No hubo añoranza porque la gente descubrió que el secreto de aquel almuerzo espectacular estaba en la cabeza y por ello se hizo célebre la de zapoara: cebo para las mujeres y también para atrapar forasteros.

Se acabó El Trapecio y se acabó el Mercado Público, el mismo al cual se refiere en 1859 Francisco Michelena y Rojas cuando escribe sobre La Alameda (actual Paseo Orinoco), donde los comerciantes hacían sus transacciones bajo las copas de los robustos árboles. Entre La Alameda y el río, sobre un terreno rocalloso abordable por embarcaciones menores cargadas de provisiones, se encontraba el mercado formando un semicírculo. A este mercado llegaban víveres de toda naturaleza y en abundancia, no sólo de Cumaná y Barcelona, sino del Meta viniendo de Casanare, del Apure y de provincias distantes. Tal la admirable hidrografía de Venezuela, por la cual  la ciudad estaba en contacto con muchas provincias

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